Materialismo corporal

Tengo
toda la poesía
detrás de mis ojos

Tengo
todas las canciones
en los antebrazos

Tengo
los rezos más variados
en la garganta

A lo largo de mi vida
tendré
los zapatos en mis pies
de innumerables mujeres

Pero cuando tengo
tu persona delante de mí
es como si ya no tuviera nada
como si las guitarras y las ciudades
las luces, las letras, las personas
se escaparan de mí
se escaparan de mi pasado

Me vuelvo niña, inocente, ilusionada
Me vuelvo temeraria como quien ignora
lo que se podría perder
Me quedo sin nada

Y siento la necesidad más profunda
de que seas vos la que me llene
Tenerte a vos
en los ojos, en las manos, en la garganta

O que vos me tengas a mí
lo que más te guste

 

Besos varios

Un beso en el cachete para que no se note que me gustás, pero una mano suavemente en la cintura para que tampoco sea un beso cualquiera.

Un beso en los ojos porque te obliga a cerrarlos, y me liberás entonces de la vergüenza que me genera tu mirada fija.

Un beso en la nariz. Para que te dé gracia, para que me muestres los dientes y me soples aire tibio.

Un beso en la comisura. Para ver qué cara ponés. Si te quedás quieto así, perdoname, pero me tomo el atrevimiento de salvar la poca distancia que queda.

Un beso donde deben caer los besos. Articulado con firmeza. Correspondido: como todos  los buenos besos.

Un cigarrillo cualquiera

Dejá de fumar, por Dios
Me pone celosa ver cómo
Tus labios encierran con tal delicadeza
Un rollito de papel estúpido
Me acuerdo de eso todo el tiempo
Si agarro el vicio, es solo para imaginar tu boca
Semiabierta, largando un suspiro hacia arriba
Tus ojos vidriosos por el frío de la noche
La mano suspendida temblando un poco
Ese puntito rojo es la única luz que queda
Cada vez más cortito el pucho
Te distrajiste mirando un gato que pasó por el tapial como si nada
Te quemaste el dedo, boluda
Me empecé a reír y te agarré el brazo para ver,
Pero acercaste la cara en vez de la mano
Acercaste la boca, entreabierta
Aunque no tuvieras ningún cigarrillo

A la mañana cuando me iba
Vi en la vereda pasar al mismo gato
Good Morning le dije
No me dio ni bola
Pero yo estaba contenta
Y todo me pareció lindo

 

Dicen por ahí

Dicen, no sé quien
Pero dicen
Que hace rato querés volver
Hace mucho te fuiste
Pero se ve
Que andás extrañando
Ya no quiero
Las mismas cosas que antes
Los pasos no son en vano
Si me hiciste sufrir
Fue para que creciera
Los hechos no se repiten
Nadie se baña dos veces
En el mismo río
Nadie quiere
Nadie puede
Yo tampoco
Vos no deberías tratar
Sigamos andando entonces
No hace falta que vayamos juntas
Se puede ir igual en la misma dirección
Tal vez no hablemos
Ni nos miremos entre nosotras
Pero vemos el mismo horizonte
Y si alguna vez nos volvemos a cruzar
Que sea porque tenemos
Algo distinto para compartir
Porque no quiero recordar más
Eso hace que se gasten los recuerdos
De cosas que a veces sí fueron buenas
Tampoco importa lo que vos
O yo queramos
Será lo que sea
Igual que fue lo que fue
La vida se entiende de a ratos
O una deja de hacerse preguntas
Las dos son ciertas
Entonces una cierra los ojos
Por cansancio un poco
Y por ganas de seguir soñando

 

Las manos

Dicen que la belleza está más en el ojo del observador que en la cosa observada. Bah, dicen. Yo digo eso. Una mano sosteniendo un mate es una imagen hermosa. Y no importa si la mano es delgada o no, vieja, grotesca, o cuidada. Tampoco importa a quién pertenece, su historia, su género. Vale solo por el gesto que hace. Se mueve con firmeza sin dejar de ser delicada, como si tuviera una fuerza interna que no hiciera falta demostrar pero aun así visible. Entonces, la manera en que agarra el mate puede ser hasta sensual si se quiere; lo mismo que si sostuviera un cigarrillo.

Mirando esa parte del cuerpo se me ocurre que tal vez me estoy autolimitando. Los gestos no nacen solo de la mano, del pliegue del codo también. [El brazo cambia de tonalidad al girarlo, una metáfora corporal]. El antebrazo se recorre mirando de una extremo al otro igual que un puente, para llegar al hombro. Y por qué no mirar el cuello también, semiescondido en el triángulo de una camisa. Ya se sabe que lo oculto inquieta más la curiosidad que lo expuesto. En este punto, es como entrar en el radio de atracción de un agujero negro, es muy difícil siquiera tener la intención de resistirse a dirigir los ojos hacia el rostro. Pera, boca, nariz, ojos y ahí quedo clavada.

– ¿Qué estás mirando che? Ni me estás escuchando.

– No sé, me distraje con otra cosa

– Ya sé que tardo mucho en tomar el mate, pero no es para que te lo quedes mirando así. Tomá. Gracias.

– Lo usás de micrófono. Pero te miraba las manos igual.

– ¿Qué tienen?

– No sé. Es que una vez me dijeron que la belleza está en el ojo del observador y…

A la juventud pujante

Alguien dijo que nosotros,
los jóvenes no podemos
vernos a nosotros mismos
sino hasta ser adultos.
Pero entonces
demasiado tarde.

Somos impetuosos, autodestructivos
Somos los que queremos empezar a ser
Y ningún adulto nos deja
aunque ellos ya fueron como nosotros.
Pero ahora
ya no recuerdan.

Transgresores y agresivos
somos los que deformamos el mapa
y rompemos la chatura
de una sociedad ya establecida
que se aferra a sus vicios
y ha olvidado soñar.

Imprudentes, corremos el riesgo
de chocarnos con nuestro propio reflejo
pero también somos el chivo expiatorio
que carga las penas de años pasados
y camina tratando de evitar
el acantilado.

Mi único anhelo es envejecer
verme canosa y arrugada
abrazar la idea del adiós
pero encontrar aún un retazo
de imprudencia y desacato
en el fondo de mis ojos.

 

En un café

En un café, de mesa a mesa vuela una mirada que es más íntima que en cualquier boliche. La gente pasa apurada por mil acontecimientos, aunque de este lado del vidrio el tiempo no transcurre.

Cuando levanté la mirada me choqué con tus ojos fijos. Los dos hicimos como que nada pasó, pero en cada palabra con nuestro interlocutor había un relojeo, pendientes de los gestos del otro.

Te volví a ver varias veces más, vos ya venías solo. Siempre en la misma mesita, como para hacerte el distraído mirando la calle, justo enfrente mío. Un día apareciste con un sombrero blanco y parecía que quisieras hablarme. Al otro día ya no te vi más. Ahora escribo mirando tu silla vacía…

La lejanía del mirar

Ella sabe que cuando su mirada se pierde en lo lejos no tiene sentido hablarle, porque se ha ido. ¿En qué campos andarán sus ojos, qué estará viendo que ella no alcanza a comprender? No le importa dejarla un rato, se pierde, y a veces hasta le cuesta volver. Y si por casualidad los ojos de ambos se chocan, ella trastabilla y cae en esas dos cuencas vacías. Dos pozos profundos donde el musgo crece cubriendo las paredes, y a medida que baja la oscuridad se refuerza. Aunque arriba de todo las raíces marrones rodean los agujeros; algunas veces logra agarrarse antes de caer. Entonces se levanta de la silla y se va sin decirle nada. No quiere volver a hablarle hasta más tarde, cuando él haya regresado.

El sol le calentaba los párpados

El sol le calentaba los párpados. Sacó una mano del agua para refrescarse la cara, poniendo cuidado en no abrirlos. Sus sentidos se burlaban de él: cada vez que creía que el mar lo arrastraba hacia adentro, estaba casi más cerca de la orilla.

Flotaba boca arriba; los rayos del Sol hacían que de a poco se fuera acalorando otra vez. Para no caer ante la necesidad de cerciorarse de su posición constantemente, trató de pensar en cosas que pudieran distraerlo. En algún momento lo logró, y estuvo sumergido en esos pensamientos, sin notar siquiera el agua que recorría su piel. Sus ideas se alzaban y descendían a la par de su propio cuerpo.

Abrió los ojos involuntariamente y recién entonces se dio cuenta de su olvido. Empezó a nadar desesperado por la distancia tan grande que ahora sí lo separaba de la playa. El tiempo que tardó no podía medirse en tiempo, no tenía sentido hacerlo. Al tocar la arena con los pies se sintió tan aliviado que le asomó un leve temblor en las piernas, pero siguió avanzando hasta que dejó de tocar el agua. Se tiró boca abajo en la arena aunque en seguida se volvió a levantar. Se sentó mucho más lejos del mar, no fuera cosa de que la marea creciera y lo llevara devuelta.