Lobezno

Son las noches con estrellas,

iluminadas, falsa imitación del día

las que más me agradan

porque me dejan verme a mí mismo

cuando me agacho a tomar agua

Y así, noche de poesía (poética),

te vas en tan poco tiempo,

la luz del sol asoma entre los árboles.

Luz benévola que aleja la oscuridad

cómo me gustaría poder adorarte

pero las sombras retroceden

y yo con ellas

Y es que las costumbres que uno forja durante años

no se pueden cambiar en una noche

 

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Un cigarrillo cualquiera

Dejá de fumar, por Dios

Me pone celosa ver cómo

Tus labios encierran con tal delicadeza

Un rollito de papel estúpido

Me acuerdo de eso todo el tiempo

Si agarro el vicio, es solo para imaginar tu boca

Semiabierta, largando un suspiro hacia arriba

Tus ojos vidriosos por el frío de la noche

La mano suspendida temblando un poco

Ese puntito rojo es la única luz que queda

Cada vez más cortito el pucho

Te distrajiste mirando un gato que pasó por el tapial como si nada

Te quemaste el dedo, boluda

Me empecé a reír y te agarré el brazo para ver,

Pero acercaste la cara en vez de la mano

Acercaste la boca, entreabierta

Aunque no tuvieras ningún cigarrillo

A la mañana cuando me iba

Vi en la vereda pasar al mismo gato

Good Morning le dije

No me dio ni bola

Pero yo estaba contenta

Y todo me pareció lindo es día

 

Esta noche

En la hora más oscura de la noche me pongo a escribir. Porque todo se vuelve más denso, más palpable. El perro que ladra se escucha como amplificado, parece que fuera el único ser viviente aparte de mí. Ojalá pudiera aullar, para decirle que no está solo. El aire parece más pesado de respirar, hay un letargo en mi mano, en mi parpadear, en el tic tac del reloj.

Una se enrarece. Es como si pudieras mirarte por una ventana, pero a la vez, te ves desde adentro parada afuera del otro lado del vidrio. Por eso decimos cosas que no diríamos en otro momento. Cosas crueles, que nos exponen, que nos desmienten, que hablan de sexo, del pasado, de miedos, de felicidad también, aunque una felicidad demasiado feliz, de la que nos avergonzaríamos al otro día.

La noche en sí nos pone en estado de borrachera. Digo cosas y miro de una forma que no puedo controlar. Y si esa hora fúnebre me encuentra cerca del mar, mejor dejame sola. Yo también quisiera abandonarme en esos momentos porque siento que no quepo dentro de mi cuerpo; hay demasiado yo encerrado en mí.

La culpa es del mar que se vuelve invisible de noche; se convierte en sonido y viento, en gaviotas sonámbulas como yo, en olor a sal. Pero no se puede abarcar con la mirada y eso es casi como no poder tocarlo, lo que es casi como si no existiera. Tal vez por eso me hipnotiza su fuerza inefable, porque a esa hora los dos dejamos de existir.

Con una mano agarro un puñado de arena y siento como se escurre de a poco. Por supuesto que me hace pensar en el tiempo esa metáfora tan trillada. PERO si pongo las palmas sobre la arena ¿significa que todo el tiempo me pertenece? ¿Y si me clavo un vidrio por hacer esa boludez cuando no se ve nada, qué significa?

Noches desesperadas

Son noches de desesperación

Noches de espera y delirio

Quiero que te quedes

Quiero que nos vayamos las dos

Pero no por ocultarnos

Sino porque es normal que una

Quiera esconderse a veces

Cuando encuentra a alguien que quiere

Como una perra arrastra su comida

Hasta donde solo ella pueda comerla

Y si piensan que la metáfora es una cosificación del cuerpo de la mujer (argumento tan malgastado que ya perdió su real valor)

Allá ustedes. Pero todos alguna vez

Sentimos eso

En una noche desesperada

 

Cigarettes Outside

No me gusta fumar, y el olor a tabaco me parece asqueroso. Pero tengo que admitir que me parece muy sensual tu manera de sostener el cigarrillo entre los dedos. Sigo el humo hipnotizada, desde la llama hasta su disolución en espirales ingenuos, y vuelvo a caer en tus ojos que reflejan todo. Cómo no mirarte, si el mundo cabe entre nosotros dos. Sentados uno al lado del otro, tu boca sigue muy lejos. Mirarte entonces es lo único que me queda.

También veo la Luna que avanza en su caminata estelar, aunque el tiempo se haya quedado estancado desde que nos sentamos afuera. Algo me dijiste entre tus bocanadas grises; empezamos a hablar de cualquier cosa. Nos adueñamos de la inmensidad de nuestro pasado, nombramos todo lo que conocíamos, y en especial lo que no teníamos ni idea, en un intento de volvernos reales, dijimos nuestros propios nombres. El tuyo y el mío, varias veces, con distintas voces, en susurros y a los gritos; nos alienamos. Sonaban tan deformes esas sílabas repetidas en el silencio de una ciudad dormida. No pudimos no reír al darnos cuenta que ya no tenían sentido.

A pesar de tanta irrealidad, teníamos conciencia de estar en el lugar exacto, sin nadie que nos criticara la falta de todo lo necesario para ser feliz en una sociedad ovejuna. Era un sábado caído del calendario y no queríamos dormir, menos salir a mezclarnos con el mundo. A veces uno necesita delirar un rato, jugar a que estar sentados en la terraza significa que todo el jardín abajo es nuestro reino. Fuimos soberanos lo que duró una noche de enero. Una pequeña eternidad.

En cierto momento el brillo de las estrellas empezó a opacarse; el cielo aclaraba. Qué ilusos en creer que esa vez no iba a pasar. Fue una caída desde muy alto, el amanecer: el reino a nuestros pies se mostró como el patio desordenado que nunca había dejado de ser. Hacía rato que te habías terminado los cigarrillos, y me pareció que tus pupilas ya no reflejaban mucho; estábamos cansados y sin palabras.

Nos levantamos, como si alguno hubiera tenido el valor de poner la orden en palabras. Empecé a bajar la escalera, aceptando el triste pero inminente abandono de ese estado de plenitud. Cuántos escalones tenía ahora que me daba cuenta. A la mitad, de la escalera o de mis pensamientos, sentí algo tibio en mi mano. Sentí tu mano en la palma de la mía. Cuando tuve los pies en el suelo se me ocurrió que tal vez no había sido todo un delirio.

 

Encuentro a deshora

Te puse una mano en la espalda

porque me dio miedo

que la Luna nos mirara así

y que con su luz nos descubriera

 

Estar tan mimetizada con la noche

era cercano a estar muerta

y a la vez había tanto renacer

que una cosa terminaba en la otra

 

Ahora tu mano en mis hombros

y un botón que se escapa

el instante de nuestras bocas suspendidas

es incluso mejor que el roce

 

En ese banco nos fuimos a morir

sin parar de susurrar, ni sabía

dónde empezaba mi boca y dónde la tuya

frío el rocío pero no tus labios

 

Llover otra vez

Caen rayos y truenos, caen gotas con un sonido constante que lo invade todo. El ruido del agua cayendo se impone como un factor más de la realidad cotidiana y ya no hay remedio. A veces se vuelve consciente; uno presta atención y trata de separar los chapoteos, dibuja un mapa mental del patio según el gotear sobre las macetas, el toldo y la pileta.

Sin embargo, uno suele olvidarse a lo largo del día de esa acusación que cae sobre las cosas y las devuelve a su objetividad original. Entonces, la lluvia se disfraza en los pensamientos; la gente se cree concreta y definida pero ella igual los desdibuja.

Yo nos creía definidos, y ahora veo que nos mezclamos como hace la pintura fresca. Todo es tan abstracto. La lluvia está en la cama y nosotros afuera. En nuestro abrazo se funden los truenos, salen voces de las plantas, las macetas respiran, tu pelo está húmedo, tu boca gotea palabras que afuera refucilan y vuelven a entrar por los agujeros de la persiana.

Diez minutos después para de llover. Es la primera vez que escucho mi respiración. Estamos tan juntos, pero recuperamos nuestras formas. Qué fuerte se vuelve el silencio. Oscurece, nos vamos quedando en la nada física. Podemos pensar solamente en que estamos pensando, y es atormentador. El agua se escurre dejando todo vacío, desarmado. Si hasta los besos se escurren y uno queda raro después. Uno entiende las cosas, pero al rato se olvida y tiene que hacer el esfuerzo de volver a entenderlas, así como llueve cada cierto tiempo. Sería imposible una lluvia infinita, un entender absoluto.

En algún momento vamos a tener que levantarnos y prender la luz, aunque es muy molesto pensar en eso ahora que estamos abrazados y ha empezado a llover otra vez.

 

Mansión Oxford

“Debe ser que aún estando posicionada frente a una calle principal conserva un aura de soledad resguardada, algo de propio y solitario que todavía no le ha sido arrebatado”. (C. S. F.) 

Se puede sentir la energía que sube desde los pies tocando el piso. Los pensamientos flotan hasta el techo altísimo; la mirada se pierde al dibujar los arabescos de los mosaicos en el patio.

La casa era una escalera, unos vitrales de colores. El aire que entraba por la ventana se enrarecía cuando acariciaba los muebles, es algo antiguo e inasible que perdura.

Bastante gente pasa por este lugar durante el día. A la noche las luces se dejan apagadas y las puertas de afuera cerradas con llave. Pero las de adentro quedan entreabiertas, como si los que supieron vivir ahí siguieran atravesando las habitaciones. Trenzan un vals oxidado que deja oír el roce de las ropas. Y el piano, solo en la sala, sacude sus teclas de vez en cuando queriendo marcar el compás. No hay que asustarse si los espejos reflejan pasos en el suelo de madera; algunos bailan para recordarse y otros para olvidar.

La claridad va invadiendo de a poco las aberturas; algún pájaro quebró el cantar de la casa en pena. Los bailarines se saludan con una inclinación hasta la próxima vuelta.

El asalto

La barca se balanceaba de un lado al otro y este vaivén incesante marcaba el ritmo del sueño de los marineros: sus ilusiones y añoranzas, solo alcanzadas en la noche. El momento del descanso era el único en el que se encontraban realmente en soledad. Prendían un cigarrillo y largaban el humo al viento; la faena del día había terminado.

En esa nave había, sin embargo, un marino cuyo verdadero refugio se encontraba afuera, en la cubierta, donde el aire viciado de las bodegas era olvidado, se respiraban el mar y las estrellas, mientras el sonido era de las olas rompiendo contra la proa.

La Luna alargaba la sombra del marino a lo largo del piso de madera, pareciendo un ente individual, que no compartiera con su dueño más que la silueta. Nada importaba, mientras ella siguiera allá arriba y no perturbara nadie su santuario de soledad.

Estaba tan ensimismado en su satisfacción, que no notó cuando su sombra se hizo una amiga, después otra, y de repente la embarcación se encontró atestada de sombras ondulantes que se consultaban unas a otras, susurrando, haciendo señas, tensando y desatando sogas.

El barquero, aún adormecido, se extrañó de tanto movimiento; las sucesiones de luz y sombra le molestaban en los párpados ¿Será de mañana ya? ¿Me habré quedado dormido por primera vez en cubierta? Pero una mano fue más rápida que su mente, y nunca pudo contar el final del relato.

“No hay necesidad de matar a nadie,” les habían dicho, “guarden su aliento para alentar el fuego, que sea su aliado”. Lamentablemente hicieron caso del consejo. Con un cerillo prendieron llama a la punta de un cordel descosido, y la contagiaron a una tabla de madera seca. Cinco hombres se movían como espectros, iluminando todo el pabellón de reflejos anaranjados, incluyendo la ropa del navegante caído.

Se observaron un momento. Sus rostros manchados, el agua, el fuego. La vela principal, todavía intacta, pronto ardería también. Sin la necesidad de incentivar más al “amigo” que dejaban a bordo, los bucaneros descendieron por babor, llevándose consigo aquello que fueran a buscar. En primer lugar, la cabeza del timonel, robada del camarote principal del navío; una prueba de que habían cumplido correctamente su encargo. Lo segundo, cierto documento lacrado que debía ser entregado a un tal Federico, un conde. Incendiar el bajel era solo el cierre del plan, la saciedad pura y explícita de su deseo sádico y bestial, de su sed de arrancar vidas humanas con las manos.

Palabras sueltas

Te escribo en una hoja

desprendida del mismo libro

que se soltó por sí sola

como para que te escribiera

 

Y esos atardeceres

que tal vez ahora no recuerde

pero sé que quiero ver otra vez

me hacen pensar en la distancia y la melancolía

 

Me hacen pensar en naranja brillante

sonrisas y ojos que reflejan

un segundo efímero, inabarcable

que es presente y nada más

 

Entonces quisiera compartirlo

que vieras en mis ojos la belleza

que sientas las lágrimas subir

y entiendas el motivo

 

El naranja empieza a opacarse

el azul lo acorrala de a poco

todo declina hacia la noche

pero te siento al lado mío

 

Por eso te escribo en una hoja

desprendida de la noche

que se soltó por sí sola

como para que te escribiera