Mansión Oxford

“Debe ser que aún estando posicionada frente a una calle principal conserva un aura de soledad resguardada, algo de propio y solitario que todavía no le ha sido arrebatado”. (C. S. F.) 

Se puede sentir la energía que sube desde los pies tocando el piso. Los pensamientos flotan hasta el techo altísimo; la mirada se pierde al dibujar los arabescos de los mosaicos en el patio.

La casa era una escalera, unos vitrales de colores. El aire que entraba por la ventana se enrarecía cuando acariciaba los muebles, es algo antiguo e inasible que perdura.

Bastante gente pasa por este lugar durante el día. A la noche las luces se dejan apagadas y las puertas de afuera cerradas con llave. Pero las de adentro quedan entreabiertas, como si los que supieron vivir ahí siguieran atravesando las habitaciones. Trenzan un vals oxidado que deja oír el roce de las ropas. Y el piano, solo en la sala, sacude sus teclas de vez en cuando queriendo marcar el compás. No hay que asustarse si los espejos reflejan pasos en el suelo de madera; algunos bailan para recordarse y otros para olvidar.

La claridad va invadiendo de a poco las aberturas; algún pájaro quebró el cantar de la casa en pena. Los bailarines se saludan con una inclinación hasta la próxima vuelta.

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de la escritura I

Una hoja en blanco es siempre una invitación ¿Cómo negarse entonces? Nos seduce a profanarla ¿Con una poesía? Si es malograda ¿Cómo mirarla y no arrepentirnos de haber desperdiciado un material tan límpido? Estaré triste un rato.