Ya no quedan palmeras

Años enteros pasaron desde la última vez que vi una palmera. Parecerá tonto y supongo que me dejará de leer en consecuencia. Pero usted no tiene ni idea de lo que extraño las palmeras. Algún intendente inepto decidió que esos árboles no hacían juego con el paisaje local y mandó plantar tilos. Todo regio con los tilos, son árboles y por eso los quiero ¡pero las palmeras! Ninguna otra planta trae tanto aire caribeño, si solo con mirar las hojas ondulantes una ya escucha el mar.

Yo nunca me fui de vacaciones pero me sentaba en la plaza a tomar mates, con la vista puesta en las ramas de las palmas, bien arriba, cosa de evitar todo contacto visual con las viejas chismosas que pasaban para ir al supermercado. Y cantaba salsa mentalmente.

Ahora ya no tengo dónde mirar. Así que converso con las viejas.

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Tal vez

Tal vez hablar sobre el amor sirva como purga para quien escribe, y nada más. O para hundirse más en la desesperación de saber que la persona por la que escribe jamás leerá ni una de esas líneas y, si las lee, no se reconocerá en ellas y, si lo hace, puede que el tiempo haya convertido las palabras en mentira.

Hay cosas que se van y ya no vuelven. Que nunca volvieron y tampoco lo van a hacer, aunque siga esperándolas. Tu recuerdo es lo único que queda, y el mío de cuando vivía en vez de esperar.

 

Dicen por ahí

Dicen, no sé quien

Pero dicen

Que hace rato querés volver

Hace mucho te fuiste

Pero se ve

Que andás extrañando

Ya no quiero

Las mismas cosas que antes

Los pasos no son en vano

Si me hiciste sufrir

Fue para que creciera

Los hechos no se repiten

Nadie se baña dos veces

En el mismo río

Nadie quiere

Nadie puede

Yo tampoco

Vos no deberías tratar

Sigamos andando entonces

No hace falta que vayamos juntas

Se puede ir igual en la misma dirección

Tal vez no hablemos

Ni nos miremos entre nosotras

Pero vemos el mismo horizonte

Y si alguna vez nos volvemos a cruzar

Que sea porque tenemos

Algo distinto para compartir

Porque no quiero recordar más

Eso hace que se gasten los recuerdos

De cosas que a veces sí fueron buenas

Tampoco importa lo que vos

O yo queramos

Será lo que sea

Igual que fue lo que fue

A esta altura de la vida

Una suele entender un poco más de qué se trata

La vida se entiende de a ratos

O una deja de hacerse preguntas

Las dos son ciertas

Entonces una cierra los ojos

Por cansancio un poco

Y por ganas de seguir soñando

 

Años después

“Si te veo a lo lejos

será solo el recuerdo

de aquella vez que te vi pasar”

 

La vi caminando por la calle; iba apurada. El pelo recogido en un rodete incompleto, con las puntas cayendo hacia abajo, como si se hubieran soltado por casualidad. Aunque ya la conocía demasiado como para creerle que no planeaba hasta el último detalle. Si las puntas iban sueltas era porque así lo había querido. Si ya no estábamos juntos, también ella lo había decidido. Siempre ella, hasta mi propia desgracia fue en principio un decreto suyo.

Hacía años que no hablábamos. Era de esas mujeres que nunca llaman, yo no quería ser masoquista. Pero la realidad es que en los huecos temporales que no tuve pareja, su fantasma de volvía indefectiblemente. Y sigue acá, molestando.

Por eso la fui a buscar a la casa. La vi salir arreglada. Me quedé congelado mirándola por la ventana del auto. Era mucho más linda que la imagen mental que yo me quedaba. Estacioné enfrente y me quedé ahí, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario, total, mi paciencia ya se había vuelto de chicle cuando salíamos. Tenía un libro en la guantera que estaba para matar ratos muertos y puse música en la radio como siempre, baladas en inglés esta vez, pero me pasé varias horas mirando sin escuchar a través del parabrisas. A las 5 se largó a llover; yo no podía creer que mi situación amorosa fuera tan escena cliché de Hollywood. Eso fue lo que me deprimió.

Recién a las 9 la vi volver con una chica. Cuando entraron supe que mi espera había sido inútil. Fuera una amiga o no seguro se iba a quedar hasta el otro día. Así que arranqué el auto para irme a casa.

Dejé pasar unos días y fui otra vez. Por algo me decían que era obstinado. Toqué timbre; seguro mi corazón se escuchaba más fuerte. Abrió la puerta y ninguno de los dos supo qué decir, hasta que me invitó a pasar. La casa estaba distinta, pero eso era lo normal, nunca tenía las cosas en el mismo lugar por mucho tiempo. No dejábamos de revisarnos con los ojos, como analizando en qué habíamos cambiado. Siempre había sido hermosa, pero ahora tenía más cara de mujer y creo que ella también me vio más crecido. Ya no éramos pibes de veinte años.

No me di cuenta de que me había acercado hasta que ya no podía retroceder sin que se notara. Aunque ella tampoco retrocedió. Entonces la besé, con la desesperación de saber que con ese beso tenía que ganarla. Estaba jugando mi última carta sin la posibilidad de volver a jugar después. No quería soltarla ni mirarla a la cara por miedo a ver rechazo, a sentir que se había terminado otra vez. Sin embargo, ella tampoco quería alejarse parece; me retenía por los pelos de la nuca y tenía su cuerpo pegado al mío. Yo la agarré por la cintura y nos quedamos mucho tiempo así, quemando en minutos los años que habíamos vivido realidades distintas. Cuando el beso se fue deshaciendo y nuestras bocas se separaron unos centímetros, no me animaba a levantar la cara, hasta que ella me obligó con sus manos. En sus ojos me vi mirándola, y aunque solo fuera un reflejo de la luz, la abracé. Se sintió como una bienvenida.

 

de una ruta que alguien me contó cuando era chica

Me contaron que la ciudad queda bastante lejos, no tanto por los kilómetros que la separan de este pueblo sino por el recorrido hasta ella. La ruta es muy angosta; pasa por entre los árboles pidiendo permiso. Casi no tiene tramos rectos, formada por curvas, contracurvas, descensos, puentes, vados; corta lo verde del paisaje con su gris colorido.

Nunca anduve ese camino por temor a que se quiebre su imagen en mi mente.