Tal vez

Tal vez hablar sobre el amor sirva como purga para quien escribe, y nada más. O para hundirse más en la desesperación de saber que la persona por la que escribe jamás leerá ni una de esas líneas y, si las lee, no se reconocerá en ellas y, si lo hace, puede que el tiempo haya convertido las palabras en mentira.

Hay cosas que se van y ya no vuelven. Que nunca volvieron y tampoco lo van a hacer, aunque siga esperándolas. Tu recuerdo es lo único que queda, y el mío de cuando vivía en vez de esperar.

 

Borrón y cuenta nueva

A ver, ya te lo dije muchas veces

Es así. Somos así. Listo.

A veces hablar no sirve de nada

Querías irte: ahí está la puerta

Y no es una metáfora

Mi casa estaba abierta para cuando llegaste

Yo no voy a ser quien te obligue a quedarte

Nadie puede obligarte, esa es la impresión que le das a todos.

Aunque yo pude conocerte un poco más

Sé que en realidad tenés miedo a que te obliguen

Escapás como rata por tirante.

De mí, de la rutina, de lo estable

No es algo ilógico. Pero la rutina,

El vernos la cara todos los días al levantarnos, al ir a dormir,

Tiene algo de bueno.

Sé cómo torcés la cabeza cuando algo no te gusta,

Sé de memoria las ciudades de Europa que querés conocer,

En qué momentos ofrecerte un café,

Cuando tenés ganas de besar,

Cuando querés estar sola,

Cuando me decís que querés estar sola pero querés que no te haga caso y me quede,

Te veo bailando en la cocina cuando no me escuchaste entrar,

Te veo mirarte las piernas y sé que después me vas a preguntar si te encuentro atractiva,

Alguna vez te escuché criticarme con tus amigas,

No te gusta que me deje crecer las canas,

No te gusta cuando le presto más atención a la guitarra que a vos,

O al perro que a vos, o a algún libro,

Pero sino me decís que te estoy encima y necesitás tu espacio, y que por qué no me voy a tocar un rato la guitarra

Te gusta que te cuente sobre la primera vez que te vi,

Y que te interrumpa cuando estás trabajando,

Pero no cuando estás pintando algo

Nunca sé qué hacer si llorás, aunque vos sí sabés consolarme

De a ratos te volvés tan distante que siento que vivo con el recuerdo de una persona.

Me desesperan tus idas y venidas (me gustan porque siempre volvés más apasionada).

Entonces andate, si eso te hace sentir libre

Pero hacete cargo de los borrones y cuentas nuevas

Porque si me obligás a borrar

Dejame escribir lo que quiera después

 

Duele la hoja en blanco

Duele la hoja en blanco

Duele el tiempo

La página se pone amarilla

Trato de darla vuelta y

Se rompe

Me quedo con una hoja

Suelta en la mano

Cuántas hojas voy a romper

Hasta que aprenda

A escribirlas a tiempo

Y no dejar que envejezcan

Que se llenen de arrugas

Sin haber llegado a ser

Quiero escribir mucho

Cansarme la mano

Quedarme sin tinta

Tal vez

Pero que sea por haber hablado

Y no por desuso

Quiero tachar lo escrito

Repensar, redecir

Contradecirme

Quiero demasiado

Ya me lo han dicho

Pero no tengo otra forma

Una es como puede

Es decir, no se puede

Ser lo que no se es

Y por eso digo

Yo soy Esta carajo

No hay más vueltas

 

Años después

“Si te veo a lo lejos

será solo el recuerdo

de aquella vez que te vi pasar”

 

La vi caminando por la calle; iba apurada. El pelo recogido en un rodete incompleto, con las puntas cayendo hacia abajo, como si se hubieran soltado por casualidad. Aunque ya la conocía demasiado como para creerle que no planeaba hasta el último detalle. Si las puntas iban sueltas era porque así lo había querido. Si ya no estábamos juntos, también ella lo había decidido. Siempre ella, hasta mi propia desgracia fue en principio un decreto suyo.

Hacía años que no hablábamos. Era de esas mujeres que nunca llaman, yo no quería ser masoquista. Pero la realidad es que en los huecos temporales que no tuve pareja, su fantasma de volvía indefectiblemente. Y sigue acá, molestando.

Por eso la fui a buscar a la casa. La vi salir arreglada. Me quedé congelado mirándola por la ventana del auto. Era mucho más linda que la imagen mental que yo me quedaba. Estacioné enfrente y me quedé ahí, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario, total, mi paciencia ya se había vuelto de chicle cuando salíamos. Tenía un libro en la guantera que estaba para matar ratos muertos y puse música en la radio como siempre, baladas en inglés esta vez, pero me pasé varias horas mirando sin escuchar a través del parabrisas. A las 5 se largó a llover; yo no podía creer que mi situación amorosa fuera tan escena cliché de Hollywood. Eso fue lo que me deprimió.

Recién a las 9 la vi volver con una chica. Cuando entraron supe que mi espera había sido inútil. Fuera una amiga o no seguro se iba a quedar hasta el otro día. Así que arranqué el auto para irme a casa.

Dejé pasar unos días y fui otra vez. Por algo me decían que era obstinado. Toqué timbre; seguro mi corazón se escuchaba más fuerte. Abrió la puerta y ninguno de los dos supo qué decir, hasta que me invitó a pasar. La casa estaba distinta, pero eso era lo normal, nunca tenía las cosas en el mismo lugar por mucho tiempo. No dejábamos de revisarnos con los ojos, como analizando en qué habíamos cambiado. Siempre había sido hermosa, pero ahora tenía más cara de mujer y creo que ella también me vio más crecido. Ya no éramos pibes de veinte años.

No me di cuenta de que me había acercado hasta que ya no podía retroceder sin que se notara. Aunque ella tampoco retrocedió. Entonces la besé, con la desesperación de saber que con ese beso tenía que ganarla. Estaba jugando mi última carta sin la posibilidad de volver a jugar después. No quería soltarla ni mirarla a la cara por miedo a ver rechazo, a sentir que se había terminado otra vez. Sin embargo, ella tampoco quería alejarse parece; me retenía por los pelos de la nuca y tenía su cuerpo pegado al mío. Yo la agarré por la cintura y nos quedamos mucho tiempo así, quemando en minutos los años que habíamos vivido realidades distintas. Cuando el beso se fue deshaciendo y nuestras bocas se separaron unos centímetros, no me animaba a levantar la cara, hasta que ella me obligó con sus manos. En sus ojos me vi mirándola, y aunque solo fuera un reflejo de la luz, la abracé. Se sintió como una bienvenida.

 

El amor, de a dos

Ellos hacían todo sin dejar de besarse, parecían atados por la boca. Y no les importaba morirse de calor, o llegar tarde o cambiar planes, con tal de matarse a caricias un rato donde pudieran estar solos. Solos con su locura febril de creerse los únicos enamorados en el mundo. Los únicos apasionados, los únicos que se escondían. Fundidos el uno con el otro, hacían lo imposible por complacerse mutuamente. Les parecía que la felicidad era algo tangible, y que la habían conseguido para siempre. A veces se mezclaba el amor con la juventud y con la libertad, y se emborrachaban de ilusiones. Sus futuros se habían entremezclado sin posibilidad de que fueran disociados ya, y de alguna manera sus pasados parecían haberse confundido también.

Cuando uno hablaba del otro salían flores de su boca; al mirarse corrían mensajes sin palabras casi tangibles en el aire. Sus pensamientos estaban tan sintonizados que completaban las oraciones entre los dos.

En las noches que no hacían el amor, ella leía en voz alta mientras él escuchaba con la mirada perdida en la pared de la habitación. De vez en cuando la interrumpía para darle un beso sin motivo y después volvía a recostarse en silencio como para que ella siguiera. Aunque los años destiñen la sorpresa en una pareja, ella nunca se acostumbró a esas irrupciones caprichosas. Otras veces se ponía a dibujar partes de su cuerpo, hojas que después escondía en los cuadernos de su mujer para que los encontrara sin buscarlos.

El amor, cosa divina, lo hacían de todas las formas que conocían. Cuando tuvieron su casa, se adueñaron de cada espacio y cada mueble donde los encontrara la ocasión.

Con el primer hijo llegaron las noches de insomnio.  Miedos que nunca habían conocido y dudas que antes no tenían. Sin embargo, él entendió lo que su padre le había explicado sobre sentirse realizado al convertirse en papá, y ella se enamoró por segunda vez.

Tres años se pasaron como si hubieran sido tres meses. Entonces vino la hija. Era la alegría de su padre, y la mamá se veía reflejada en la criatura, tanto se parecían. El hermano mayor se volvió su sombra protectora a la vez que ella fue su mejor compañera de mentiras y aventuras, incluso mucho después de haber crecido.

Las cosas “malas” que fueron pasando terminaron siendo aprendizajes: abuelos que murieron, algunas enfermedades, crisis.  Cosas que en definitiva los obligaron a mantenerse unidos para salir a flote.

Más años pasaron. La hija se fue a estudiar al exterior. Volvió crecida, con ideas claras de lo que quería. En pocas palabras, volvió hecha una mujer. Apenas llegó conoció un muchacho y al tiempo se casaron, por lo que su estadía en la casa de sus padres fue más corta de lo que había planeado.

El mismo año, su hijo le presentó al hombre con el que estaba conviviendo. Hacía mucho que no lo veían tan relajado, como ese nene gracioso y extrovertido que había sido. Ellos no pudieron más que sentirse felices al ver que su hijo realmente era feliz.

La cosa es, que tantos años después, volvían a encontrarse los dos solos. Con alguna noche de sexo revivían pasiones juveniles y deseos puramente carnales. Aunque ya no era lo mismo. Los años les habían hecho revestir todo de una ternura que antes no tenían. Sentían la necesidad de volver a seducirse, como si fueran novios otra vez, pero con menos palabras que entonces, ya que el amor no madura en vano y sabían que los gestos valían más que lo que uno pudiera llegar a decir a esa altura.

Tanto amor daba frutos a la distancia. Eran abuelos. Era como ser padres de vuelta pero sin las responsabilidades ni el remordimiento de ser en extremo condescendientes. Su casa se convirtió en el país de las maravillas para sus nietos, y un poco para ellos mismos también.

Tiempo después los nietos se graduaron. La pareja se mantenía para cumplir sus ritos de todos los días: él iba a comprar el diario y de paso dejaba salir al perro; ella hacía mucho se despertaba con el ruido que hacían los pájaros cuando amanecía. Así transcurrían sus días, haciendo las mismas cosas, religiosamente. Ya ni hablaban de la muerte, porque cada uno se entristecía al pensar en que podría ver morir a su compañero, y peor, tener que vivir solo. Entonces tenían ese acuerdo tácito, como tantos otros que habían tenido, de que cuando uno muriera sería en realidad la muerte de los dos.

Un día la abuela se había olvidado de tomar la pastilla para la presión, y el abuelo tuvo el peor ataque de asma de los últimos meses. Ese día los pájaros cantaron, pero nadie se levantó a verlos. Mejor dicho, la bandada tenía dos aves más cuando salió volando del árbol del patio.