Peces en el balcón

Sobre la ilustración de Candela Fernández (@hacen_los_monos)

Hay noches que no me sale
amar, no me sale
Me encierro y no te veo
Tampoco siento tus abrazos
Me vuelvo fantasma
en mi propia casa, desaparezco

No te pongas mal
solo soy yo
poniéndome de acuerdo
con las que fui
A veces hablan tanto
que me despiertan
y me invitan al balcón,
nuestro único afuera

Me recuerdan sus lunas
y todas se superponen
en el mismo cielo
de calle a oscuras

Me reprochan lo que soy
Yo les reprocho
lo que hicieron
Las palabras nadan
entre dimensiones
como peces del río

Alguno me roza
las piernas mojadas
con escamas frías
pero no tengo miedo
Los conozco tanto, y sé
que solo vienen un rato

Cuando empiezan a irse
me sacudo los pies
Entro dejando una línea
de huellas húmedas
que me delatará
cuando la veas

Qué importa
Mañana es otro día
Mañana te amo

Aprender a besar

Tenía siete años y Juliana me contó que quería aprender a besar. Lo había visto en varias películas y entendía el mecanismo: lo mostró con sus manos. Aunque no estaba segura de qué pasaba en el túnel que se creaba entre las bocas. Juliana pensaba practicar para cuando tuviera novio. Sin más, cerró la puerta, bajó la persiana y se sentó en canastita adelante mío.

Yo tendría cara de pánico, porque me aseguró con mucha tranquilidad que iba a tener cuidado de no morderme. Obvio que no, ya sé que no me vas a hacer mal, ¿pero y si nos embarazamos? Tonta, me dijo, para eso tenemos que estar desnudas. Bueno, ¿lista? Necesitaba su respuesta para prepararme, ¿cómo?, no sé, pero no estaba lista para que me agarre la cara con manos tibias y me apoye la boca, más tibia todavía. Eso se llama “pico”, me ilustró. Ahora hagámoslo de vuelta y mové los labios. Otra vez el calor, acompañado esta vez de un tirón que sentí en el pelo. Nos besamos un rato hasta que sin querer nos chocamos los dientes. Ella se rió tanto, un poco por el golpe y otro poco porque se creía más mujer. Yo seguía esperando que se volviera a acercar. Nunca más lo hizo.

Esa noche, mientras repasaba toda la escena, me acordé del tirón de pelo. Hubo una corriente en mi entrepierna y el instinto fue llevar la mano ahí. Durante meses me quedé dormida así, con la mano entre las piernas pensando cómo Juliana me invadía el pelo.

De grande me vine a enterar que mis papás habían tenido miedo cuando compraron la primer computadora (yo tendría diez años ya) porque podía llegar a encontrar cosas para adultos en internet. Si hubieran sabido la fuerza que tiene la imaginación puesta al servicio del deseo, me habrían dejado usar internet para hacer la tarea en la primaria.

Pedir permiso

A la noche
siento tu mano
pidiendo permiso
por la panza
a la espera
de un gesto mínimo
un suspiro que apenas
rasgue el aire
un músculo que tiemble
un latido
a destiempo
el santo y seña
que te deje enredar
los dedos en mis pelos

La luz
se escapa del baño
y me regala
tu lengua brillosa
pasando por los dientes
delatando ganas

Cómo no destrabar
las piernas
para que sientas
todo el amor que chorreo
si sos la única
que pide permiso
y por eso quiero
que te quedes

Calorcito

Me gusta ese calorcito de verano
venir corriendo
con la ropa puesta
hacer mi clavado más olímpico
con la tribuna vacía
y las plantas de jurado
Haber dejado el celu
re lejos, en la cocina
tan lejos que si me llaman
no me encuentran
y cuando reprochen
voy a meter cualquier excusa
para proteger la intimidad
de mi patio
Porque hay amores
que siguen prohibidos
como el amor
propio
como el perder
tiempo
como el perder
llamadas
como el estar sola
y disfrutarlo sin asco
Pensar
ni en pedo compartiría
mi salto con nadie
no comparto nada
este mate tan rico
que me hice con yuyitos
de mi huerta
Quizás lo tome
desnuda, porque la ropa,
mojada, quedó en la silla
y tengo una camisa
ocho horas al día
también tengo abotonada
una cara, para mi jefe
que al final me aprieta
y me la saco
apenas llego
pongo agüita a calentar
porque cebo rico
aunque a veces solo sirvo
para los demás
Por eso, a la noche
agua fría
y caliente
una para el cuerpo, la otra
para lo de adentro
me lo enseñó mi abuela
santo remedio

Versos atravesados

Tengo nuestros versos
atravesados
desde que te fuiste

Los tengo
por todos lados
en los dedos
de las manos
por ejemplo
y me molestan
cuando quiero
atarme los cordones

También los hay
en el estómago
A veces me cuesta
hacer la digestión
Tomo soda
para eructarlos
Letras perdidas
salen nomás

En la piel los siento
como tatuajes
Y no quisiera
que me los lean
entonces
salgo corriendo
si la gente
mira demasiado

Algunos ya entraron
al torrente sanguíneo
Tengo miedo
de una septicemia
o del momento
en años o segundos
en que el infalible
sistema circulatorio
me deje un verso
trabado en el corazón

Lo incorrecto de los halagos

Cuando miro hacia abajo, sin adelantar mucho la cabeza, veo dos tetas y la punta de mis zapatillas. No voy a hablar de las tetas en sí, esta vez, sino de todo lo que ellas ocultan. Literalmente.

Muchas veces me ha pasado escuchar comentarios graciosos, provocadores, desubicados, sobre el tamaño de mis tetas. Esas observaciones siempre me parecieron vacías. Es como que te halaguen, no sé, la forma del codo. Naciste así, qué le vas a hacer.

Si por algún motivo estoy contenta de su tamaño, es porque me tapan la panza. No a la vista de los demás sino a mis propios ojos, que es lo importante al fin. Porque si es cierto que la voluptuosidad corre por mi familia, también es cierto que se aplica a todas y cada una de las partes del cuerpo.

Entonces, yo vivo feliz ignorando mi pancita que vive feliz sabiéndose ignorada por mí, y por lo tanto, libre. Como es libre, no hace fuerza para meterse adentro y ocultarse. Como es libre, cuando me acuesto bolita para el costado se deja caer, se deja chorrear, sobre el colchón. Como es libre, me acompaña saltando cuando salgo a correr. Y todo gracias a que las tetas la resguardan de los pocos pero resistentes mandatos sociales que aún me quedan en los ojos.

El problema está en que la gente halaga cosas y no conductas. Muchos halagan tetas y culos grandes, panzas planas, ombligos chicos, abdominales visibles. Sin embargo nunca me dijeron «Ay, qué pancita libre que tenés». O «¿Cómo hacés para tener la panza tan cómoda?».

Pero claro, el día que la gente diga eso tampoco vamos a necesitar que las tetas nos tapen un carajo. Ese día, todos los sectores de nuestro cuerpo (con la pancita a la cabeza de la revuelta) serán libres de la tiranía de los cánones.

A pedido de mi teta derecha

Tengo una teta que sabe lo que quiere, y otra que no está tan segura. La izquierda enseguida busca la concavidad de una mano para divertirse. La derecha copia la actitud por complicidad, pero no la convence mucho la situación. Sin embargo, después de treinta segundos ve a su compañera resurgir de entre los dedos, un poco colorada, y reclama ella también la atención de esa mano tan servicial.

Por eso, no hay que ceder nunca ante la comodidad. Aunque se esté acostado de tal forma que quede más a mano agarrar una teta y no la otra, se debe mostrar interés a ambas tetas por igual. De manera consecutiva o, si se pudiera, de forma simultánea.

 

Materialismo corporal

Tengo
toda la poesía
detrás de mis ojos

Tengo
todas las canciones
en los antebrazos

Tengo
los rezos más variados
en la garganta

A lo largo de mi vida
tendré
los zapatos en mis pies
de innumerables mujeres

Pero cuando tengo
tu persona delante de mí
es como si ya no tuviera nada
como si las guitarras y las ciudades
las luces, las letras, las personas
se escaparan de mí
se escaparan de mi pasado

Me vuelvo niña, inocente, ilusionada
Me vuelvo temeraria como quien ignora
lo que se podría perder
Me quedo sin nada

Y siento la necesidad más profunda
de que seas vos la que me llene
Tenerte a vos
en los ojos, en las manos, en la garganta

O que vos me tengas a mí
lo que más te guste

 

La longitud de las cosas

Un beso largo y un café corto
una despedida rápida, un esperar interminable
un reencuentro apurado, un beso largo
largas las caricias, corto el desvestirse,
rápido la distancia hasta la cama, rápido uno sobre el otro
lentas las lenguas
lentas las piernas
extendido el final, corto el descanso antes
de continuar largamente
sucesivamente
con intervalos cada vez más largos
hasta llegar al sueño, que será corto.
Luego, el beso largo, el café corto.

 

Besos varios

Un beso en el cachete para que no se note que me gustás, pero una mano suavemente en la cintura para que tampoco sea un beso cualquiera.

Un beso en los ojos porque te obliga a cerrarlos, y me liberás entonces de la vergüenza que me genera tu mirada fija.

Un beso en la nariz. Para que te dé gracia, para que me muestres los dientes y me soples aire tibio.

Un beso en la comisura. Para ver qué cara ponés. Si te quedás quieto así, perdoname, pero me tomo el atrevimiento de salvar la poca distancia que queda.

Un beso donde deben caer los besos. Articulado con firmeza. Correspondido: como todos  los buenos besos.