El amor, de a dos

Ellos hacían todo sin dejar de besarse, parecían atados por la boca. Y no les importaba morirse de calor, o llegar tarde o cambiar planes, con tal de matarse a caricias un rato donde pudieran estar solos. Solos con su locura febril de creerse los únicos enamorados en el mundo. Los únicos apasionados, los únicos que se escondían. Fundidos el uno con el otro, hacían lo imposible por complacerse mutuamente. Les parecía que la felicidad era algo tangible, y que la habían conseguido para siempre. A veces se mezclaba el amor con la juventud y con la libertad, y se emborrachaban de ilusiones. Sus futuros se habían entremezclado sin posibilidad de que fueran disociados ya, y de alguna manera sus pasados parecían haberse confundido también.

Cuando uno hablaba del otro salían flores de su boca; al mirarse corrían mensajes sin palabras casi tangibles en el aire. Sus pensamientos estaban tan sintonizados que completaban las oraciones entre los dos.

En las noches que no hacían el amor, ella leía en voz alta mientras él escuchaba con la mirada perdida en la pared de la habitación. De vez en cuando la interrumpía para darle un beso sin motivo y después volvía a recostarse en silencio como para que ella siguiera. Aunque los años destiñen la sorpresa en una pareja, ella nunca se acostumbró a esas irrupciones caprichosas. Otras veces se ponía a dibujar partes de su cuerpo, hojas que después escondía en los cuadernos de su mujer para que los encontrara sin buscarlos.

El amor, cosa divina, lo hacían de todas las formas que conocían. Cuando tuvieron su casa, se adueñaron de cada espacio y cada mueble donde los encontrara la ocasión.

Con el primer hijo llegaron las noches de insomnio.  Miedos que nunca habían conocido y dudas que antes no tenían. Sin embargo, él entendió lo que su padre le había explicado sobre sentirse realizado al convertirse en papá, y ella se enamoró por segunda vez.

Tres años se pasaron como si hubieran sido tres meses. Entonces vino la hija. Era la alegría de su padre, y la mamá se veía reflejada en la criatura, tanto se parecían. El hermano mayor se volvió su sombra protectora a la vez que ella fue su mejor compañera de mentiras y aventuras, incluso mucho después de haber crecido.

Las cosas “malas” que fueron pasando terminaron siendo aprendizajes: abuelos que murieron, algunas enfermedades, crisis.  Cosas que en definitiva los obligaron a mantenerse unidos para salir a flote.

Más años pasaron. La hija se fue a estudiar al exterior. Volvió crecida, con ideas claras de lo que quería. En pocas palabras, volvió hecha una mujer. Apenas llegó conoció un muchacho y al tiempo se casaron, por lo que su estadía en la casa de sus padres fue más corta de lo que había planeado.

El mismo año, su hijo le presentó al hombre con el que estaba conviviendo. Hacía mucho que no lo veían tan relajado, como ese nene gracioso y extrovertido que había sido. Ellos no pudieron más que sentirse felices al ver que su hijo realmente era feliz.

La cosa es, que tantos años después, volvían a encontrarse los dos solos. Con alguna noche de sexo revivían pasiones juveniles y deseos puramente carnales. Aunque ya no era lo mismo. Los años les habían hecho revestir todo de una ternura que antes no tenían. Sentían la necesidad de volver a seducirse, como si fueran novios otra vez, pero con menos palabras que entonces, ya que el amor no madura en vano y sabían que los gestos valían más que lo que uno pudiera llegar a decir a esa altura.

Tanto amor daba frutos a la distancia. Eran abuelos. Era como ser padres de vuelta pero sin las responsabilidades ni el remordimiento de ser en extremo condescendientes. Su casa se convirtió en el país de las maravillas para sus nietos, y un poco para ellos mismos también.

Tiempo después los nietos se graduaron. La pareja se mantenía para cumplir sus ritos de todos los días: él iba a comprar el diario y de paso dejaba salir al perro; ella hacía mucho se despertaba con el ruido que hacían los pájaros cuando amanecía. Así transcurrían sus días, haciendo las mismas cosas, religiosamente. Ya ni hablaban de la muerte, porque cada uno se entristecía al pensar en que podría ver morir a su compañero, y peor, tener que vivir solo. Entonces tenían ese acuerdo tácito, como tantos otros que habían tenido, de que cuando uno muriera sería en realidad la muerte de los dos.

Un día la abuela se había olvidado de tomar la pastilla para la presión, y el abuelo tuvo el peor ataque de asma de los últimos meses. Ese día los pájaros cantaron, pero nadie se levantó a verlos. Mejor dicho, la bandada tenía dos aves más cuando salió volando del árbol del patio.

Un viaje por autopista

Ya no estaba tan oscuro. Las ruedas de la camioneta raspaban el asfalto, dejando atrás metros y más metros de la autopista. Muy a su pesar bajó la vista del cielo y se concentró en el frente. Pasó por arriba de un puente bastante descuidado, y un zorro cruzó corriendo justo por delante suyo, apenas un manchón con rayas blancas.

Se dio cuenta de lo mucho que le ardían los ojos cuando quiso cambiar la estación de la radio. Le hacía falta Felipe, para que la distrajera mientras manejaba y la hiciera reír. También le hubiera cebado unos mates.

Aclaraba el cielo y sintió una especie de alivio. Había sido una noche muy oscura, sin Luna ni estrellas. La claridad empezó a extenderse cuando pensaba que iba a dormirse del cansancio. Los cristales se empañaron, obligándola a limpiarlos con el brazo. A esta hora Felipe ya se levantaba y después de desayunar se iba al taller. Ese era su lugar de pertenencia, rodeado de prensas, maderas y muebles recién encolados. Madera por todos lados, trabajada con paciencia.

Suspiró. Ahora lo extrañaba con ansiedad. La oscuridad se había escurrido, pero el sol todavía no llegaba a la línea del horizonte.

Abrió la ventanilla para despejarse y el viento inundó atronador la cabina de la camioneta. Todo se volaba y hacía ruido, pero dejaría el vidrio bajo un par de kilómetros más. El camino estaba casi vacío a esa hora; muy de vez en cuando se cruzaba con algún otro auto. Levantó la mirada a través del parabrisas y observó el cielo arriba suyo. Si pudiera captar esa imagen en un cuadro  sería bellísimo. La sutileza de las nubes parecía trazada por pinceladas divinas.

Y así como contemplaba el firmamento estaba planeando en las alturas. Un águila, sobrevolando el camino, capaz de mantener la velocidad de un auto. El viento zumbándole en los oídos, revolviendo su plumaje; un fresco vivificador que penetraba hasta su piel.

Distinguía el techo rojo y plateado de la camioneta muy abajo, y veía jirones de nubes por el vidrio del parabrisas. Empujó el acelerador para adelantar a un camión que avanzaba pesado por la derecha. La sangre saltaba en sus venas, bailaba, y era un juego, y apuraba su vuelo para no quedarse atrás. Se estaba burlando de la ruta; el cielo, el viento, las nubes; sus alas eran suficiente.

Asomó un rayo de Sol en el Este, directo hasta la pupila; entrecerró los párpados pero ya no distinguía nada a pesar de su visión tan aguda. Sólo ruido y desorden, plumas alborotadas y cosas que se vuelan… Subió la ventanilla de golpe. Estaba sentada, con una mano al volante en su cabina; el ave se había esfumado en una ráfaga de viento.

 

El gorrión

Un pájaro se movía inquieto en la ventana. Ella los estaba mirando desde hacía rato, tratando de quedarse dormida. Si por un rato pudiera ser pájaro, me apoyaría en el alféizar de alguna ventana, sin preocuparme de que alguien me observara. Sin embargo, un día como el de hoy en el que el viento se lo lleva todo, es casi mejor ser persona.

A pesar de que se hubo escondido en el hueco de la ventana, se le subían las plumas, mezclándose. A ella le encantaban los días tormentosos, y hubiera querido acariciar al animal con la palma abierta, darle toda su confianza.

Lo peor para ella era eso, que la gente no tomara el tiempo necesario para confiar. Al principio nadie deja los prejuicios que se forma; por eso su novio le gustaba. Él ni siquiera los tenía cuando se conocieron. Con esta reflexión se fue adormeciendo, se empezaban a confundir las ideas que había estado hilando.

Se pensaba, o mejor dicho se despensaba como ese gorrión. Tanto que si aquél alzara vuelo su alma lo seguiría por instinto. Así ella podría ver mientras se alejaba, aún en la habitación, a su propio ser acompañándolo.

Miró el reloj. Los segundos resonaban su compás sin importar cuánto reflexionara. Finalmente él se fue volando. Se habrá cansado de ser objeto de comparaciones que no puede entender.

Pasó un rato largo. Entonces le causó gracia darse cuenta de que podía invertir los sonidos: hacer que el tic se convirtiera en el tac y viceversa. Su mente vagaba por la superficie de los pensamientos mientras que no lograba que el sueño la envolviera del todo.

En cierto momento, unos ruidos en el pasillo la alertaron. Conocía las pisadas, ese espacio-tiempo entre pie y pie cuyo ritmo sus latidos imitaban: era él. El gorrión que la haría volar en la tormenta, en el ojo del huracán que con su llegada había producido, y que a ella tanto le gustaba.