Versos atravesados

Tengo nuestros versos
atravesados
desde que te fuiste

Los tengo
por todos lados
en los dedos
de las manos
por ejemplo
y me molestan
cuando quiero
atarme los cordones

También los hay
en el estómago
A veces me cuesta
hacer la digestión
Tomo soda
para eructarlos
Letras perdidas
salen nomás

En la piel los siento
como tatuajes
Y no quisiera
que me los lean
entonces
salgo corriendo
si la gente
mira demasiado

Algunos ya entraron
al torrente sanguíneo
Tengo miedo
de una septicemia
o del momento
en años o segundos
en que el infalible
sistema circulatorio
me deje un verso
trabado en el corazón

Bastón

Cuando era chica, con mis hermanas elegíamos objetos que nos gustaban por algo, y nos convertíamos en eso. Cada una tenía tres o cuatro cosas que eran sus favoritas. Ellas se peleaban para ver quién era un vestido. Después de mucho agarrarse del pelo mi papá decidió que el vestido estaba prohibido: las opciones pasaron a ser una pollera o una cartera, porque también servían de excusa para colgarse del pechero. Yo, era una espada y las perseguía para deshilacharlas. Al día siguiente, ellas se convertían una en mate y la otra en pava. Yo era una pelota de fútbol, porque ir rebotando por la casa es mucho más divertido que estar todo el día bien erguida para que no se vuelque la yerba y con un brazo en diagonal simulando una bombilla.

Ellas eran mantel, silla, perro, percha, otra vez mate y pava porque les encantaba jugar en equipo. Eran, en fin, lo que usaban, lo que tenían cerca. A mí me gustaba más lo que alguien me había contado, eso que nunca había visto, pero que sabía que en algún país del mundo o en la casa de al lado la gente tenía. Personificaba cigarrillos, que conocía solo de las películas, y me iba encogiendo a medida que pasaban las horas. Era cuadros que había visto en museos. Era lobos, de los cuentos. Era hombres, y ellas se enojaban porque decían que un hombre no era una cosa. Sigo pensando que sí lo son.

Pero hay algo que ninguna sabía en ese momento y me parece que todas estamos descubriéndolo por separado. En realidad, eso no era ningún juego. Lo que hacíamos era ensayar papeles, a ver cuál nos calzaba mejor, a ver en qué nos íbamos a convertir de verdad.

Ahora sé, yo soy un bastón.

Me gustaría poder decir, no sé, algo más épico, como un lanzapelotas o un matafuegos. Pero no, acepto el destino sin gloria aparente de la palabra bastón. La gente viene y se da cuenta de que soy firme, de que trato de sostenerlos, de que conmigo, algunas veces, evitan la caída. De vez en cuando, me agobia mi destino bastonero. Me desilusiona que las personas se vayan tan rápido cuando se recuperan. Entonces, busco entre la multitud a algún otro como yo, algún bastón para bastones, porque como es lógico la gente del mismo palo se entiende. Después de un rato, vuelvo tranquila a seguir bastoneando gente.

Me gustaría preguntarle a mis hermanas en qué se convirtieron ellas. Pero no quiero apurarles el proceso; descubrirse a una misma lleva tiempo. Después hay que aceptarlo. Y recién después una puede contarlo sin que le dé vergüenza. Nunca le dije a mis papás que soy un bastón, ya deben haberse dado cuenta hace rato.