Un cigarrillo cualquiera

Dejá de fumar, por Dios

Me pone celosa ver cómo

Tus labios encierran con tal delicadeza

Un rollito de papel estúpido

Me acuerdo de eso todo el tiempo

Si agarro el vicio, es solo para imaginar tu boca

Semiabierta, largando un suspiro hacia arriba

Tus ojos vidriosos por el frío de la noche

La mano suspendida temblando un poco

Ese puntito rojo es la única luz que queda

Cada vez más cortito el pucho

Te distrajiste mirando un gato que pasó por el tapial como si nada

Te quemaste el dedo, boluda

Me empecé a reír y te agarré el brazo para ver,

Pero acercaste la cara en vez de la mano

Acercaste la boca, entreabierta

Aunque no tuvieras ningún cigarrillo

A la mañana cuando me iba

Vi en la vereda pasar al mismo gato

Good Morning le dije

No me dio ni bola

Pero yo estaba contenta

Y todo me pareció lindo es día

 

Cigarettes Outside

No me gusta fumar, y el olor a tabaco me parece asqueroso. Pero tengo que admitir que me parece muy sensual tu manera de sostener el cigarrillo entre los dedos. Sigo el humo hipnotizada, desde la llama hasta su disolución en espirales ingenuos, y vuelvo a caer en tus ojos que reflejan todo. Cómo no mirarte, si el mundo cabe entre nosotros dos. Sentados uno al lado del otro, tu boca sigue muy lejos. Mirarte entonces es lo único que me queda.

También veo la Luna que avanza en su caminata estelar, aunque el tiempo se haya quedado estancado desde que nos sentamos afuera. Algo me dijiste entre tus bocanadas grises; empezamos a hablar de cualquier cosa. Nos adueñamos de la inmensidad de nuestro pasado, nombramos todo lo que conocíamos, y en especial lo que no teníamos ni idea, en un intento de volvernos reales, dijimos nuestros propios nombres. El tuyo y el mío, varias veces, con distintas voces, en susurros y a los gritos; nos alienamos. Sonaban tan deformes esas sílabas repetidas en el silencio de una ciudad dormida. No pudimos no reír al darnos cuenta que ya no tenían sentido.

A pesar de tanta irrealidad, teníamos conciencia de estar en el lugar exacto, sin nadie que nos criticara la falta de todo lo necesario para ser feliz en una sociedad ovejuna. Era un sábado caído del calendario y no queríamos dormir, menos salir a mezclarnos con el mundo. A veces uno necesita delirar un rato, jugar a que estar sentados en la terraza significa que todo el jardín abajo es nuestro reino. Fuimos soberanos lo que duró una noche de enero. Una pequeña eternidad.

En cierto momento el brillo de las estrellas empezó a opacarse; el cielo aclaraba. Qué ilusos en creer que esa vez no iba a pasar. Fue una caída desde muy alto, el amanecer: el reino a nuestros pies se mostró como el patio desordenado que nunca había dejado de ser. Hacía rato que te habías terminado los cigarrillos, y me pareció que tus pupilas ya no reflejaban mucho; estábamos cansados y sin palabras.

Nos levantamos, como si alguno hubiera tenido el valor de poner la orden en palabras. Empecé a bajar la escalera, aceptando el triste pero inminente abandono de ese estado de plenitud. Cuántos escalones tenía ahora que me daba cuenta. A la mitad, de la escalera o de mis pensamientos, sentí algo tibio en mi mano. Sentí tu mano en la palma de la mía. Cuando tuve los pies en el suelo se me ocurrió que tal vez no había sido todo un delirio.