El asalto

La barca se balanceaba de un lado al otro y este vaivén incesante marcaba el ritmo del sueño de los marineros: sus ilusiones y añoranzas, solo alcanzadas en la noche. El momento del descanso era el único en el que se encontraban realmente en soledad. Prendían un cigarrillo y largaban el humo al viento; la faena del día había terminado.

En esa nave había, sin embargo, un marino cuyo verdadero refugio se encontraba afuera, en la cubierta, donde el aire viciado de las bodegas era olvidado, se respiraban el mar y las estrellas, mientras el sonido era de las olas rompiendo contra la proa.

La Luna alargaba la sombra del marino a lo largo del piso de madera, pareciendo un ente individual, que no compartiera con su dueño más que la silueta. Nada importaba, mientras ella siguiera allá arriba y no perturbara nadie su santuario de soledad.

Estaba tan ensimismado en su satisfacción, que no notó cuando su sombra se hizo una amiga, después otra, y de repente la embarcación se encontró atestada de sombras ondulantes que se consultaban unas a otras, susurrando, haciendo señas, tensando y desatando sogas.

El barquero, aún adormecido, se extrañó de tanto movimiento; las sucesiones de luz y sombra le molestaban en los párpados ¿Será de mañana ya? ¿Me habré quedado dormido por primera vez en cubierta? Pero una mano fue más rápida que su mente, y nunca pudo contar el final del relato.

“No hay necesidad de matar a nadie,” les habían dicho, “guarden su aliento para alentar el fuego, que sea su aliado”. Lamentablemente hicieron caso del consejo. Con un cerillo prendieron llama a la punta de un cordel descosido, y la contagiaron a una tabla de madera seca. Cinco hombres se movían como espectros, iluminando todo el pabellón de reflejos anaranjados, incluyendo la ropa del navegante caído.

Se observaron un momento. Sus rostros manchados, el agua, el fuego. La vela principal, todavía intacta, pronto ardería también. Sin la necesidad de incentivar más al “amigo” que dejaban a bordo, los bucaneros descendieron por babor, llevándose consigo aquello que fueran a buscar. En primer lugar, la cabeza del timonel, robada del camarote principal del navío; una prueba de que habían cumplido correctamente su encargo. Lo segundo, cierto documento lacrado que debía ser entregado a un tal Federico, un conde. Incendiar el bajel era solo el cierre del plan, la saciedad pura y explícita de su deseo sádico y bestial, de su sed de arrancar vidas humanas con las manos.

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El sol le calentaba los párpados

El sol le calentaba los párpados. Sacó una mano del agua para refrescarse la cara, poniendo cuidado en no abrirlos. Sus sentidos se burlaban de él: cada vez que creía que el mar lo arrastraba hacia adentro, estaba casi más cerca de la orilla.

Flotaba boca arriba; los rayos del Sol hacían que de a poco se fuera acalorando otra vez. Para no caer ante la necesidad de cerciorarse de su posición constantemente, trató de pensar en cosas que pudieran distraerlo. En algún momento lo logró, y estuvo sumergido en esos pensamientos, sin notar siquiera el agua que recorría su piel. Sus ideas se alzaban y descendían a la par de su propio cuerpo.

Abrió los ojos involuntariamente y recién entonces se dio cuenta de su olvido. Empezó a nadar desesperado por la distancia tan grande que ahora sí lo separaba de la playa. El tiempo que tardó no podía medirse en tiempo, no tenía sentido hacerlo. Al tocar la arena con los pies se sintió tan aliviado que le asomó un leve temblor en las piernas, pero siguió avanzando hasta que dejó de tocar el agua. Se tiró boca abajo en la arena aunque en seguida se volvió a levantar. Se sentó mucho más lejos del mar, no fuera cosa de que la marea creciera y lo llevara devuelta.