La longitud de las cosas

Un beso largo y un café corto

una despedida rápida, un esperar interminable

un reencuentro apurado, un beso largo

largas las caricias, corto el desvestirse,

rápido la distancia hasta la cama, rápido uno sobre el otro

lentas las lenguas

lentas las piernas

extendido el final, corto el descanso antes

de continuar largamente

sucesivamente

con intervalos cada vez más largos

hasta llegar al sueño, que será corto.

Luego, el beso largo, el café corto.

 

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Besos varios

Un beso en el cachete para que no se note que me gustás, pero una mano suavemente en la cintura para que tampoco sea un beso cualquiera.

Un beso en los ojos porque te obliga a cerrarlos, y me liberás entonces de la vergüenza que me genera tu mirada fija.

Un beso en la nariz. Para que te dé gracia, para que me muestres los dientes y me soples aire tibio.

Un beso en la comisura. Para ver qué cara ponés. Si te quedás quieto así, perdoname, pero me tomo el atrevimiento de salvar la poca distancia que queda.

Un beso donde deben caer los besos. Articulado con firmeza. Correspondido: como todos  los buenos besos.

Un cigarrillo cualquiera

Dejá de fumar, por Dios

Me pone celosa ver cómo

Tus labios encierran con tal delicadeza

Un rollito de papel estúpido

Me acuerdo de eso todo el tiempo

Si agarro el vicio, es solo para imaginar tu boca

Semiabierta, largando un suspiro hacia arriba

Tus ojos vidriosos por el frío de la noche

La mano suspendida temblando un poco

Ese puntito rojo es la única luz que queda

Cada vez más cortito el pucho

Te distrajiste mirando un gato que pasó por el tapial como si nada

Te quemaste el dedo, boluda

Me empecé a reír y te agarré el brazo para ver,

Pero acercaste la cara en vez de la mano

Acercaste la boca, entreabierta

Aunque no tuvieras ningún cigarrillo

A la mañana cuando me iba

Vi en la vereda pasar al mismo gato

Good Morning le dije

No me dio ni bola

Pero yo estaba contenta

Y todo me pareció lindo es día

 

Cigarettes Outside

No me gusta fumar, y el olor a tabaco me parece asqueroso. Pero tengo que admitir que me parece muy sensual tu manera de sostener el cigarrillo entre los dedos. Sigo el humo hipnotizada, desde la llama hasta su disolución en espirales ingenuos, y vuelvo a caer en tus ojos que reflejan todo. Cómo no mirarte, si el mundo cabe entre nosotros dos. Sentados uno al lado del otro, tu boca sigue muy lejos. Mirarte entonces es lo único que me queda.

También veo la Luna que avanza en su caminata estelar, aunque el tiempo se haya quedado estancado desde que nos sentamos afuera. Algo me dijiste entre tus bocanadas grises; empezamos a hablar de cualquier cosa. Nos adueñamos de la inmensidad de nuestro pasado, nombramos todo lo que conocíamos, y en especial lo que no teníamos ni idea, en un intento de volvernos reales, dijimos nuestros propios nombres. El tuyo y el mío, varias veces, con distintas voces, en susurros y a los gritos; nos alienamos. Sonaban tan deformes esas sílabas repetidas en el silencio de una ciudad dormida. No pudimos no reír al darnos cuenta que ya no tenían sentido.

A pesar de tanta irrealidad, teníamos conciencia de estar en el lugar exacto, sin nadie que nos criticara la falta de todo lo necesario para ser feliz en una sociedad ovejuna. Era un sábado caído del calendario y no queríamos dormir, menos salir a mezclarnos con el mundo. A veces uno necesita delirar un rato, jugar a que estar sentados en la terraza significa que todo el jardín abajo es nuestro reino. Fuimos soberanos lo que duró una noche de enero. Una pequeña eternidad.

En cierto momento el brillo de las estrellas empezó a opacarse; el cielo aclaraba. Qué ilusos en creer que esa vez no iba a pasar. Fue una caída desde muy alto, el amanecer: el reino a nuestros pies se mostró como el patio desordenado que nunca había dejado de ser. Hacía rato que te habías terminado los cigarrillos, y me pareció que tus pupilas ya no reflejaban mucho; estábamos cansados y sin palabras.

Nos levantamos, como si alguno hubiera tenido el valor de poner la orden en palabras. Empecé a bajar la escalera, aceptando el triste pero inminente abandono de ese estado de plenitud. Cuántos escalones tenía ahora que me daba cuenta. A la mitad, de la escalera o de mis pensamientos, sentí algo tibio en mi mano. Sentí tu mano en la palma de la mía. Cuando tuve los pies en el suelo se me ocurrió que tal vez no había sido todo un delirio.

 

Años después

“Si te veo a lo lejos

será solo el recuerdo

de aquella vez que te vi pasar”

 

La vi caminando por la calle; iba apurada. El pelo recogido en un rodete incompleto, con las puntas cayendo hacia abajo, como si se hubieran soltado por casualidad. Aunque ya la conocía demasiado como para creerle que no planeaba hasta el último detalle. Si las puntas iban sueltas era porque así lo había querido. Si ya no estábamos juntos, también ella lo había decidido. Siempre ella, hasta mi propia desgracia fue en principio un decreto suyo.

Hacía años que no hablábamos. Era de esas mujeres que nunca llaman, yo no quería ser masoquista. Pero la realidad es que en los huecos temporales que no tuve pareja, su fantasma de volvía indefectiblemente. Y sigue acá, molestando.

Por eso la fui a buscar a la casa. La vi salir arreglada. Me quedé congelado mirándola por la ventana del auto. Era mucho más linda que la imagen mental que yo me quedaba. Estacioné enfrente y me quedé ahí, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario, total, mi paciencia ya se había vuelto de chicle cuando salíamos. Tenía un libro en la guantera que estaba para matar ratos muertos y puse música en la radio como siempre, baladas en inglés esta vez, pero me pasé varias horas mirando sin escuchar a través del parabrisas. A las 5 se largó a llover; yo no podía creer que mi situación amorosa fuera tan escena cliché de Hollywood. Eso fue lo que me deprimió.

Recién a las 9 la vi volver con una chica. Cuando entraron supe que mi espera había sido inútil. Fuera una amiga o no seguro se iba a quedar hasta el otro día. Así que arranqué el auto para irme a casa.

Dejé pasar unos días y fui otra vez. Por algo me decían que era obstinado. Toqué timbre; seguro mi corazón se escuchaba más fuerte. Abrió la puerta y ninguno de los dos supo qué decir, hasta que me invitó a pasar. La casa estaba distinta, pero eso era lo normal, nunca tenía las cosas en el mismo lugar por mucho tiempo. No dejábamos de revisarnos con los ojos, como analizando en qué habíamos cambiado. Siempre había sido hermosa, pero ahora tenía más cara de mujer y creo que ella también me vio más crecido. Ya no éramos pibes de veinte años.

No me di cuenta de que me había acercado hasta que ya no podía retroceder sin que se notara. Aunque ella tampoco retrocedió. Entonces la besé, con la desesperación de saber que con ese beso tenía que ganarla. Estaba jugando mi última carta sin la posibilidad de volver a jugar después. No quería soltarla ni mirarla a la cara por miedo a ver rechazo, a sentir que se había terminado otra vez. Sin embargo, ella tampoco quería alejarse parece; me retenía por los pelos de la nuca y tenía su cuerpo pegado al mío. Yo la agarré por la cintura y nos quedamos mucho tiempo así, quemando en minutos los años que habíamos vivido realidades distintas. Cuando el beso se fue deshaciendo y nuestras bocas se separaron unos centímetros, no me animaba a levantar la cara, hasta que ella me obligó con sus manos. En sus ojos me vi mirándola, y aunque solo fuera un reflejo de la luz, la abracé. Se sintió como una bienvenida.

 

Encuentro a deshora

Te puse una mano en la espalda

porque me dio miedo

que la Luna nos mirara así

y que con su luz nos descubriera

 

Estar tan mimetizada con la noche

era cercano a estar muerta

y a la vez había tanto renacer

que una cosa terminaba en la otra

 

Ahora tu mano en mis hombros

y un botón que se escapa

el instante de nuestras bocas suspendidas

es incluso mejor que el roce

 

En ese banco nos fuimos a morir

sin parar de susurrar, ni sabía

dónde empezaba mi boca y dónde la tuya

frío el rocío pero no tus labios

 

El amor, de a dos

Ellos hacían todo sin dejar de besarse, parecían atados por la boca. Y no les importaba morirse de calor, o llegar tarde o cambiar planes, con tal de matarse a caricias un rato donde pudieran estar solos. Solos con su locura febril de creerse los únicos enamorados en el mundo. Los únicos apasionados, los únicos que se escondían. Fundidos el uno con el otro, hacían lo imposible por complacerse mutuamente. Les parecía que la felicidad era algo tangible, y que la habían conseguido para siempre. A veces se mezclaba el amor con la juventud y con la libertad, y se emborrachaban de ilusiones. Sus futuros se habían entremezclado sin posibilidad de que fueran disociados ya, y de alguna manera sus pasados parecían haberse confundido también.

Cuando uno hablaba del otro salían flores de su boca; al mirarse corrían mensajes sin palabras casi tangibles en el aire. Sus pensamientos estaban tan sintonizados que completaban las oraciones entre los dos.

En las noches que no hacían el amor, ella leía en voz alta mientras él escuchaba con la mirada perdida en la pared de la habitación. De vez en cuando la interrumpía para darle un beso sin motivo y después volvía a recostarse en silencio como para que ella siguiera. Aunque los años destiñen la sorpresa en una pareja, ella nunca se acostumbró a esas irrupciones caprichosas. Otras veces se ponía a dibujar partes de su cuerpo, hojas que después escondía en los cuadernos de su mujer para que los encontrara sin buscarlos.

El amor, cosa divina, lo hacían de todas las formas que conocían. Cuando tuvieron su casa, se adueñaron de cada espacio y cada mueble donde los encontrara la ocasión.

Con el primer hijo llegaron las noches de insomnio.  Miedos que nunca habían conocido y dudas que antes no tenían. Sin embargo, él entendió lo que su padre le había explicado sobre sentirse realizado al convertirse en papá, y ella se enamoró por segunda vez.

Tres años se pasaron como si hubieran sido tres meses. Entonces vino la hija. Era la alegría de su padre, y la mamá se veía reflejada en la criatura, tanto se parecían. El hermano mayor se volvió su sombra protectora a la vez que ella fue su mejor compañera de mentiras y aventuras, incluso mucho después de haber crecido.

Las cosas “malas” que fueron pasando terminaron siendo aprendizajes: abuelos que murieron, algunas enfermedades, crisis.  Cosas que en definitiva los obligaron a mantenerse unidos para salir a flote.

Más años pasaron. La hija se fue a estudiar al exterior. Volvió crecida, con ideas claras de lo que quería. En pocas palabras, volvió hecha una mujer. Apenas llegó conoció un muchacho y al tiempo se casaron, por lo que su estadía en la casa de sus padres fue más corta de lo que había planeado.

El mismo año, su hijo le presentó al hombre con el que estaba conviviendo. Hacía mucho que no lo veían tan relajado, como ese nene gracioso y extrovertido que había sido. Ellos no pudieron más que sentirse felices al ver que su hijo realmente era feliz.

La cosa es, que tantos años después, volvían a encontrarse los dos solos. Con alguna noche de sexo revivían pasiones juveniles y deseos puramente carnales. Aunque ya no era lo mismo. Los años les habían hecho revestir todo de una ternura que antes no tenían. Sentían la necesidad de volver a seducirse, como si fueran novios otra vez, pero con menos palabras que entonces, ya que el amor no madura en vano y sabían que los gestos valían más que lo que uno pudiera llegar a decir a esa altura.

Tanto amor daba frutos a la distancia. Eran abuelos. Era como ser padres de vuelta pero sin las responsabilidades ni el remordimiento de ser en extremo condescendientes. Su casa se convirtió en el país de las maravillas para sus nietos, y un poco para ellos mismos también.

Tiempo después los nietos se graduaron. La pareja se mantenía para cumplir sus ritos de todos los días: él iba a comprar el diario y de paso dejaba salir al perro; ella hacía mucho se despertaba con el ruido que hacían los pájaros cuando amanecía. Así transcurrían sus días, haciendo las mismas cosas, religiosamente. Ya ni hablaban de la muerte, porque cada uno se entristecía al pensar en que podría ver morir a su compañero, y peor, tener que vivir solo. Entonces tenían ese acuerdo tácito, como tantos otros que habían tenido, de que cuando uno muriera sería en realidad la muerte de los dos.

Un día la abuela se había olvidado de tomar la pastilla para la presión, y el abuelo tuvo el peor ataque de asma de los últimos meses. Ese día los pájaros cantaron, pero nadie se levantó a verlos. Mejor dicho, la bandada tenía dos aves más cuando salió volando del árbol del patio.