Cigarettes Outside

No me gusta fumar, y el olor a tabaco me parece asqueroso. Pero tengo que admitir que me parece muy sensual tu manera de sostener el cigarrillo entre los dedos. Sigo el humo hipnotizada, desde la llama hasta su disolución en espirales ingenuos, y vuelvo a caer en tus ojos que reflejan todo. Cómo no mirarte, si el mundo cabe entre nosotros dos. Sentados uno al lado del otro, tu boca sigue muy lejos. Mirarte entonces es lo único que me queda.

También veo la Luna que avanza en su caminata estelar, aunque el tiempo se haya quedado estancado desde que nos sentamos afuera. Algo me dijiste entre tus bocanadas grises; empezamos a hablar de cualquier cosa. Nos adueñamos de la inmensidad de nuestro pasado, nombramos todo lo que conocíamos, y en especial lo que no teníamos ni idea, en un intento de volvernos reales, dijimos nuestros propios nombres. El tuyo y el mío, varias veces, con distintas voces, en susurros y a los gritos; nos alienamos. Sonaban tan deformes esas sílabas repetidas en el silencio de una ciudad dormida. No pudimos no reír al darnos cuenta que ya no tenían sentido.

A pesar de tanta irrealidad, teníamos conciencia de estar en el lugar exacto, sin nadie que nos criticara la falta de todo lo necesario para ser feliz en una sociedad ovejuna. Era un sábado caído del calendario y no queríamos dormir, menos salir a mezclarnos con el mundo. A veces uno necesita delirar un rato, jugar a que estar sentados en la terraza significa que todo el jardín abajo es nuestro reino. Fuimos soberanos lo que duró una noche de enero. Una pequeña eternidad.

En cierto momento el brillo de las estrellas empezó a opacarse; el cielo aclaraba. Qué ilusos en creer que esa vez no iba a pasar. Fue una caída desde muy alto, el amanecer: el reino a nuestros pies se mostró como el patio desordenado que nunca había dejado de ser. Hacía rato que te habías terminado los cigarrillos, y me pareció que tus pupilas ya no reflejaban mucho; estábamos cansados y sin palabras.

Nos levantamos, como si alguno hubiera tenido el valor de poner la orden en palabras. Empecé a bajar la escalera, aceptando el triste pero inminente abandono de ese estado de plenitud. Cuántos escalones tenía ahora que me daba cuenta. A la mitad, de la escalera o de mis pensamientos, sentí algo tibio en mi mano. Sentí tu mano en la palma de la mía. Cuando tuve los pies en el suelo se me ocurrió que tal vez no había sido todo un delirio.

 

Mansión Oxford

“Debe ser que aún estando posicionada frente a una calle principal conserva un aura de soledad resguardada, algo de propio y solitario que todavía no le ha sido arrebatado”. (C. S. F.) 

Se puede sentir la energía que sube desde los pies tocando el piso. Los pensamientos flotan hasta el techo altísimo; la mirada se pierde al dibujar los arabescos de los mosaicos en el patio.

La casa era una escalera, unos vitrales de colores. El aire que entraba por la ventana se enrarecía cuando acariciaba los muebles, es algo antiguo e inasible que perdura.

Bastante gente pasa por este lugar durante el día. A la noche las luces se dejan apagadas y las puertas de afuera cerradas con llave. Pero las de adentro quedan entreabiertas, como si los que supieron vivir ahí siguieran atravesando las habitaciones. Trenzan un vals oxidado que deja oír el roce de las ropas. Y el piano, solo en la sala, sacude sus teclas de vez en cuando queriendo marcar el compás. No hay que asustarse si los espejos reflejan pasos en el suelo de madera; algunos bailan para recordarse y otros para olvidar.

La claridad va invadiendo de a poco las aberturas; algún pájaro quebró el cantar de la casa en pena. Los bailarines se saludan con una inclinación hasta la próxima vuelta.

Un viaje por autopista

Ya no estaba tan oscuro. Las ruedas de la camioneta raspaban el asfalto, dejando atrás metros y más metros de la autopista. Muy a su pesar bajó la vista del cielo y se concentró en el frente. Pasó por arriba de un puente bastante descuidado, y un zorro cruzó corriendo justo por delante suyo, apenas un manchón con rayas blancas.

Se dio cuenta de lo mucho que le ardían los ojos cuando quiso cambiar la estación de la radio. Le hacía falta Felipe, para que la distrajera mientras manejaba y la hiciera reír. También le hubiera cebado unos mates.

Aclaraba el cielo y sintió una especie de alivio. Había sido una noche muy oscura, sin Luna ni estrellas. La claridad empezó a extenderse cuando pensaba que iba a dormirse del cansancio. Los cristales se empañaron, obligándola a limpiarlos con el brazo. A esta hora Felipe ya se levantaba y después de desayunar se iba al taller. Ese era su lugar de pertenencia, rodeado de prensas, maderas y muebles recién encolados. Madera por todos lados, trabajada con paciencia.

Suspiró. Ahora lo extrañaba con ansiedad. La oscuridad se había escurrido, pero el sol todavía no llegaba a la línea del horizonte.

Abrió la ventanilla para despejarse y el viento inundó atronador la cabina de la camioneta. Todo se volaba y hacía ruido, pero dejaría el vidrio bajo un par de kilómetros más. El camino estaba casi vacío a esa hora; muy de vez en cuando se cruzaba con algún otro auto. Levantó la mirada a través del parabrisas y observó el cielo arriba suyo. Si pudiera captar esa imagen en un cuadro  sería bellísimo. La sutileza de las nubes parecía trazada por pinceladas divinas.

Y así como contemplaba el firmamento estaba planeando en las alturas. Un águila, sobrevolando el camino, capaz de mantener la velocidad de un auto. El viento zumbándole en los oídos, revolviendo su plumaje; un fresco vivificador que penetraba hasta su piel.

Distinguía el techo rojo y plateado de la camioneta muy abajo, y veía jirones de nubes por el vidrio del parabrisas. Empujó el acelerador para adelantar a un camión que avanzaba pesado por la derecha. La sangre saltaba en sus venas, bailaba, y era un juego, y apuraba su vuelo para no quedarse atrás. Se estaba burlando de la ruta; el cielo, el viento, las nubes; sus alas eran suficiente.

Asomó un rayo de Sol en el Este, directo hasta la pupila; entrecerró los párpados pero ya no distinguía nada a pesar de su visión tan aguda. Sólo ruido y desorden, plumas alborotadas y cosas que se vuelan… Subió la ventanilla de golpe. Estaba sentada, con una mano al volante en su cabina; el ave se había esfumado en una ráfaga de viento.