Materialismo corporal

Tengo

toda la poesía

detrás de mis ojos

Tengo

todas las canciones

en los antebrazos

Tengo

los rezos más variados

en la garganta

A lo largo de mi vida

tendré

los zapatos en mis pies

de innumerables mujeres

Pero cuando tengo

tu persona delante de mí

es como si ya no tuviera nada

como si las guitarras y las ciudades

las luces, las letras, las personas

se escaparan de mí

se escaparan de mi pasado

Me vuelvo niña, inocente, ilusionada

Me vuelvo temeraria como quien ignora

lo que se podría perder

Me quedo sin nada

Y siento la necesidad más profunda

de que seas vos la que me llene

Tenerte a vos

en los ojos, en las manos, en la garganta

 

O que vos me tengas a mí

lo que más te guste

 

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Decile a tu amor que no tenés miedo

Decile a tu amor que no tenés miedo

de besarla en la boca

cuando se quedan solas.

¿Por qué no caminarías

de la mano con ella

como haría cualquiera?

Lo que te griten por la calle

linda, no lo escuches, porque si es insulto

nunca puede ser eso la verdad.

¡Si te vieran tus padres!

¡¿Qué van a pensar?!

Caminando tan feliz

¡Con una mujer!

  Eso escribí en mi banco de la facultad, una mañana, durante la clase más desmotivadora de mi vida. Siempre dibujaba los bancos; mi mente seguía la clase, pero un sector de mis neuronas se desconectaba de su circuito habitual y se encargaba solo de deslizar mi mano disimuladamente por la mesa. Aunque ese día se rebelaron, y tracé palabras en vez de planetas con anillos o palmeras.

    Al final de la hora de literatura inglesa, abandoné mi creación como otras veces. No tiene sentido ahora que cuente lo que pasó a la tarde, todo digno del olvido.

     La mañana siguiente, desparramé los cuadernillos sobre la mesa al llegar. Mi amiga, que se acababa de sentar en su silla, los corrió para un costado y puso el índice arriba de tres palabras, en lápiz, con letra tosca:

Pero sí tengo miedo 

     Estaban justo debajo de mi pequeño poema. Me quedé mirándolas un rato, pensando cómo iba a contestar. La chica del dedo índice (Tania) me dijo que la situación parecía de película. La única respuesta que se me ocurrió (tan escueta que parecía estúpida) fue:

¿Por qué?

     Pasó una semana antes de ver nuevas líneas en esa letra que parecía escrita con la mano inhábil. Yo había tenido miedo de que alguien cambiara el banco de lugar y se cortara la comunicación. Supongo que lo hubiera buscado para traerlo de vuelta a ese lugar, tan fuerte tira la curiosidad en mí.

Porque ella no sabe que es mi amor

      Tardé dos días en responderle, que ella sufriera un poco la ansiedad también (obvio que en mi mente ya daba por supuesto el sexo femenino de mi interlocutor). Mi siguiente mensaje:

¿Por qué no le decís? ¿Hay otra salida?

    Esa tarde algún estudiante desgraciado cambió la mesa de lugar. Me decepcionó apoyarme en la madera blanca, impoluta, de otro banco. Le comenté a Tania la tragedia. Me respondió «si la chica es inteligente, va a encontrar la forma de hablarte».

     Con un suspiro me levanté, porque me fuera a contestar o no yo necesitaba ir al baño igual. De los tres inodoros, dos estaban rotos desde hacía meses, así que entré al cubículo de la derecha. Cerré la puerta con un poco de asco. Mientras me desabrochaba la hebilla del cinto, paseaba la vista por la puerta del baño: puto el que lee, #abortolegalya, Camila 25/6/14, lingüística me tiene de hija, anarquía social abajo el gobierno. Cuando llegué a la frase siguiente mis manos se frenaron, esa era nueva:

Decirlo da miedo cuando tu amor es tu amiga de la facu

    Terminé de hacer pis, me subí los pantalones, me abroché el cinto, bajé la tapa del inodoro, me paré encima y me asomé por arriba de la puerta. No había nadie cerca, tal vez, pensé, hubiera alguien vigilando el baño para asegurarse de que me llegara el mensaje. Pero no. Ya estaba flasheando. Entonces me bajé y me senté en la tapa. Quería pensar ahí, en la escena del crimen. Volví a revisar la puerta, buscando algo más, no sé qué, quizá algún @ perdido que me sugiriera un perfil de instagram. Tampoco. No había más que esas palabras con caligrafía torpe. Mi mente iba tan rápido que cuesta contarlo ahora, por lo que hago una lista de carácter ilustrativo:

Hipótesis:

  1. Era una persona que no conocía, hablándome de su amor (a quien tampoco conocía).
  2. Conozco a las dos personas pero la historia no me involucra.

      Tres: alguien se me estaba declarando.

Sub-hipótesis de la hipótesis 3:

  1. Era uno de mi grupo (compuesto por dos chicos heterosexuales, Tania lesbiana y yo).
  2. No era de mi grupo cercano, pero sí de las personas con las que conversaba en el salón: unas seis o siete personas de sexualidad verificable en las redes sociales (en caso de ser necesario).
  3. Era alguien con quien no hablaba, pero éramos “amigos” en el grupo de facebook que usábamos para algunas materias.

     En este punto decidí arrancar con la opción más peligrosa. Grupo A, perfiles a continuación:

– Mariano: tipo lindo, bastante creído. Siempre estaba saliendo con alguna. Ese encaraba de primera, aunque supiera que tenía las de perder (ya lo había hecho conmigo). Descartado.

– Augusto: era más tímido. Tal vez podría declararse de esa forma. Pero tenía novia desde hacía muy poco tiempo. No me lo imaginaba atrás de otra piba, con la cara de boludo que ponía cuando la nombraba a su chica.

– Tania: ahí mis razonamientos se empezaron a trabar un poco. Lesbiana. Soltera. Había salido con varias chicas pero ninguna le había gustado mucho. Era muy extrovertida; yo le admiraba su descaro para hablarle a cualquier mujer y sacarle un número de teléfono.

    Aunque también era, no hay una palabra justa para eso, muy soñadora, o muy literaria, no sé. Le gustaba hacer cosas que el resto no haría, y eso encajaba… ¿ocupado?

     ¿Eh? Ah, sí, ya salgo. Tiré la cadena y abrí la puerta. Era una profesora la que estaba esperando para entrar. La saludé mientras pensaba adónde podía esconderme un rato. No quería ir al salón otra vez hasta no aclararme las cosas: si era alguien de mi curso que me estaba encarando, me iba a mirar y yo tenía que entrar con una actitud definida, que todavía no había definido.

    Entonces me fui a la calle, di la vuelta a la esquina y me senté en el hueco de un portón. Traté de retomar el pensamiento… que… ah, Tania era capaz de hacer algo así. Ahora veía en mi mente dos ideas claras: una era la primera hipótesis, la razonable idea de que yo con esa telenovela brasilera no tenía nada que ver. Alguien aburrido en una materia encontraba más interesante responderle a x persona. Mas un día dejaría de escribirle como si nada. Y punto.

    La otra idea era, sin embargo, la que pujaba más fuerte. Sigilosamente, había ido desplazando a las otras opciones. Que mi amiga se hubiera enamorado de mí.

      Acomodé la espalda mejor contra el hierro del portón y cerré los ojos. Con Tania nos habíamos conocido dos años antes. Para ese momento yo ya sabía qué tipo de persona me atraía, ella ni siquiera se había percatado de que existía un closet y de que estaba adentro. Desde las primeras charlas percibí su aura multicolor, pero tuve que esperar muchos meses hasta que ella misma lo fuera aceptando. En el mientras tanto, nos hicimos amigas. Un mechón de pelo se me cruzaba por la cara y me desconcentraba porque me hacía cosquillas. Me lo metí atrás de la oreja; apoyé los codos en las rodillas.

    Tania. Un metro setenta, pelo castaño, ojos verdes, piel tostada, tetas chicas, ni un granito, cola tamaño promedio, se le marcaban las venas en las manos. Perfecta nariz recta. Si me la cruzara en un boliche… sí, la invitaría a tomar algo. ¿Chaparía bien? Dientes parejos, boca carnosa. Nunca le vi la lengua. Más alta que yo, se agacharía un poco supongo. O yo me pondría… ruido de llaves.

     Me levanté como si me hubiera pinchado el culo y me hice la que estaba mirando el celular. Por suerte el señor había abierto el picaporte de espalda; estaba sacando una viga grande de madera. Aproveché para mirar la hora: diez minutos tarde. Y teníamos parcial esa clase.

     Encaré para el salón consciente de los 150 metros y dos tramos de escaleras que tenía para decidir. Algo debía tener en claro para cuando abriera la puerta y dijera buen día al profesor.

    Ochenta metros. Los profesores nunca se gastaban en saludar cuando ellos llegaban tarde.

     Setenta metros. ¿Y si al final no era Tania la que había escrito la misiva?

     Sesenta metros. T.a.n.i.a. Ta-nia. ¿Qué significaba su nombre?

     Escaleras. Pelo castaño, ojos verdes.

     Cuarenta metros. Me iba a ir mal en el examen.

     Veinte metros. ¿Estaba despeinada? Me acomodé rápido el pelo.

    Puerta. Pausa. Abrí. Buen día. Cuando la miré, sentí que sus ojos me habían estado aguardando. Ninguna de las dos parpadeamos. Avancé por la hilera entre los bancos y, después de pasarle por atrás tratando de no empujarle la silla con el cuerpo, me senté.

     Estuve inquieta todo el parcial. Yo nunca… bah, no sé… digo: nunca me permití gustar de ella. Al principio porque no era gay declarada y para qué emperrarte con alguien que nunca te va a poder corresponder. Y después, ya éramos amigas, entonces tampoco la miraba.

     ¿O sí?

    Milagrosamente, el profesor de la cátedra siguiente faltó, así que nos fuimos temprano. Tania nos avisó que se iba apurada para llevar algo a la casa de alguien. Me dio miedo hacer contacto visual, y cuando levanté la vista ya se había ido. Saludé a los chicos con cara de póker y me retiré.

     Todo el trayecto hasta mi casa hubo un borboteo incesante en mi cabeza. Preguntas y sensaciones, que creía nuevas pero cada vez me daba más cuenta de que eran todo lo contrario. A las cinco de la tarde revisé whatsapp, otra vez. Teníamos cuatro grupos en común y en ninguno se había hablado nada. Ni una carita. A las seis no aguanté y le hablé por el chat privado. No era inusual que le escribiera, tampoco que la invitara a comer esa noche. Como yo vivía sola, muchas veces se quedaba a dormir conmigo.

    Me contestó que sí. No podría llegar antes de las nueve. Habló seria, con pocas palabras, a lo cual respondí con menos caracteres aún.

     Las horas que faltaban se me hicieron muy largas. Cuando me hube bañado ya no sabía qué hacer. Ordené mis libros alfabéticamente para distraerme. Estaba justo guardando los últimos y sonó el timbre. Los metí apurada en el estante. Fui caminando lento hasta la puerta: los pasos se escuchaban desde afuera. El corazón me iba más rápido que los pies. Tu-túm. Agarré las llaves. Tu-túm. Metí una en la cerradura. Tu-túm. Tu-túm. Abrí y Tania no pronunció palabra. Tu-túm. Tu-túm. Ella pasó pero yo no le había dejado mucho espacio. Tu-túm. Tu-túm. Tuvo que avanzar más para que yo pudiera cerrar. Tu-túm. Tu-túm. Pero seguí sin moverme. Tu-túm. Diez centímetros de separación. Tu-túm. Me miró a los ojos. Tu-túm. Me miró la boca. Tu-túm. Me agarró la cara. Tu-túm. Con las dos manos. Tu-túm. Salvó. Tu-túm. La. Tu-Túm. Distancia.

Tell your lover you’re not afraid

Tell your lover you’re not afraid

of kissing her on the lips

when you’re both left alone.

Why wouldn’t you walk

hand in hand with her

as anyone could do?

What they say on the streets,

girl, that’s not true. For honesty

an insult can never be.

If your parents saw you!

What should they think?!

Walking with another girl!

So happily!

 

De encuentros y desencuentros

Miré por la ventana del boliche y ya había amanecido. Estábamos al lado del mar. Era una sensación rara, una mezcla de tranquilidad al mirar hacia afuera (las olas rompiendo sin ruido, las nubes suaves, la ausencia total de gente) y un arrebato de bailar reggaetón en el medio de mis amigas (la pierna de una entre las mías, una que me abrazaba de atrás, y yo agarraba la mano de la otra). Cualquiera con alma latinoamericana va a entender la sensación que quiero expresar.

Todo muy poético pero en medio de todo eso pasó una chica caminando y no pude no seguirla con la mirada. Se me borró en ese segundo todo lo que había estado pensando. Sé que esa es una frase muy trillada pero cualquiera a quien le haya pasado sabe que no hay otra forma de explicarlo.

Cuestión: ella iba mirando a la gente con desinterés, pero cuando me miró a mí lo hizo de otra forma. Era gay; sino una mujer no mira así a otra.

Cuestión n° 2: gay o no, siguió caminando, y mis amigas no me soltaban, y no le había visto la ropa que llevaba (obvio) así que a lo lejos no sabía cuál era, y se estaba yendo.

Corrí como una desesperada para salir por la puerta de los empleados del boliche y esperarla en la entrada principal. Ella salió un segundo después; yo seguía agitada. Cuando me vio se le escapó una media sonrisa (qué hermosa que era la puta madre). “No sé cómo hiciste para llegar tan rápido” me dijo. Pero no me dio ni un segundo para responderle: sin frenarse las tres amigas se subieron a un taxi que estaba estacionado (fucking taxis: nunca hay ninguno cuando te querés volver y ese día estaba ahí esperando) y otra vez me quedé mirándola mientras se iba.

Volví zigzagueando entre la gente hasta mi grupo. Aunque la había visto irse seguía buscando su cara en la de cara chica que me pasaba cerca, eso era lo único que sabía de ella: su cara.

La cosa era así: yo estaba de vacaciones con mis amigas. Una ciudad costera. Típico de estudiantes. Sólo una semana (por suerte, porque al sexto día ya se querían sacar los ojos entre ellas). Cuestión n° 3: me obligué a abandonar alguna esperanza de cruzarme a esa chica otra vez, seguro ella también estaba de vacaciones, seguro una semana, seguro venía desde la otra punta del país.

Entonces me olvidé. Y hasta me pareció raro hacerlo tan rápido. Eso había sido al segundo día de estar allá. Tercer, cuarto y quinto día fueron una sucesión de acciones reiteradas: ir al mar, volver, bañarnos, cambiarnos, salir a bailar, volver, cambiarnos, ir a la playa, dormir en la playa (almorzar a las 7.30 am, cenar a las 8 pm, tomar mate non-stop todo el día, escabiar ron a la noche con un paquete de masitas abierto).

Llegamos al sexto día: decidimos dormir como gente normal. Recién después de almorzar fuimos a la playa. El agua estaba hermosa, las olas suaves pero enormes (una ola me dejó con una teta afuera de la bikini, mi amiga se rió demasiado de mí, mientras se reía vino una ola más grande que la tiró a la mierda; karma instantáneo). Volviendo al tema: se nos hizo de noche (esa era la última) y ya no nos daban más las piernas para bailar pero algo había que hacer. Algo había que hacer igual, así que terminamos yendo a tomar una cerveza.

Yo había visto una cervecería nueva cerca de donde estábamos parando, de esas con música buena y lucecitas colgadas. Pero no. Una de las pibas quería ir a un bar que estaba del otro lado del mundo; le dijimos que sí con tal de que se dejara de joder con eso.

Cuestión n° 4: metimos las tres latas de cerveza que nos quedaban en los bolsillos de las camperas y fuimos a esperar el colectivo (dirán que es de mal gusto, pero para mí es uno de los mayores placeres ir tomando algo por la calle a las 00.30 de la noche, filosofando sobre la vida con amigos.

Llegó el colectivo. Adentro nos pusimos a hablar con un grupo de chicos que venían mochileando desde el sur. A mi amiga la sacada (porque en todos los grupos siempre hay uno que es el más caradura) se le ocurrió “el mejor juego de la historia”: Identifique a la lesbiana del grupo. Cuando lo escuché empecé a llorar de la risa. Los que tenían que adivinar eran ellos, y obvio que eligieron a la que tiene el pelo corto y de color turquesa. Se ofendió y yo lloré de la risa otra vez. Cuando llegamos a donde teníamos que bajar, ellos seguían tratando de adivinar. Así que mientras bajaba los escalones les grité que la lesbiana era yo; me tiraron besos y uno gritó que quería casarse conmigo igual. Una señora se dio vuelta indignadísima, no sé si por mi declaración o por la reacción de ellos (cachetazo mental a la señora).

Caminamos 4827 cuadras hasta el bendito bar. No voy a negar que el lugar era espectacular, aunque también me hubiera conformado con cualquiera a esa hora. Nos quedamos hasta muy tarde, no sé por qué, si al otro día teníamos que tomar muy temprano el colectivo para volver a nuestra ciudad. Tampoco fue que nos quisimos ir, básicamente los del bar nos echaron para poder cerrar.

Arrancamos a caminar las 9654 cuadras que había que desandar. A la mitad escuchamos ruidos de gente corriendo y gritando. Lo primero que pensamos obviamente fue que nos querían robar (así vivimos acá) hasta que vimos que eran un grupo de chicas que venían con tacos en la dirección opuesta. Mientras me pasaban por al lado me reía de ser tan paranoica: la primera estaba en pedo y decía que quería ser soltera toda la vida y tener muchos gatos porque ellos no te metían los cuernos; la segunda se reía y le decía todo que sí a la primera; la tercera me dejó clavada en el lugar.

*breve colapso mental*

     Mi amiga, que venía atrás, se chocó contra mí. Con el golpe reaccioné. Corrí hasta donde estaba la última chica y me puse delante de ella, caminando de espaldas para mirarla fijo. No le dije nada, solamente esperé mientras seguíamos avanzando. Tardó varios metros hasta que se le dibujó esa media sonrisa del lado derecho. “Te me escapaste una vez, dos veces no” me salió decirle.

Ninguna de las demás entendía nada; a veces me puede importar demasiado poco lo que pueda pensar otro ser humano.

“Se ve que de vos es difícil escaparse. ¿Siempre corrés a las chicas por la calle?”. Cuando me dijo así se me escapó una carcajada y me di la vuelta para  caminar bien. Le pregunté de dónde era. No lo podía creer, pensé que había escuchado mal, pero sí, había nombrado mi ciudad. Lástima que yo ya me estaba volviendo le dije, pero que si me pasaba su número me compensaba por haberme hecho correr dos veces. Según ella sólo me lo pasaba como premio consuelo, pero cuando se agendó en mi celular, en vez de poner su nombre puso: “la chica que quiere ir a tomar algo con vos”.

Cuestión n° 5: Para cuando levanté la vista del celular ella se había adelantado devuelta (no sé cuántas veces me había hecho eso ya). Le miré la espalda un segundo más y me di la vuelta, victoriosa, para contarle todo a mis amigas.