A pedido de mi teta derecha

Tengo una teta que sabe lo que quiere, y otra que no está tan segura. La izquierda enseguida busca la concavidad de una mano para divertirse. La derecha copia la actitud por complicidad, pero no la convence mucho la situación. Sin embargo, después de treinta segundos ve a su compañera resurgir de entre los dedos, un poco colorada, y reclama ella también la atención de esa mano tan servicial.

Por eso, no hay que ceder nunca ante la comodidad. Aunque se esté acostado de tal forma que quede más a mano agarrar una teta y no la otra, se debe mostrar interés a ambas tetas por igual. De manera consecutiva o, si se pudiera, de forma simultánea.

 

Materialismo corporal

Tengo

toda la poesía

detrás de mis ojos

Tengo

todas las canciones

en los antebrazos

Tengo

los rezos más variados

en la garganta

A lo largo de mi vida

tendré

los zapatos en mis pies

de innumerables mujeres

Pero cuando tengo

tu persona delante de mí

es como si ya no tuviera nada

como si las guitarras y las ciudades

las luces, las letras, las personas

se escaparan de mí

se escaparan de mi pasado

Me vuelvo niña, inocente, ilusionada

Me vuelvo temeraria como quien ignora

lo que se podría perder

Me quedo sin nada

Y siento la necesidad más profunda

de que seas vos la que me llene

Tenerte a vos

en los ojos, en las manos, en la garganta

 

O que vos me tengas a mí

lo que más te guste

 

No sé por qué

No sé por qué. Por algún motivo (que desconozco) todos mis textos arrancan así. Últimamente tengo un pedo mental que me impide ver hacia adelante. Me impide ver hacia atrás. Es como la niebla: si tratás de prender una luz te encandila. Cuanto más esfuerzo mis ojos para distinguir algo, más se cansan. ¿Qué hacer en la niebla? No quedarse quieto, seguro; seguir andando a una velocidad promedio, una obviedad; don’t give up, otra obviedad. ¿Pero qué hago con el miedo? ¿Qué hago si me adormece las piernas y estrangula mi voz? ¿Qué hago si lo único que puedo escuchar es una respiración entrecortada y un corazón desbocado, que me pertenecen pero ya no reconozco?

Quiero ver más allá de las palmas de mis manos. Sé que aguantar es lo único que me queda; si pierdo la ilusión del mañana, la niebla se convierte en hielo.

 

¡El silencio!

Marcela Dolce: Ninfas de Papel (técnica mixta)

La mujer. ¿Qué hay para decir sobre ella? ¡Todo! Aún no se ha dicho lo suficiente, casi nada en realidad.

¡El silencio!

Siglos de silencio, de no dichos, de ocultar bajo la baldosa la mugre, y de miradas cómplices entre mujeres que sabían lo que había que gritar pero no les salía la voz.

Hasta hoy. Nos cansamos. Algunas empezamos susurrando, molestando, diciendo cosas obvias pero que de tanto callarlas parecían extravagancias. A esta altura los susurros ya no alcanzan tampoco. Así que ahora gritamos, y le pasamos un micrófono a la que no puede gritar. Y le sacamos las manos de los oídos a la que nunca nos había escuchado antes. Y le damos la mano al hombre que nos apoye, pero nos sacamos el brazo de encima del otro tipo de hombres, o de mujeres, o de lo que sea que quiera no dejarnos ser.

Como un loro que se escapó de la jaula, así, nunca volveremos a ser lo que fuimos.

Un cigarrillo cualquiera

Dejá de fumar, por Dios

Me pone celosa ver cómo

Tus labios encierran con tal delicadeza

Un rollito de papel estúpido

Me acuerdo de eso todo el tiempo

Si agarro el vicio, es solo para imaginar tu boca

Semiabierta, largando un suspiro hacia arriba

Tus ojos vidriosos por el frío de la noche

La mano suspendida temblando un poco

Ese puntito rojo es la única luz que queda

Cada vez más cortito el pucho

Te distrajiste mirando un gato que pasó por el tapial como si nada

Te quemaste el dedo, boluda

Me empecé a reír y te agarré el brazo para ver,

Pero acercaste la cara en vez de la mano

Acercaste la boca, entreabierta

Aunque no tuvieras ningún cigarrillo

A la mañana cuando me iba

Vi en la vereda pasar al mismo gato

Good Morning le dije

No me dio ni bola

Pero yo estaba contenta

Y todo me pareció lindo es día

 

Esta noche

En la hora más oscura de la noche me pongo a escribir. Porque todo se vuelve más denso, más palpable. El perro que ladra se escucha como amplificado, parece que fuera el único ser viviente aparte de mí. Ojalá pudiera aullar, para decirle que no está solo. El aire parece más pesado de respirar, hay un letargo en mi mano, en mi parpadear, en el tic tac del reloj.

Una se enrarece. Es como si pudieras mirarte por una ventana, pero a la vez, te ves desde adentro parada afuera del otro lado del vidrio. Por eso decimos cosas que no diríamos en otro momento. Cosas crueles, que nos exponen, que nos desmienten, que hablan de sexo, del pasado, de miedos, de felicidad también, aunque una felicidad demasiado feliz, de la que nos avergonzaríamos al otro día.

La noche en sí nos pone en estado de borrachera. Digo cosas y miro de una forma que no puedo controlar. Y si esa hora fúnebre me encuentra cerca del mar, mejor dejame sola. Yo también quisiera abandonarme en esos momentos porque siento que no quepo dentro de mi cuerpo; hay demasiado yo encerrado en mí.

La culpa es del mar que se vuelve invisible de noche; se convierte en sonido y viento, en gaviotas sonámbulas como yo, en olor a sal. Pero no se puede abarcar con la mirada y eso es casi como no poder tocarlo, lo que es casi como si no existiera. Tal vez por eso me hipnotiza su fuerza inefable, porque a esa hora los dos dejamos de existir.

Con una mano agarro un puñado de arena y siento como se escurre de a poco. Por supuesto que me hace pensar en el tiempo esa metáfora tan trillada. PERO si pongo las palmas sobre la arena ¿significa que todo el tiempo me pertenece? ¿Y si me clavo un vidrio por hacer esa boludez cuando no se ve nada, qué significa?

Duele la hoja en blanco

Duele la hoja en blanco

Duele el tiempo

La página se pone amarilla

Trato de darla vuelta y

Se rompe

Me quedo con una hoja

Suelta en la mano

Cuántas hojas voy a romper

Hasta que aprenda

A escribirlas a tiempo

Y no dejar que envejezcan

Que se llenen de arrugas

Sin haber llegado a ser

Quiero escribir mucho

Cansarme la mano

Quedarme sin tinta

Tal vez

Pero que sea por haber hablado

Y no por desuso

Quiero tachar lo escrito

Repensar, redecir

Contradecirme

Quiero demasiado

Ya me lo han dicho

Pero no tengo otra forma

Una es como puede

Es decir, no se puede

Ser lo que no se es

Y por eso digo

Yo soy Esta carajo

No hay más vueltas

 

Cigarettes Outside

No me gusta fumar, y el olor a tabaco me parece asqueroso. Pero tengo que admitir que me parece muy sensual tu manera de sostener el cigarrillo entre los dedos. Sigo el humo hipnotizada, desde la llama hasta su disolución en espirales ingenuos, y vuelvo a caer en tus ojos que reflejan todo. Cómo no mirarte, si el mundo cabe entre nosotros dos. Sentados uno al lado del otro, tu boca sigue muy lejos. Mirarte entonces es lo único que me queda.

También veo la Luna que avanza en su caminata estelar, aunque el tiempo se haya quedado estancado desde que nos sentamos afuera. Algo me dijiste entre tus bocanadas grises; empezamos a hablar de cualquier cosa. Nos adueñamos de la inmensidad de nuestro pasado, nombramos todo lo que conocíamos, y en especial lo que no teníamos ni idea, en un intento de volvernos reales, dijimos nuestros propios nombres. El tuyo y el mío, varias veces, con distintas voces, en susurros y a los gritos; nos alienamos. Sonaban tan deformes esas sílabas repetidas en el silencio de una ciudad dormida. No pudimos no reír al darnos cuenta que ya no tenían sentido.

A pesar de tanta irrealidad, teníamos conciencia de estar en el lugar exacto, sin nadie que nos criticara la falta de todo lo necesario para ser feliz en una sociedad ovejuna. Era un sábado caído del calendario y no queríamos dormir, menos salir a mezclarnos con el mundo. A veces uno necesita delirar un rato, jugar a que estar sentados en la terraza significa que todo el jardín abajo es nuestro reino. Fuimos soberanos lo que duró una noche de enero. Una pequeña eternidad.

En cierto momento el brillo de las estrellas empezó a opacarse; el cielo aclaraba. Qué ilusos en creer que esa vez no iba a pasar. Fue una caída desde muy alto, el amanecer: el reino a nuestros pies se mostró como el patio desordenado que nunca había dejado de ser. Hacía rato que te habías terminado los cigarrillos, y me pareció que tus pupilas ya no reflejaban mucho; estábamos cansados y sin palabras.

Nos levantamos, como si alguno hubiera tenido el valor de poner la orden en palabras. Empecé a bajar la escalera, aceptando el triste pero inminente abandono de ese estado de plenitud. Cuántos escalones tenía ahora que me daba cuenta. A la mitad, de la escalera o de mis pensamientos, sentí algo tibio en mi mano. Sentí tu mano en la palma de la mía. Cuando tuve los pies en el suelo se me ocurrió que tal vez no había sido todo un delirio.

 

Las manos

Dicen que la belleza está más en el ojo del observador que en la cosa observada. Bah, dicen. Yo digo eso. Una mano sosteniendo un mate es una imagen hermosa. Y no importa si la mano es delgada o no, vieja, grotesca, o cuidada. Tampoco importa a quién pertenece, su historia, su género. Vale solo por el gesto que hace. Se mueve con firmeza sin dejar de ser delicada, como si tuviera una fuerza interna que no hiciera falta demostrar pero aun así visible. Entonces, la manera en que agarra el mate puede ser hasta sensual si se quiere; lo mismo que si sostuviera un cigarrillo.

Mirando esa parte del cuerpo se me ocurre que tal vez me estoy autolimitando. Los gestos no nacen solo de la mano, del pliegue del codo también. [El brazo cambia de tonalidad al girarlo, una metáfora corporal]. El antebrazo se recorre mirando de una extremo al otro igual que un puente, para llegar al hombro. Y por qué no mirar el cuello también, semiescondido en el triángulo de una camisa. Ya se sabe que lo oculto inquieta más la curiosidad que lo expuesto. En este punto, es como entrar en el radio de atracción de un agujero negro, es muy difícil siquiera tener la intención de resistirse a dirigir los ojos hacia el rostro. Pera, boca, nariz, ojos y ahí quedo clavada.

– ¿Qué estás mirando che? Ni me estás escuchando.

– No sé, me distraje con otra cosa

– Ya sé que tardo mucho en tomar el mate, pero no es para que te lo quedes mirando así. Tomá. Gracias.

– Lo usás de micrófono. Pero te miraba las manos igual.

– ¿Qué tienen?

– No sé. Es que una vez me dijeron que la belleza está en el ojo del observador y…

Encuentro a deshora

Te puse una mano en la espalda

porque me dio miedo

que la Luna nos mirara así

y que con su luz nos descubriera

 

Estar tan mimetizada con la noche

era cercano a estar muerta

y a la vez había tanto renacer

que una cosa terminaba en la otra

 

Ahora tu mano en mis hombros

y un botón que se escapa

el instante de nuestras bocas suspendidas

es incluso mejor que el roce

 

En ese banco nos fuimos a morir

sin parar de susurrar, ni sabía

dónde empezaba mi boca y dónde la tuya

frío el rocío pero no tus labios