Versos atravesados

Tengo nuestros versos
atravesados
desde que te fuiste

Los tengo
por todos lados
en los dedos
de las manos
por ejemplo
y me molestan
cuando quiero
atarme los cordones

También los hay
en el estómago
A veces me cuesta
hacer la digestión
Tomo soda
para eructarlos
Letras perdidas
salen nomás

En la piel los siento
como tatuajes
Y no quisiera
que me los lean
entonces
salgo corriendo
si la gente
mira demasiado

Algunos ya entraron
al torrente sanguíneo
Tengo miedo
de una septicemia
o del momento
en años o segundos
en que el infalible
sistema circulatorio
me deje un verso
trabado en el corazón

Canto al albañil

Mucho se ha cantado
al campesino
al trabajador
de fábrica
al gaucho
y al maestro
Poco se ha cantado
al albañil

Al obrero
de la ciudad
Al obrero
del cemento
con ropa
de arena
y ojos
de cal

Niño albañil
que curtís
tus costumbres
con los adultos
la espalda
con carretillas
las manos
con ladrillos

Viejo albañil
que cuidás
la obra
por la noche
Custodiás
el reino
de andamios
como tuyo

Hombre albañil
no vuelvas tarde
Pocas horas te separan
de la próxima jornada
Acostate
con todo puesto
así robás
minutos de sueño

Hombre albañil
no vuelvas tarde
Una mujer
y cinco hijos
en el rancho esperan
con hambre acumulada
escuchar el ruido
de tu bicicleta
oxidada

El lenguaje lineal

“Goldfish Bowl”, escultura de Alexander Calder

 

Ella me dice una cosa
pienso en tres para responderle
elijo la primera, hablo
su cara se atolondra
como si se le hubieran ocurrido
tres cosas para decirme
y tuviera que elegir solo una
porque el lenguaje es lineal
lo que en general no me importa
pero con ella quisiera
que la lengua fuera tridimensional
para poder presentarle
mis tres conceptos juntos
uno
arriba
del otro
y sería una idea al cubo
Ella me respondería entonces
con otras tres al cubo
y charlaríamos visualmente
en una red conceptual
Un día, mientras reíamos
de nuestra incapacidad de mantener
una conversación coherente,
se lo confesé
Le conté que ella me daba ganas
de que el lenguaje fuera tridimensional
Se rió y dijo
que no tenía sentido complicarnos así,
que mejor hablábamos
por telepatía

Lo incorrecto de los halagos

Cuando miro hacia abajo, sin adelantar mucho la cabeza, veo dos tetas y la punta de mis zapatillas. No voy a hablar de las tetas en sí, esta vez, sino de todo lo que ellas ocultan. Literalmente.

Muchas veces me ha pasado escuchar comentarios graciosos, provocadores, desubicados, sobre el tamaño de mis tetas. Esas observaciones siempre me parecieron vacías. Es como que te halaguen, no sé, la forma del codo. Naciste así, qué le vas a hacer.

Si por algún motivo estoy contenta de su tamaño, es porque me tapan la panza. No a la vista de los demás sino a mis propios ojos, que es lo importante al fin. Porque si es cierto que la voluptuosidad corre por mi familia, también es cierto que se aplica a todas y cada una de las partes del cuerpo.

Entonces, yo vivo feliz ignorando mi pancita que vive feliz sabiéndose ignorada por mí, y por lo tanto, libre. Como es libre, no hace fuerza para meterse adentro y ocultarse. Como es libre, cuando me acuesto bolita para el costado se deja caer, se deja chorrear, sobre el colchón. Como es libre, me acompaña saltando cuando salgo a correr. Y todo gracias a que las tetas la resguardan de los pocos pero resistentes mandatos sociales que aún me quedan en los ojos.

El problema está en que la gente halaga cosas y no conductas. Muchos halagan tetas y culos grandes, panzas planas, ombligos chicos, abdominales visibles. Sin embargo nunca me dijeron «Ay, qué pancita libre que tenés». O «¿Cómo hacés para tener la panza tan cómoda?».

Pero claro, el día que la gente diga eso tampoco vamos a necesitar que las tetas nos tapen un carajo. Ese día, todos los sectores de nuestro cuerpo (con la pancita a la cabeza de la revuelta) serán libres de la tiranía de los cánones.

Decime

Ilustración de Lucas Galvan (@art_of_lucasgalvan)

Decime
en cuántos autos
te tengo que besar
antes de poder tenerte
en mi cama

Decime
cuántos faroles de la calle
vamos a romper
para tener unos metros
de oscuridad

Decime cuántas terrazas,
patios, ascensores, escaleras,
cuántos descampados, cortadas,
¿casas prestadas, cuántas?
antes de tener
cuatro paredes nuestras

Cuántos hermanos
me vas a dejar sobornar
a cambio de unas horas
eternas de soledad

Entre eso
y las entradas de cine
para ver películas ucranianas
con menos de veinte espectadores
nos vamos a quedar
sin un peso

Entre eso
y los taxis de urgencia
porque tus viejos se fueron
a último momento
nos vamos a quedar
sin un beso

Sin un beso partido al medio
sin un sobe
Y eso no se puede
porque si queremos por fin
mudarnos juntas
necesitamos poder besar a fin de mes

Tierra

Cuando ella se acuesta
encima mío
Me vuelvo tierra
húmeda, fértil

Su pelo se enraiza en mi pecho
y no podría sacarlo
aunque quisiera
porque la raíz va tan profundo
hacia abajo
como su mirada se despega
hacia arriba

Mis lombrices y mis yuyos
se embellecen a la sombra
de las ramas

De su cuello cuelga
una hamaca de hilo negro
con asiento de plata

Me gusta sentarme ahí
empujarme en un lunar
para avanzar
dejarme retroceder
e intentar que ese segundo
donde la gravedad no nos pesa
sea eterno

todo lo que dure el salto
desde la hamaca
hasta la tierra otra vez

Tus libros

Dejame entrar
a tu casa
a tu biblioteca

Dejame pasar la mano
por las tapas de tus libros
acariciando la sombra
pretérita de tu tacto

Dejame abrir
todos los tomos
y despegar
todas las hojas

Dejame sacarte
los señaladores de lugar
y que pierdas
la cuenta de las páginas

Permitime que marque
con la uña
mis frases favoritas
porque no tengo birome
y que doble
las esquinas superiores
con cariño

Habilitame la duda
a veces no sé
cuál de tus estantes
atacar primero

Y voy soplando
con la boca
suspirando
con la nariz,
desperdigando polvo,
avanzando por el lomo
de cada volumen

Dejame agarrar
el que me guste
con los dientes

Dejame llevarlo
a mi casa
a mi pieza
que duerma al lado mío
en la mesita de luz
que me susurre versos
contra el insomnio
y la soledad

 

Inercia

Ando bien
digamos
que ando bien
pero en realidad
solo ando
y ni siquiera por voluntad propia,
por impulso,
como cuando una suelta el acelerador
pero el auto sigue avanzando
como este poema
que tampoco me acuerdo por qué lo empecé
y que ya no sé a dónde va
pero va
porque no hay ningún punto
que lo frene
como a mí
que ando
ando bien
digamos

Mapa de grafitis

Todos los días vuelvo en colectivo desde la facultad hasta mi casa. A veces, cuando me olvido el libro, me recuesto hacia atrás y cuento las cuadras mientras van pasando. Sesenta cuadras. Cuarenta y cinco minutos.

Quizás hoy estoy demasiado melancólica para jugar así. Mis amores están todos repartidos por la ciudad y, en general, voy por ahí como si no los viera. Eso es lo que se hace con las cosas del pasado supongo. Pero las escenas siguen impresas en las paredes como un grafiti, esperando que decida volver a mirarlas. En mi mente se despliega entonces un mapa de situaciones amorosas. Y quizás divida el trayecto no en cuadras sino en esquinas donde me besé con alguna piba, donde la esperé hasta que llegara su colectivo, o donde me senté a llorar cuando nos separamos.

Las personas que viven solas van guardando los recuerdos de sus parejas en cajoncitos adentro del ropero. Cuando viene la tristeza los abren. Ponen play a esos cortometrajes que parecieran hechos en la misma locación aunque por diferentes directores. La misma cama en todas las escenas de sexo, diferente la secuencia. Un perro recibe a los visitantes moviendo la cola, cada año un poco más despacio por la artritis. Las charlas en el balcón son muy variadas considerando que las enmarca el mismo horizonte.

Los estudiantes como yo no tenemos casa sola todavía así que vamos desparramando momentos pasionales por las calles. Besamos, metemos manos, desabrochamos botones en cortadas y tramos mal iluminados. Con mucha suerte, conseguimos un auto. Casi nunca.

Si bien cada uno tiene su método, la mayoría entra en los siguientes dos grupos. Están los que repiten lugares porque una vez que se encuentra una buena trinchera no se la abandona por nada. Y después estoy yo, que siento que volver a los escondites con otras chicas es sinónimo de repetir historias. Mi máxima es “piba nueva, lugar nuevo”.

Probablemente mi estrategia sea una cagada y lo único que termine haciendo sea plantarme recuerdos por todos lados para tropezar con ellos después. Como un campo minado. Vas caminando, cantando una canción X en tu mente. En realidad no es una canción X. Es una canción pop que le gustaba a tu ex, porque a vos esa banda no te gustaba tanto pero te gustaba que le gustara. Y te alegra poder cantarla sin ponerte de mal humor. Como cuando pasás el dedo por una cicatriz reciente y comprobás que ya no duele. Vas caminando, mirando las casas de enfrente, casa antigua, edificio en construcción, casa fea, pum, el bar donde se vieron las primeras veces.

Aunque la inercia te haga seguir caminando tus ojos se quedaron en el bar. Se quedaron en la mesita donde se sentaron. Se quedaron en ella cruzada de piernas enfrente tuyo. Imposible detener el recuerdo una vez que empezó a caer. Tenés que dejarlo que se reviente contra el suelo, que los pedazos terminen de moverse, antes de poder barrerlo. Los pedazos grandes son contundentes, te acordás que se fue, que volvió a molestarte un tiempo después, que era hermosa, pero se recogen fácil, así con la mano nomás, y se los tira directo al tacho. No te cortan porque podés esquivarles el filo. Ahora, los chiquitos son peores porque no se ven, pensás que los sacaste y siguen ahí, con una punta diminuta hacia arriba para cuando pases caminando descalza y ay, la escuchaste otra vez diciendo que le des un beso, o sentiste la liviandad de su cuerpo en tus muslos mientras miraban el partido ese México-Túnez hasta que se fuera la madre y después garcharon como nunca.

Recién cuando llegás a la otra calle lográs salirte del campo magnético de ese lugar. Te sentís mejor porque en realidad sí la superaste, solo que el recorrido te tomó por sorpresa. Desde el colectivo es más fácil porque la visión del poste de luz donde te apoyaste para que te bese la piba esa de rulos que viste una sola vez dura apenas un segundo y medio. Si tenés suerte y prevenís todos esos grafitis, llegás psicológicamente ilesa a tu casa. Si te salteaste alguno, te cae como cachetazo y te bajás en la parada divagando sobre cosas como el destino.

Hasta ahora vengo bien. Ya pasó la mitad del recorrido y vi los grafitis de siempre. Están un poco descoloridos y me los sé de memoria. En cinco cuadras viene la calle de mi última novia. Ahí me bajaba los días que la veía después de cursar, a veces no le avisaba, a veces solo no quería volver a mi casa y ella lo sabía, me prestaba su cueva para esconderme unas horas, unos días.

Mi cerebro empieza a cantar una canción de rock que a ella no le gustaba pero me la cantaba porque yo se la cantaba y le decía que a ese ritmo me latía el corazón. Me parece que estoy lista para disfrutar de esa canción otra vez. Me lo merezco. Porque la canción era mía primero. Y se la di, como le había dado tanto, sin pensar en que dejaría de pertenecerme. Y ahora es un buen momento para recuperarla.

El colectivo frena en el semáforo. Esa es la esquina, esa es la parada. Ya me estaría bajando apurada por verla. El corazón se me acelera apenas, aunque lo suficiente como para adelantarse al ritmo de la canción que no podía dejar de cantar. Miro hacia afuera. El ángulo no me da para ver la cara del conductor de al lado. Solo veo un brazo colgando por la ventanilla abierta. Los dedos golpean la chapa, de alguna forma, de alguna manera, por alguna razón inexplicable del tiempo y espacio, al ritmo exacto de la canción en mi cabeza. Se acoplaron a mi música como un instrumento que espera para entrar a compás.

El semáforo cambia, todos ponen primera. Hoy también voy a llegar a mi casa divagando sobre cosas como el destino, como el ritmo, como la gente que entra justo a compás en mi mente. Pero esta vez se siente bien.

¿Qué estás pensando?

Mi primera relación fue la más fructífera, no por cuestiones románticas sino porque descubrí el potencial, inadvertido por la gran mayoría, de preguntar en qué está pensando el otro.

Con la práctica fui descubriendo que las otras preguntas no sirven para nada. Y peor, caen en la repetición. Algunas preguntas, por más que me resista, son inevitables. ¿De qué trabajan tus viejos? No se puede saber si no se la formula y no vale la pena buscar una construcción sintáctica más compleja. Ahora, lo que yo de verdad quiero saber es si le muevo el piso a la piba. Si le gusta cómo garchamos. Si conmigo se acuerda de la ex o la va olvidando.

Hay momentos donde el otro te mira un poco más profundo de lo normal. O más tiempo. O más cerca. O que no te mira por dos minutos completos. Pero ese tiempo, desnudos y transpirados en la cama, dura más que dos minutos sin hablar vestidos en la cocina. Ahí, un qué estás pensando bien dicho puede tumbar la desconfianza o la vergüenza de los primeros encuentros. Puede arrancar confesiones, recuerdos, algún llanto guardado. Quizás incluso provoque el primer te quiero.

Aunque hay que saber usarlo. Si se dice mucho pierde la fuerza. Si no se usa, el otro jamás llega a recibirlo con naturalidad. No hay que subir ni bajar el tono durante la pronunciación. Decirlo despacio y, sobre todo, no ceder ante la sorpresa del interlocutor. Nada de reír o desviar la mirada: se espera la respuesta en silencio. Así, el otro percibe la seriedad de la cuestión y no se anima a mentir. Tampoco se puede ser insistente, es preferible aceptar un qué te importa y probar otro día, en una situación diferente.

Esto parecerá un cruel método interrogatorio. Sin embargo, también sirve de tamiz. ¿Cómo seguir con alguien que no puede ingeniárselas para responder algo así? Qué me importa de qué trabajan los padres, yo quiero me abra una ventanita a sus pensamientos.