Matame

– ¡Matame! Matame si eso es lo que querés, ¡pero mírame bien a los ojos hijo de puta!, y no dejes de mirarme ni cuando esté tirado. Matame si podés soportar eso.

El otro hombre miró al techo y un segundo después apretó el gatillo.

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Historia de un hombre que no amaba a una mujer

Esa mañana se despertó con una sensación de fatalidad muy incómoda, como si una acción temeraria fuera lo único con lo que pudiera salvarse.

Mientras hojeaba el diario, de alguna forma buscaba el relato por adelantado de lo que iba a hacer más tarde. Sabía que ella estaba trabajando en el centro, en plena peatonal, como todos los martes. Podría ir a buscarla a la salida, pero prefería no generar una escena con tanta gente que pudiera observarlos. Después de cinco años de relación, no le molestaba esperar unas horas más para terminar todo. Iría a buscarla a su casa entonces.

Aprovechó el resto de la mañana para arreglar muebles; trabajar en cosas manuales era un buen método para distraerse. Además, los sentimientos eran por naturaleza algo traicionero y a fin de cuentas mejor confiar en aquello que uno puede arreglar en forma física. Atravesar la tabla de la mesa con la perforadora. Un agujero limpio con un círculo perfecto de virutas alrededor. Sería más fácil si la vida estuviera compuesta solo por esos mínimos actos, tan sencillos que hasta resultaban placenteros.

A las 12 tuvo que abandonar su tarea para no llegar tarde. Si él tocaba el timbre, ella abriría la puerta y su perra saldría corriendo a saludarlo como de costumbre. Estaba seguro de querer terminar, pero tener que despedirse también del animal le daba tristeza. Por eso la aguardaría unos minutos en el frente de su casa y resolvería todo sin siquiera entrar.

El viaje de cuarenta minutos fue tedioso. Nada para hacer, cosas en las que no quería pensar. Ya tendría tiempo de llorar por amores perdidos y relaciones fallidas. Ahora necesitaba determinación para arrancar la planta seca de raíz ya que no se puede plantar otra hasta no haberle dejado el hueco libre.

Por fin llegó, aunque con cinco minutos de retraso. Si ella ya había entrado, tendría que volver otro día. Se recostó desanimado en el arco de una entrada, en la vereda de enfrente.

Después de esperar inmóvil un rato, vio una silueta doblar la esquina. Desde lejos no distinguía su rostro, era casi de noche. Recién cuando ella estaba sacando la llave del bolso, distraída, torció la cabeza hacia el costado. En ese momento ambos se reconocieron. La mirada duró un segundo, lo que pasó después tres.

Ella corrió llave en mano tratando de embocarla por milagro en la cerradura y quedó espaldas a la calle. Él sacó el brazo del bolsillo del saco y calculó un instante.

Cuando los vecinos salieron, cansados de escuchar un perro ladrando, pudieron apreciar un perfecto agujero en la chapa de la puerta, rodeado por un círculo rojo, además del cuerpo tirado sobre las baldosas.