La Juana

La Juana pasó caminando por debajo de mi balcón, con sus caderas protuberantes. Yo le silvé y sin detenerse ella giró para dibujar un beso en el aire que me dejó clavado en la silla. La Juana pasaba todos los días a las seis, volviendo del trabajo.

Mi vecina era, y esto es una opinión compartida, lo mejor que tenía el barrio. Cuando llegaban los turistas en verano y preguntaban qué había para ver en la zona, todos los muchachos respondíamos “La Juana”. Es que la Juana María ocupaba un lugar en los pensamientos antes de dormir, la primera ilusión impalpable de los más chicos, la única que al caminar dejaba a medio pueblo estático mirándola.

La Juana siempre charlaba conmigo si nos cruzábamos por ahí, pero no valía la pena encararla: ella jugaba con varios pero no se quedaba con ninguno. Tal vez tuviera hombre en otro pueblo. Tal vez prefiriera las chicas. Además, le gustaba que sus amigos lo admiraran por tener relación cercana con ella y aún así no hipnotizarse.

Si supieran que todos los días me sentaba religiosamente en el balcón solo para verla pasar. Apenas doblaba, me buscaba con la mirada desde la esquina y me sonreía divertida, como si esperara que alguna vez yo estuviera ocupado haciendo otra cosa.

Nadie sabía de ese encuentro diario, era como un código entre nosotros. Yo apoyaba mis codos en el borde, asomando cabeza y hombros. Le decía cosas que (porque algo de vergüenza me queda) no podría repetir ahora. Ella siempre se reía con esos dientes blancos. Risa voluble. Pasaba hasta su casa, una puertita verde de chapa en la vereda de enfrente.

Una vez pasó, con un vestido blanco que le resaltaba lo moreno, y nuestro intercambio fue como siempre. Pero al seguir su cuerpo con la mirada vi que el hermano la estaba aguardando. Un gesto mínimo e involuntario de su boca fue suficiente para entender. Había escuchado todo. Y me iba a cagar a trompadas apenas pudiera agarrarme. Ese pibe era un sacado, medio alcohólico y enfermo de celos, varios años más grande que yo.

Al otro día, encaré firme para la plaza cuando lo vi ahí con los amigos. A esas cosas no hay cómo escaparle, así que mejor si suceden rápido. Peor dejarlo que me encuentre él solo en medio de los árboles, porque es tan bestia que a lo mejor te mata a golpes y te deja tirado. Le dijo a los amigos que me agarraran. Se ve que estaba de buen humor porque consideró que romperme el labio de un puñetazo era suficiente. Me fui al balcón, ya eran casi las seis.

Cuando la Juana pasó me vio justo con el trapo en la cara presionándome la boca para que parara de sangrar. Me preguntó si eso me lo había hecho su hermano mas no esperó respuesta y agregó que la próxima mejor hiciera algo de verdad para que no me pegaran solo por hablar. Qué le podía responder a la Juana, me había dejado perplejo. Ella se fue nomás, sin darme tiempo a hablar tampoco. Qué carácter, si  por algo llamaba la atención esa chica.

La noche entera pensé, con la cara hinchada y un fondo musical de grillos, qué hacer con el hermano de la Juana.

La tarde que siguió, sin ninguna solución a ese tema, la esperé en la calle en vez del balcón. Cuando ella dobló la esquina no sonrió al verme. Avanzó por mi vereda. Cuando llegó a mi altura la agarré de la mano sin mirarla y seguí caminando con ella hasta su puerta. Le dije que se pusiera algo cómodo porque en media hora la buscaba para que diéramos una vuelta en moto. La Juana se me rió en la cara. Me dio la espalda en la cara. Me cerró la puerta en la cara. Pero no dijo que no.

Cuestión que nunca supe qué le iba a decir al hermano, aunque ahora ya hace un año que estamos saliendo, así que él, seguido por todos los otros pibes del pueblo, y de todos los pueblos, se pueden ir a la mierda.

 

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Cigarettes Outside

No me gusta fumar, y el olor a tabaco me parece asqueroso. Pero tengo que admitir que me parece muy sensual tu manera de sostener el cigarrillo entre los dedos. Sigo el humo hipnotizada, desde la llama hasta su disolución en espirales ingenuos, y vuelvo a caer en tus ojos que reflejan todo. Cómo no mirarte, si el mundo cabe entre nosotros dos. Sentados uno al lado del otro, tu boca sigue muy lejos. Mirarte entonces es lo único que me queda.

También veo la Luna que avanza en su caminata estelar, aunque el tiempo se haya quedado estancado desde que nos sentamos afuera. Algo me dijiste entre tus bocanadas grises; empezamos a hablar de cualquier cosa. Nos adueñamos de la inmensidad de nuestro pasado, nombramos todo lo que conocíamos, y en especial lo que no teníamos ni idea, en un intento de volvernos reales, dijimos nuestros propios nombres. El tuyo y el mío, varias veces, con distintas voces, en susurros y a los gritos; nos alienamos. Sonaban tan deformes esas sílabas repetidas en el silencio de una ciudad dormida. No pudimos no reír al darnos cuenta que ya no tenían sentido.

A pesar de tanta irrealidad, teníamos conciencia de estar en el lugar exacto, sin nadie que nos criticara la falta de todo lo necesario para ser feliz en una sociedad ovejuna. Era un sábado caído del calendario y no queríamos dormir, menos salir a mezclarnos con el mundo. A veces uno necesita delirar un rato, jugar a que estar sentados en la terraza significa que todo el jardín abajo es nuestro reino. Fuimos soberanos lo que duró una noche de enero. Una pequeña eternidad.

En cierto momento el brillo de las estrellas empezó a opacarse; el cielo aclaraba. Qué ilusos en creer que esa vez no iba a pasar. Fue una caída desde muy alto, el amanecer: el reino a nuestros pies se mostró como el patio desordenado que nunca había dejado de ser. Hacía rato que te habías terminado los cigarrillos, y me pareció que tus pupilas ya no reflejaban mucho; estábamos cansados y sin palabras.

Nos levantamos, como si alguno hubiera tenido el valor de poner la orden en palabras. Empecé a bajar la escalera, aceptando el triste pero inminente abandono de ese estado de plenitud. Cuántos escalones tenía ahora que me daba cuenta. A la mitad, de la escalera o de mis pensamientos, sentí algo tibio en mi mano. Sentí tu mano en la palma de la mía. Cuando tuve los pies en el suelo se me ocurrió que tal vez no había sido todo un delirio.

 

Años después

“Si te veo a lo lejos

será solo el recuerdo

de aquella vez que te vi pasar”

 

La vi caminando por la calle; iba apurada. El pelo recogido en un rodete incompleto, con las puntas cayendo hacia abajo, como si se hubieran soltado por casualidad. Aunque ya la conocía demasiado como para creerle que no planeaba hasta el último detalle. Si las puntas iban sueltas era porque así lo había querido. Si ya no estábamos juntos, también ella lo había decidido. Siempre ella, hasta mi propia desgracia fue en principio un decreto suyo.

Hacía años que no hablábamos. Era de esas mujeres que nunca llaman, yo no quería ser masoquista. Pero la realidad es que en los huecos temporales que no tuve pareja, su fantasma de volvía indefectiblemente. Y sigue acá, molestando.

Por eso la fui a buscar a la casa. La vi salir arreglada. Me quedé congelado mirándola por la ventana del auto. Era mucho más linda que la imagen mental que yo me quedaba. Estacioné enfrente y me quedé ahí, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario, total, mi paciencia ya se había vuelto de chicle cuando salíamos. Tenía un libro en la guantera que estaba para matar ratos muertos y puse música en la radio como siempre, baladas en inglés esta vez, pero me pasé varias horas mirando sin escuchar a través del parabrisas. A las 5 se largó a llover; yo no podía creer que mi situación amorosa fuera tan escena cliché de Hollywood. Eso fue lo que me deprimió.

Recién a las 9 la vi volver con una chica. Cuando entraron supe que mi espera había sido inútil. Fuera una amiga o no seguro se iba a quedar hasta el otro día. Así que arranqué el auto para irme a casa.

Dejé pasar unos días y fui otra vez. Por algo me decían que era obstinado. Toqué timbre; seguro mi corazón se escuchaba más fuerte. Abrió la puerta y ninguno de los dos supo qué decir, hasta que me invitó a pasar. La casa estaba distinta, pero eso era lo normal, nunca tenía las cosas en el mismo lugar por mucho tiempo. No dejábamos de revisarnos con los ojos, como analizando en qué habíamos cambiado. Siempre había sido hermosa, pero ahora tenía más cara de mujer y creo que ella también me vio más crecido. Ya no éramos pibes de veinte años.

No me di cuenta de que me había acercado hasta que ya no podía retroceder sin que se notara. Aunque ella tampoco retrocedió. Entonces la besé, con la desesperación de saber que con ese beso tenía que ganarla. Estaba jugando mi última carta sin la posibilidad de volver a jugar después. No quería soltarla ni mirarla a la cara por miedo a ver rechazo, a sentir que se había terminado otra vez. Sin embargo, ella tampoco quería alejarse parece; me retenía por los pelos de la nuca y tenía su cuerpo pegado al mío. Yo la agarré por la cintura y nos quedamos mucho tiempo así, quemando en minutos los años que habíamos vivido realidades distintas. Cuando el beso se fue deshaciendo y nuestras bocas se separaron unos centímetros, no me animaba a levantar la cara, hasta que ella me obligó con sus manos. En sus ojos me vi mirándola, y aunque solo fuera un reflejo de la luz, la abracé. Se sintió como una bienvenida.

 

Mansión Oxford

“Debe ser que aún estando posicionada frente a una calle principal conserva un aura de soledad resguardada, algo de propio y solitario que todavía no le ha sido arrebatado”. (C. S. F.) 

Se puede sentir la energía que sube desde los pies tocando el piso. Los pensamientos flotan hasta el techo altísimo; la mirada se pierde al dibujar los arabescos de los mosaicos en el patio.

La casa era una escalera, unos vitrales de colores. El aire que entraba por la ventana se enrarecía cuando acariciaba los muebles, es algo antiguo e inasible que perdura.

Bastante gente pasa por este lugar durante el día. A la noche las luces se dejan apagadas y las puertas de afuera cerradas con llave. Pero las de adentro quedan entreabiertas, como si los que supieron vivir ahí siguieran atravesando las habitaciones. Trenzan un vals oxidado que deja oír el roce de las ropas. Y el piano, solo en la sala, sacude sus teclas de vez en cuando queriendo marcar el compás. No hay que asustarse si los espejos reflejan pasos en el suelo de madera; algunos bailan para recordarse y otros para olvidar.

La claridad va invadiendo de a poco las aberturas; algún pájaro quebró el cantar de la casa en pena. Los bailarines se saludan con una inclinación hasta la próxima vuelta.