De encuentros y desencuentros

Miré por la ventana del boliche y ya había amanecido. Estábamos al lado del mar. Era una sensación rara, una mezcla de tranquilidad al mirar hacia afuera (las olas rompiendo sin ruido, las nubes suaves, la ausencia total de gente) y un arrebato de bailar reggaetón en el medio de mis amigas (la pierna de una entre las mías, una que me abrazaba de atrás, y yo agarraba la mano de la otra). Cualquiera con alma latinoamericana va a entender la sensación que quiero expresar.

Todo muy poético pero en medio de todo eso pasó una chica caminando y no pude no seguirla con la mirada. Se me borró en ese segundo todo lo que había estado pensando. Sé que esa es una frase muy trillada pero cualquiera a quien le haya pasado sabe que no hay otra forma de explicarlo.

Cuestión: ella iba mirando a la gente con desinterés, pero cuando me miró a mí lo hizo de otra forma. Era gay; sino una mujer no mira así a otra.

Cuestión n° 2: gay o no, siguió caminando, y mis amigas no me soltaban, y no le había visto la ropa que llevaba (obvio) así que a lo lejos no sabía cuál era, y se estaba yendo.

Corrí como una desesperada para salir por la puerta de los empleados del boliche y esperarla en la entrada principal. Ella salió un segundo después; yo seguía agitada. Cuando me vio se le escapó una media sonrisa (qué hermosa que era la puta madre). “No sé cómo hiciste para llegar tan rápido” me dijo. Pero no me dio ni un segundo para responderle: sin frenarse las tres amigas se subieron a un taxi que estaba estacionado (fucking taxis: nunca hay ninguno cuando te querés volver y ese día estaba ahí esperando) y otra vez me quedé mirándola mientras se iba.

Volví zigzagueando entre la gente hasta mi grupo. Aunque la había visto irse seguía buscando su cara en la de cara chica que me pasaba cerca, eso era lo único que sabía de ella: su cara.

La cosa era así: yo estaba de vacaciones con mis amigas. Una ciudad costera. Típico de estudiantes. Sólo una semana (por suerte, porque al sexto día ya se querían sacar los ojos entre ellas). Cuestión n° 3: me obligué a abandonar alguna esperanza de cruzarme a esa chica otra vez, seguro ella también estaba de vacaciones, seguro una semana, seguro venía desde la otra punta del país.

Entonces me olvidé. Y hasta me pareció raro hacerlo tan rápido. Eso había sido al segundo día de estar allá. Tercer, cuarto y quinto día fueron una sucesión de acciones reiteradas: ir al mar, volver, bañarnos, cambiarnos, salir a bailar, volver, cambiarnos, ir a la playa, dormir en la playa (almorzar a las 7.30 am, cenar a las 8 pm, tomar mate non-stop todo el día, escabiar ron a la noche con un paquete de masitas abierto).

Llegamos al sexto día: decidimos dormir como gente normal. Recién después de almorzar fuimos a la playa. El agua estaba hermosa, las olas suaves pero enormes (una ola me dejó con una teta afuera de la bikini, mi amiga se rió demasiado de mí, mientras se reía vino una ola más grande que la tiró a la mierda; karma instantáneo). Volviendo al tema: se nos hizo de noche (esa era la última) y ya no nos daban más las piernas para bailar pero algo había que hacer. Algo había que hacer igual, así que terminamos yendo a tomar una cerveza.

Yo había visto una cervecería nueva cerca de donde estábamos parando, de esas con música buena y lucecitas colgadas. Pero no. Una de las pibas quería ir a un bar que estaba del otro lado del mundo; le dijimos que sí con tal de que se dejara de joder con eso.

Cuestión n° 4: metimos las tres latas de cerveza que nos quedaban en los bolsillos de las camperas y fuimos a esperar el colectivo (dirán que es de mal gusto, pero para mí es uno de los mayores placeres ir tomando algo por la calle a las 00.30 de la noche, filosofando sobre la vida con amigos.

Llegó el colectivo. Adentro nos pusimos a hablar con un grupo de chicos que venían mochileando desde el sur. A mi amiga la sacada (porque en todos los grupos siempre hay uno que es el más caradura) se le ocurrió “el mejor juego de la historia”: Identifique a la lesbiana del grupo. Cuando lo escuché empecé a llorar de la risa. Los que tenían que adivinar eran ellos, y obvio que eligieron a la que tiene el pelo corto y de color turquesa. Se ofendió y yo lloré de la risa otra vez. Cuando llegamos a donde teníamos que bajar, ellos seguían tratando de adivinar. Así que mientras bajaba los escalones les grité que la lesbiana era yo; me tiraron besos y uno gritó que quería casarse conmigo igual. Una señora se dio vuelta indignadísima, no sé si por mi declaración o por la reacción de ellos (cachetazo mental a la señora).

Caminamos 4827 cuadras hasta el bendito bar. No voy a negar que el lugar era espectacular, aunque también me hubiera conformado con cualquiera a esa hora. Nos quedamos hasta muy tarde, no sé por qué, si al otro día teníamos que tomar muy temprano el colectivo para volver a nuestra ciudad. Tampoco fue que nos quisimos ir, básicamente los del bar nos echaron para poder cerrar.

Arrancamos a caminar las 9654 cuadras que había que desandar. A la mitad escuchamos ruidos de gente corriendo y gritando. Lo primero que pensamos obviamente fue que nos querían robar (así vivimos acá) hasta que vimos que eran un grupo de chicas que venían con tacos en la dirección opuesta. Mientras me pasaban por al lado me reía de ser tan paranoica: la primera estaba en pedo y decía que quería ser soltera toda la vida y tener muchos gatos porque ellos no te metían los cuernos; la segunda se reía y le decía todo que sí a la primera; la tercera me dejó clavada en el lugar.

*breve colapso mental*

     Mi amiga, que venía atrás, se chocó contra mí. Con el golpe reaccioné. Corrí hasta donde estaba la última chica y me puse delante de ella, caminando de espaldas para mirarla fijo. No le dije nada, solamente esperé mientras seguíamos avanzando. Tardó varios metros hasta que se le dibujó esa media sonrisa del lado derecho. “Te me escapaste una vez, dos veces no” me salió decirle.

Ninguna de las demás entendía nada; a veces me puede importar demasiado poco lo que pueda pensar otro ser humano.

“Se ve que de vos es difícil escaparse. ¿Siempre corrés a las chicas por la calle?”. Cuando me dijo así se me escapó una carcajada y me di la vuelta para  caminar bien. Le pregunté de dónde era. No lo podía creer, pensé que había escuchado mal, pero sí, había nombrado mi ciudad. Lástima que yo ya me estaba volviendo le dije, pero que si me pasaba su número me compensaba por haberme hecho correr dos veces. Según ella sólo me lo pasaba como premio consuelo, pero cuando se agendó en mi celular, en vez de poner su nombre puso: “la chica que quiere ir a tomar algo con vos”.

Cuestión n° 5: Para cuando levanté la vista del celular ella se había adelantado devuelta (no sé cuántas veces me había hecho eso ya). Le miré la espalda un segundo más y me di la vuelta, victoriosa, para contarle todo a mis amigas.

 

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Un viaje por autopista

Ya no estaba tan oscuro. Las ruedas de la camioneta raspaban el asfalto, dejando atrás metros y más metros de la autopista. Muy a su pesar bajó la vista del cielo y se concentró en el frente. Pasó por arriba de un puente bastante descuidado, y un zorro cruzó corriendo justo por delante suyo, apenas un manchón con rayas blancas.

Se dio cuenta de lo mucho que le ardían los ojos cuando quiso cambiar la estación de la radio. Le hacía falta Felipe, para que la distrajera mientras manejaba y la hiciera reír. También le hubiera cebado unos mates.

Aclaraba el cielo y sintió una especie de alivio. Había sido una noche muy oscura, sin Luna ni estrellas. La claridad empezó a extenderse cuando pensaba que iba a dormirse del cansancio. Los cristales se empañaron, obligándola a limpiarlos con el brazo. A esta hora Felipe ya se levantaba y después de desayunar se iba al taller. Ese era su lugar de pertenencia, rodeado de prensas, maderas y muebles recién encolados. Madera por todos lados, trabajada con paciencia.

Suspiró. Ahora lo extrañaba con ansiedad. La oscuridad se había escurrido, pero el sol todavía no llegaba a la línea del horizonte.

Abrió la ventanilla para despejarse y el viento inundó atronador la cabina de la camioneta. Todo se volaba y hacía ruido, pero dejaría el vidrio bajo un par de kilómetros más. El camino estaba casi vacío a esa hora; muy de vez en cuando se cruzaba con algún otro auto. Levantó la mirada a través del parabrisas y observó el cielo arriba suyo. Si pudiera captar esa imagen en un cuadro  sería bellísimo. La sutileza de las nubes parecía trazada por pinceladas divinas.

Y así como contemplaba el firmamento estaba planeando en las alturas. Un águila, sobrevolando el camino, capaz de mantener la velocidad de un auto. El viento zumbándole en los oídos, revolviendo su plumaje; un fresco vivificador que penetraba hasta su piel.

Distinguía el techo rojo y plateado de la camioneta muy abajo, y veía jirones de nubes por el vidrio del parabrisas. Empujó el acelerador para adelantar a un camión que avanzaba pesado por la derecha. La sangre saltaba en sus venas, bailaba, y era un juego, y apuraba su vuelo para no quedarse atrás. Se estaba burlando de la ruta; el cielo, el viento, las nubes; sus alas eran suficiente.

Asomó un rayo de Sol en el Este, directo hasta la pupila; entrecerró los párpados pero ya no distinguía nada a pesar de su visión tan aguda. Sólo ruido y desorden, plumas alborotadas y cosas que se vuelan… Subió la ventanilla de golpe. Estaba sentada, con una mano al volante en su cabina; el ave se había esfumado en una ráfaga de viento.

 

de una ruta que alguien me contó cuando era chica

Me contaron que la ciudad queda bastante lejos, no tanto por los kilómetros que la separan de este pueblo sino por el recorrido hasta ella. La ruta es muy angosta; pasa por entre los árboles pidiendo permiso. Casi no tiene tramos rectos, formada por curvas, contracurvas, descensos, puentes, vados; corta lo verde del paisaje con su gris colorido.

Nunca anduve ese camino por temor a que se quiebre su imagen en mi mente.