Duele la hoja en blanco

Duele la hoja en blanco

Duele el tiempo

La página se pone amarilla

Trato de darla vuelta y

Se rompe

Me quedo con una hoja

Suelta en la mano

Cuántas hojas voy a romper

Hasta que aprenda

A escribirlas a tiempo

Y no dejar que envejezcan

Que se llenen de arrugas

Sin haber llegado a ser

Quiero escribir mucho

Cansarme la mano

Quedarme sin tinta

Tal vez

Pero que sea por haber hablado

Y no por desuso

Quiero tachar lo escrito

Repensar, redecir

Contradecirme

Quiero demasiado

Ya me lo han dicho

Pero no tengo otra forma

Una es como puede

Es decir, no se puede

Ser lo que no se es

Y por eso digo

Yo soy Esta carajo

No hay más vueltas

 

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A la juventud pujante

Alguien dijo que nosotros,

los jóvenes no podemos

vernos a nosotros mismos

sino hasta ser adultos.

Pero entonces

demasiado tarde.

 

Somos impetuosos, autodestructivos

Somos los que queremos empezar a ser

Y ningún adulto nos deja ser

aunque ellos ya fueron como nosotros.

Pero ahora

ya no recuerdan.

 

Transgresores y agresivos

somos los que deformamos el mapa

y rompemos la chatura

de una sociedad ya establecida

que se aferra a sus vicios

y ha olvidado soñar.

 

Imprudentes, corremos el riesgo

de chocarnos con nuestro propio reflejo

pero también somos el chivo expiatorio

que carga las penas de años pasados

y camina tratando de evitar

el acantilado.

 

Mi único anhelo es envejecer

verme canosa y arrugada

abrazar la idea del adiós

pero encontrar aún un retazo

de imprudencia y desacato

en el fondo de mis ojos.

 

El amor, de a dos

Ellos hacían todo sin dejar de besarse, parecían atados por la boca. Y no les importaba morirse de calor, o llegar tarde o cambiar planes, con tal de matarse a caricias un rato donde pudieran estar solos. Solos con su locura febril de creerse los únicos enamorados en el mundo. Los únicos apasionados, los únicos que se escondían. Fundidos el uno con el otro, hacían lo imposible por complacerse mutuamente. Les parecía que la felicidad era algo tangible, y que la habían conseguido para siempre. A veces se mezclaba el amor con la juventud y con la libertad, y se emborrachaban de ilusiones. Sus futuros se habían entremezclado sin posibilidad de que fueran disociados ya, y de alguna manera sus pasados parecían haberse confundido también.

Cuando uno hablaba del otro salían flores de su boca; al mirarse corrían mensajes sin palabras casi tangibles en el aire. Sus pensamientos estaban tan sintonizados que completaban las oraciones entre los dos.

En las noches que no hacían el amor, ella leía en voz alta mientras él escuchaba con la mirada perdida en la pared de la habitación. De vez en cuando la interrumpía para darle un beso sin motivo y después volvía a recostarse en silencio como para que ella siguiera. Aunque los años destiñen la sorpresa en una pareja, ella nunca se acostumbró a esas irrupciones caprichosas. Otras veces se ponía a dibujar partes de su cuerpo, hojas que después escondía en los cuadernos de su mujer para que los encontrara sin buscarlos.

El amor, cosa divina, lo hacían de todas las formas que conocían. Cuando tuvieron su casa, se adueñaron de cada espacio y cada mueble donde los encontrara la ocasión.

Con el primer hijo llegaron las noches de insomnio.  Miedos que nunca habían conocido y dudas que antes no tenían. Sin embargo, él entendió lo que su padre le había explicado sobre sentirse realizado al convertirse en papá, y ella se enamoró por segunda vez.

Tres años se pasaron como si hubieran sido tres meses. Entonces vino la hija. Era la alegría de su padre, y la mamá se veía reflejada en la criatura, tanto se parecían. El hermano mayor se volvió su sombra protectora a la vez que ella fue su mejor compañera de mentiras y aventuras, incluso mucho después de haber crecido.

Las cosas “malas” que fueron pasando terminaron siendo aprendizajes: abuelos que murieron, algunas enfermedades, crisis.  Cosas que en definitiva los obligaron a mantenerse unidos para salir a flote.

Más años pasaron. La hija se fue a estudiar al exterior. Volvió crecida, con ideas claras de lo que quería. En pocas palabras, volvió hecha una mujer. Apenas llegó conoció un muchacho y al tiempo se casaron, por lo que su estadía en la casa de sus padres fue más corta de lo que había planeado.

El mismo año, su hijo le presentó al hombre con el que estaba conviviendo. Hacía mucho que no lo veían tan relajado, como ese nene gracioso y extrovertido que había sido. Ellos no pudieron más que sentirse felices al ver que su hijo realmente era feliz.

La cosa es, que tantos años después, volvían a encontrarse los dos solos. Con alguna noche de sexo revivían pasiones juveniles y deseos puramente carnales. Aunque ya no era lo mismo. Los años les habían hecho revestir todo de una ternura que antes no tenían. Sentían la necesidad de volver a seducirse, como si fueran novios otra vez, pero con menos palabras que entonces, ya que el amor no madura en vano y sabían que los gestos valían más que lo que uno pudiera llegar a decir a esa altura.

Tanto amor daba frutos a la distancia. Eran abuelos. Era como ser padres de vuelta pero sin las responsabilidades ni el remordimiento de ser en extremo condescendientes. Su casa se convirtió en el país de las maravillas para sus nietos, y un poco para ellos mismos también.

Tiempo después los nietos se graduaron. La pareja se mantenía para cumplir sus ritos de todos los días: él iba a comprar el diario y de paso dejaba salir al perro; ella hacía mucho se despertaba con el ruido que hacían los pájaros cuando amanecía. Así transcurrían sus días, haciendo las mismas cosas, religiosamente. Ya ni hablaban de la muerte, porque cada uno se entristecía al pensar en que podría ver morir a su compañero, y peor, tener que vivir solo. Entonces tenían ese acuerdo tácito, como tantos otros que habían tenido, de que cuando uno muriera sería en realidad la muerte de los dos.

Un día la abuela se había olvidado de tomar la pastilla para la presión, y el abuelo tuvo el peor ataque de asma de los últimos meses. Ese día los pájaros cantaron, pero nadie se levantó a verlos. Mejor dicho, la bandada tenía dos aves más cuando salió volando del árbol del patio.

La desnudez

Me llama mucho la atención el tema de la desnudez. Es decir, cómo cambia el conjunto de la persona según lo que lleva puesto, según las telas que esconden y disimulan las partes de su cuerpo. Creo que la belleza alcanza su cumbre en esta falta de elementos que oculten la visión del cuerpo en movimiento, de sus músculos trabajando.

Cuando alguien está desnudo se aprecia la belleza que sale desde los órganos. Entonces, el reflejo de los ojos puede encontrarse también en la piel, en las venas traslúcidas o no, y la figura muestra una totalidad que antes hubiera costado entrever. El cuerpo de cualquier hombre o cualquier mujer, joven o adulto, se vuelve más fácilmente delimitable.

Los ojos en la cara arrugada de un viejo observan las manos gastadas de su mujer, tras años de verlas moverse, tras años de mirar con esos ojos. La mujer acaricia su cara áspera y las manos se sienten cálidas. El hombre cierra sus ojos por un momento, hasta que la mano lo suelta. Entonces mira sus propias palmas, que están igual de ásperas que esas, y observa el rostro de ella, que es tan cálido como sus manos.