Basta de clichés

Este mes me puse a ver muchas películas sobre escritores. De esas que vas anotando en un papelito y de repente, cuando tu novia te deja, tenés tiempo para ver. Mi problema es con las películas taquilleras de trama fácil, no las de onda independiente. ¿Por qué tanto cliché? ¿Por qué tanta escena predecible? Yo sé que la vida también tiene sus figuritas repetidas, sus clichés de pampa y Paraná. Pero los de las películas… ¡Dale! Están tan lejos de nuestra órbita sudaca…

Así que basta loco, basta de ese escritor que no sabe qué corcho redactar y termina tomando en un bar a las dos de la mañana. Ya sabemos cómo sigue: saliendo de ahí se cruza con una piba “diferente”, que le habla de libros, que lo critica y lo deja en off-side.

Yo, cuando no sé qué escribir, cuando se viene el slam de poesía y todavía no hilé ni dos frases, me pongo en pedo con café con leche. Sí, café con leche y medialunas a las tres de la tarde un día de sol. Porque la tristeza de la hora de la siesta es más desesperante, más solitaria que la tristeza de la noche, momento en que un tercio de la ciudad se pone de acuerdo para deprimirse con vos. Además, tomar café es más temerario porque no te escabia. O sea que no solo sos consciente de tu tapón literario sino que encima te das cuenta de que está costando diez pesos más caro que la semana anterior.

Sin embargo, lo más anti cliché de todo es la soleadez del día. Cuando llueve, es como que tenés permiso para dos cosas: quedarte en la cama (con todo su abanico de significados) o llorar, y que las lágrimas, de a poco, vayan regando las plantas de la cocina, que no alcanzan a mojarse con la lluvia del balcón.

Pero el sol es un recordatorio ahí, colgante, ineludible a la vista, de que tendrías que estar contento. Porque sí. Porque esa dualidad de que sol lindo y nube feo. De que sol seguridad y noche te chorean.

Y no es así la vida gente. No es así por tres razones. Uno: el bajón oracional a mí me agarra en pleno horario de trabajo. Dos: acá te chorean a cualquier hora. Tres: eso de cruzarme con una piba que me remueva la literatura no me estaría pasando.

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Bastón

Cuando era chica, con mis hermanas elegíamos objetos que nos gustaban por algo, y nos convertíamos en eso. Cada una tenía tres o cuatro cosas que eran sus favoritas. Ellas se peleaban para ver quién era un vestido. Después de mucho agarrarse del pelo mi papá decidió que el vestido estaba prohibido: las opciones pasaron a ser una pollera o una cartera, porque también servían de excusa para colgarse del pechero. Yo, era una espada y las perseguía para deshilacharlas. Al día siguiente, ellas se convertían una en mate y la otra en pava. Yo era una pelota de fútbol, porque ir rebotando por la casa es mucho más divertido que estar todo el día bien erguida para que no se vuelque la yerba y con un brazo en diagonal simulando una bombilla.

Ellas eran mantel, silla, perro, percha, otra vez mate y pava porque les encantaba jugar en equipo. Eran, en fin, lo que usaban, lo que tenían cerca. A mí me gustaba más lo que alguien me había contado, eso que nunca había visto, pero que sabía que en algún país del mundo o en la casa de al lado la gente tenía. Personificaba cigarrillos, que conocía solo de las películas, y me iba encogiendo a medida que pasaban las horas. Era cuadros que había visto en museos. Era lobos, de los cuentos. Era hombres, y ellas se enojaban porque decían que un hombre no era una cosa. Sigo pensando que sí lo son.

Pero hay algo que ninguna sabía en ese momento y me parece que todas estamos descubriéndolo por separado. En realidad, eso no era ningún juego. Lo que hacíamos era ensayar papeles, a ver cuál nos calzaba mejor, a ver en qué nos íbamos a convertir de verdad.

Ahora sé, yo soy un bastón.

Me gustaría poder decir, no sé, algo más épico, como un lanzapelotas o un matafuegos. Pero no, acepto el destino sin gloria aparente de la palabra bastón. La gente viene y se da cuenta de que soy firme, de que trato de sostenerlos, de que conmigo, algunas veces, evitan la caída. De vez en cuando, me agobia mi destino bastonero. Me desilusiona que las personas se vayan tan rápido cuando se recuperan. Entonces, busco entre la multitud a algún otro como yo, algún bastón para bastones, porque como es lógico la gente del mismo palo se entiende. Después de un rato, vuelvo tranquila a seguir bastoneando gente.

Me gustaría preguntarle a mis hermanas en qué se convirtieron ellas. Pero no quiero apurarles el proceso; descubrirse a una misma lleva tiempo. Después hay que aceptarlo. Y recién después una puede contarlo sin que le dé vergüenza. Nunca le dije a mis papás que soy un bastón, ya deben haberse dado cuenta hace rato.

Sobre mi muerte

Hoy dejo este escrito en ambos lados, en un papel en mi casa y en el internet sin fondo. Hago un pedido a mi descendencia (si es que algún día la tendré), a mis amigos (que espero sigan siendo tales) o a cualquier persona que se apiade de mí el día de mi muerte: no quiero velorio. ¿Se entendió? Lo repito por las dudas de que usted sea muy católico cerrado con olor a biblia vieja y crea haber leído mal: velorio, no quiero, ni funeral, ni ropa negra o prohibiciones por duelo. Lo que quiero es una fiesta.

Organícenla con lo que de plata me quede. Inviten a todos, a los que crucen por la calle también. Si son tres invitados, que tomen como cien, y si son cien, que no falte la cerveza. Por cada lágrima quiero dos chistes. Por favor un guitarra que vaya pasando de mano en brazo. ¡Y la poesía! Que reciten bien fuerte un escrito para que yo pueda escucharlos.

Llegará la mañana, y algunas jóvenes ya habrán encontrado muchacho con quien volverse. Eso es vivir señores. Tener sexo, enamorarse (o viceversa). Vivan por mí, esa noche.

Y que me cremen, porque prefiero terminar en el río, después en el mar, después en alguna costa de otro continente. Y porque tal vez, cuando hagan el gran lanzamiento, algo de polvo quede en el aire. Siempre quise saber cómo se siente eso, volar.

Ya no quedan palmeras

Años enteros pasaron desde la última vez que vi una palmera. Parecerá tonto y supongo que me dejará de leer en consecuencia. Pero usted no tiene ni idea de lo que extraño las palmeras. Algún intendente inepto decidió que esos árboles no hacían juego con el paisaje local y mandó plantar tilos. Todo regio con los tilos, son árboles y por eso los quiero ¡pero las palmeras! Ninguna otra planta trae tanto aire caribeño, si solo con mirar las hojas ondulantes una ya escucha el mar.

Yo nunca me fui de vacaciones pero me sentaba en la plaza a tomar mates, con la vista puesta en las ramas de las palmas, bien arriba, cosa de evitar todo contacto visual con las viejas chismosas que pasaban para ir al supermercado. Y cantaba salsa mentalmente.

Ahora ya no tengo dónde mirar. Así que converso con las viejas.

Es una cuestión de inspiración

Dicen que es más fácil escribir con la inspiración sentada justo enfrente de nosotros. Que cuando no nos salen frases para hablar de algo, el mar por ejemplo, hay que agarrar el bolso e ir hasta el pedazo de mar más cercano, o ver una película, o buscar en youtube el ruido de las olas, lo que sea que nos traiga la sensación del mar a la mente.

Esto resulta una obviedad. Pero el buen escritor, ah, ese sabe agarrar a la inspiración del brazo para que no se le escape, no importa en dónde esté. Puede hablar del ruido incesante de las olas, cuando lo único que escucha son los autos que pasan por la avenida de su casa. Puede contarnos sobre la humedad implacable y, que al girar la cabeza para un costado, la nariz queda cerca de la piel del hombro, con olor a sal.

Después de una primera descripción, la imagen se presenta tan fuerte que es más difícil tratar de evitarla que dejarnos invadir los sentidos. Ahí es cuando empezamos a mover los dedos para enterrarlos en la arena fría. Ya tenemos que inclinar la hoja en un ángulo muy preciso porque el sol del mediodía no nos deja leer. Y qué calor. Nos vemos en la necesidad de entrar corriendo al agua. Entrar despacio no es una posibilidad: la ola que rompe en la rodilla salpica hasta el ombligo y nos agarra un frío que parece de fiebre, con el cuerpo todo transpirado y la cabeza hirviendo.

Una vez afuera, podemos volver a la descripción que estábamos leyendo. Nos recostamos sobre el codo derecho y la mano izquierda va pasando las hojas con cuidado para no mojarlas, mientras pensamos en qué habilidad tiene el escritor para hacer un relato tan vívido.

La Juana

La Juana pasó caminando por debajo de mi balcón, con sus caderas protuberantes. Yo le silvé y sin detenerse ella giró para dibujar un beso en el aire que me dejó clavado en la silla. La Juana pasaba todos los días a las seis, volviendo del trabajo.

Mi vecina era, y esto es una opinión compartida, lo mejor que tenía el barrio. Cuando llegaban los turistas en verano y preguntaban qué había para ver en la zona, todos los muchachos respondíamos “La Juana”. Es que la Juana María ocupaba un lugar en los pensamientos antes de dormir, la primera ilusión impalpable de los más chicos, la única que al caminar dejaba a medio pueblo estático mirándola.

La Juana siempre charlaba conmigo si nos cruzábamos por ahí, pero no valía la pena encararla: ella jugaba con varios pero no se quedaba con ninguno. Tal vez tuviera hombre en otro pueblo. Tal vez prefiriera las chicas. Además, le gustaba que sus amigos lo admiraran por tener relación cercana con ella y aún así no hipnotizarse.

Si supieran que todos los días me sentaba religiosamente en el balcón solo para verla pasar. Apenas doblaba, me buscaba con la mirada desde la esquina y me sonreía divertida, como si esperara que alguna vez yo estuviera ocupado haciendo otra cosa.

Nadie sabía de ese encuentro diario, era como un código entre nosotros. Yo apoyaba mis codos en el borde, asomando cabeza y hombros. Le decía cosas que (porque algo de vergüenza me queda) no podría repetir ahora. Ella siempre se reía con esos dientes blancos. Risa voluble. Pasaba hasta su casa, una puertita verde de chapa en la vereda de enfrente.

Una vez pasó, con un vestido blanco que le resaltaba lo moreno, y nuestro intercambio fue como siempre. Pero al seguir su cuerpo con la mirada vi que el hermano la estaba aguardando. Un gesto mínimo e involuntario de su boca fue suficiente para entender. Había escuchado todo. Y me iba a cagar a trompadas apenas pudiera agarrarme. Ese pibe era un sacado, medio alcohólico y enfermo de celos, varios años más grande que yo.

Al otro día, encaré firme para la plaza cuando lo vi ahí con los amigos. A esas cosas no hay cómo escaparle, así que mejor si suceden rápido. Peor dejarlo que me encuentre él solo en medio de los árboles, porque es tan bestia que a lo mejor te mata a golpes y te deja tirado. Le dijo a los amigos que me agarraran. Se ve que estaba de buen humor porque consideró que romperme el labio de un puñetazo era suficiente. Me fui al balcón, ya eran casi las seis.

Cuando la Juana pasó me vio justo con el trapo en la cara presionándome la boca para que parara de sangrar. Me preguntó si eso me lo había hecho su hermano mas no esperó respuesta y agregó que la próxima mejor hiciera algo de verdad para que no me pegaran solo por hablar. Qué le podía responder a la Juana, me había dejado perplejo. Ella se fue nomás, sin darme tiempo a hablar tampoco. Qué carácter, si  por algo llamaba la atención esa chica.

La noche entera pensé, con la cara hinchada y un fondo musical de grillos, qué hacer con el hermano de la Juana.

La tarde que siguió, sin ninguna solución a ese tema, la esperé en la calle en vez del balcón. Cuando ella dobló la esquina no sonrió al verme. Avanzó por mi vereda. Cuando llegó a mi altura la agarré de la mano sin mirarla y seguí caminando con ella hasta su puerta. Le dije que se pusiera algo cómodo porque en media hora la buscaba para que diéramos una vuelta en moto. La Juana se me rió en la cara. Me dio la espalda en la cara. Me cerró la puerta en la cara. Pero no dijo que no.

Cuestión que nunca supe qué le iba a decir al hermano, aunque ahora ya hace un año que estamos saliendo, así que él, seguido por todos los otros pibes del pueblo, y de todos los pueblos, se pueden ir a la mierda.

 

Decile a tu amor que no tenés miedo

Decile a tu amor que no tenés miedo

de besarla en la boca

cuando se quedan solas.

¿Por qué no caminarías

de la mano con ella

como haría cualquiera?

Lo que te griten por la calle

linda, no lo escuches, porque si es insulto

nunca puede ser eso la verdad.

¡Si te vieran tus padres!

¡¿Qué van a pensar?!

Caminando tan feliz

¡Con una mujer!

  Eso escribí en mi banco de la facultad, una mañana, durante la clase más desmotivadora de mi vida. Siempre dibujaba los bancos; mi mente seguía la clase, pero un sector de mis neuronas se desconectaba de su circuito habitual y se encargaba solo de deslizar mi mano disimuladamente por la mesa. Aunque ese día se rebelaron, y tracé palabras en vez de planetas con anillos o palmeras.

    Al final de la hora de literatura inglesa, abandoné mi creación como otras veces. No tiene sentido ahora que cuente lo que pasó a la tarde, todo digno del olvido.

     La mañana siguiente, desparramé los cuadernillos sobre la mesa al llegar. Mi amiga, que se acababa de sentar en su silla, los corrió para un costado y puso el índice arriba de tres palabras, en lápiz, con letra tosca:

Pero sí tengo miedo 

     Estaban justo debajo de mi pequeño poema. Me quedé mirándolas un rato, pensando cómo iba a contestar. La chica del dedo índice (Tania) me dijo que la situación parecía de película. La única respuesta que se me ocurrió (tan escueta que parecía estúpida) fue:

¿Por qué?

     Pasó una semana antes de ver nuevas líneas en esa letra que parecía escrita con la mano inhábil. Yo había tenido miedo de que alguien cambiara el banco de lugar y se cortara la comunicación. Supongo que lo hubiera buscado para traerlo de vuelta a ese lugar, tan fuerte tira la curiosidad en mí.

Porque ella no sabe que es mi amor

      Tardé dos días en responderle, que ella sufriera un poco la ansiedad también (obvio que en mi mente ya daba por supuesto el sexo femenino de mi interlocutor). Mi siguiente mensaje:

¿Por qué no le decís? ¿Hay otra salida?

    Esa tarde algún estudiante desgraciado cambió la mesa de lugar. Me decepcionó apoyarme en la madera blanca, impoluta, de otro banco. Le comenté a Tania la tragedia. Me respondió «si la chica es inteligente, va a encontrar la forma de hablarte».

     Con un suspiro me levanté, porque me fuera a contestar o no yo necesitaba ir al baño igual. De los tres inodoros, dos estaban rotos desde hacía meses, así que entré al cubículo de la derecha. Cerré la puerta con un poco de asco. Mientras me desabrochaba la hebilla del cinto, paseaba la vista por la puerta del baño: puto el que lee, #abortolegalya, Camila 25/6/14, lingüística me tiene de hija, anarquía social abajo el gobierno. Cuando llegué a la frase siguiente mis manos se frenaron, esa era nueva:

Decirlo da miedo cuando tu amor es tu amiga de la facu

    Terminé de hacer pis, me subí los pantalones, me abroché el cinto, bajé la tapa del inodoro, me paré encima y me asomé por arriba de la puerta. No había nadie cerca, tal vez, pensé, hubiera alguien vigilando el baño para asegurarse de que me llegara el mensaje. Pero no. Ya estaba flasheando. Entonces me bajé y me senté en la tapa. Quería pensar ahí, en la escena del crimen. Volví a revisar la puerta, buscando algo más, no sé qué, quizá algún @ perdido que me sugiriera un perfil de instagram. Tampoco. No había más que esas palabras con caligrafía torpe. Mi mente iba tan rápido que cuesta contarlo ahora, por lo que hago una lista de carácter ilustrativo:

Hipótesis:

  1. Era una persona que no conocía, hablándome de su amor (a quien tampoco conocía).
  2. Conozco a las dos personas pero la historia no me involucra.

      Tres: alguien se me estaba declarando.

Sub-hipótesis de la hipótesis 3:

  1. Era uno de mi grupo (compuesto por dos chicos heterosexuales, Tania lesbiana y yo).
  2. No era de mi grupo cercano, pero sí de las personas con las que conversaba en el salón: unas seis o siete personas de sexualidad verificable en las redes sociales (en caso de ser necesario).
  3. Era alguien con quien no hablaba, pero éramos “amigos” en el grupo de facebook que usábamos para algunas materias.

     En este punto decidí arrancar con la opción más peligrosa. Grupo A, perfiles a continuación:

– Mariano: tipo lindo, bastante creído. Siempre estaba saliendo con alguna. Ese encaraba de primera, aunque supiera que tenía las de perder (ya lo había hecho conmigo). Descartado.

– Augusto: era más tímido. Tal vez podría declararse de esa forma. Pero tenía novia desde hacía muy poco tiempo. No me lo imaginaba atrás de otra piba, con la cara de boludo que ponía cuando la nombraba a su chica.

– Tania: ahí mis razonamientos se empezaron a trabar un poco. Lesbiana. Soltera. Había salido con varias chicas pero ninguna le había gustado mucho. Era muy extrovertida; yo le admiraba su descaro para hablarle a cualquier mujer y sacarle un número de teléfono.

    Aunque también era, no hay una palabra justa para eso, muy soñadora, o muy literaria, no sé. Le gustaba hacer cosas que el resto no haría, y eso encajaba… ¿ocupado?

     ¿Eh? Ah, sí, ya salgo. Tiré la cadena y abrí la puerta. Era una profesora la que estaba esperando para entrar. La saludé mientras pensaba adónde podía esconderme un rato. No quería ir al salón otra vez hasta no aclararme las cosas: si era alguien de mi curso que me estaba encarando, me iba a mirar y yo tenía que entrar con una actitud definida, que todavía no había definido.

    Entonces me fui a la calle, di la vuelta a la esquina y me senté en el hueco de un portón. Traté de retomar el pensamiento… que… ah, Tania era capaz de hacer algo así. Ahora veía en mi mente dos ideas claras: una era la primera hipótesis, la razonable idea de que yo con esa telenovela brasilera no tenía nada que ver. Alguien aburrido en una materia encontraba más interesante responderle a x persona. Mas un día dejaría de escribirle como si nada. Y punto.

    La otra idea era, sin embargo, la que pujaba más fuerte. Sigilosamente, había ido desplazando a las otras opciones. Que mi amiga se hubiera enamorado de mí.

      Acomodé la espalda mejor contra el hierro del portón y cerré los ojos. Con Tania nos habíamos conocido dos años antes. Para ese momento yo ya sabía qué tipo de persona me atraía, ella ni siquiera se había percatado de que existía un closet y de que estaba adentro. Desde las primeras charlas percibí su aura multicolor, pero tuve que esperar muchos meses hasta que ella misma lo fuera aceptando. En el mientras tanto, nos hicimos amigas. Un mechón de pelo se me cruzaba por la cara y me desconcentraba porque me hacía cosquillas. Me lo metí atrás de la oreja; apoyé los codos en las rodillas.

    Tania. Un metro setenta, pelo castaño, ojos verdes, piel tostada, tetas chicas, ni un granito, cola tamaño promedio, se le marcaban las venas en las manos. Perfecta nariz recta. Si me la cruzara en un boliche… sí, la invitaría a tomar algo. ¿Chaparía bien? Dientes parejos, boca carnosa. Nunca le vi la lengua. Más alta que yo, se agacharía un poco supongo. O yo me pondría… ruido de llaves.

     Me levanté como si me hubiera pinchado el culo y me hice la que estaba mirando el celular. Por suerte el señor había abierto el picaporte de espalda; estaba sacando una viga grande de madera. Aproveché para mirar la hora: diez minutos tarde. Y teníamos parcial esa clase.

     Encaré para el salón consciente de los 150 metros y dos tramos de escaleras que tenía para decidir. Algo debía tener en claro para cuando abriera la puerta y dijera buen día al profesor.

    Ochenta metros. Los profesores nunca se gastaban en saludar cuando ellos llegaban tarde.

     Setenta metros. ¿Y si al final no era Tania la que había escrito la misiva?

     Sesenta metros. T.a.n.i.a. Ta-nia. ¿Qué significaba su nombre?

     Escaleras. Pelo castaño, ojos verdes.

     Cuarenta metros. Me iba a ir mal en el examen.

     Veinte metros. ¿Estaba despeinada? Me acomodé rápido el pelo.

    Puerta. Pausa. Abrí. Buen día. Cuando la miré, sentí que sus ojos me habían estado aguardando. Ninguna de las dos parpadeamos. Avancé por la hilera entre los bancos y, después de pasarle por atrás tratando de no empujarle la silla con el cuerpo, me senté.

     Estuve inquieta todo el parcial. Yo nunca… bah, no sé… digo: nunca me permití gustar de ella. Al principio porque no era gay declarada y para qué emperrarte con alguien que nunca te va a poder corresponder. Y después, ya éramos amigas, entonces tampoco la miraba.

     ¿O sí?

    Milagrosamente, el profesor de la cátedra siguiente faltó, así que nos fuimos temprano. Tania nos avisó que se iba apurada para llevar algo a la casa de alguien. Me dio miedo hacer contacto visual, y cuando levanté la vista ya se había ido. Saludé a los chicos con cara de póker y me retiré.

     Todo el trayecto hasta mi casa hubo un borboteo incesante en mi cabeza. Preguntas y sensaciones, que creía nuevas pero cada vez me daba más cuenta de que eran todo lo contrario. A las cinco de la tarde revisé whatsapp, otra vez. Teníamos cuatro grupos en común y en ninguno se había hablado nada. Ni una carita. A las seis no aguanté y le hablé por el chat privado. No era inusual que le escribiera, tampoco que la invitara a comer esa noche. Como yo vivía sola, muchas veces se quedaba a dormir conmigo.

    Me contestó que sí. No podría llegar antes de las nueve. Habló seria, con pocas palabras, a lo cual respondí con menos caracteres aún.

     Las horas que faltaban se me hicieron muy largas. Cuando me hube bañado ya no sabía qué hacer. Ordené mis libros alfabéticamente para distraerme. Estaba justo guardando los últimos y sonó el timbre. Los metí apurada en el estante. Fui caminando lento hasta la puerta: los pasos se escuchaban desde afuera. El corazón me iba más rápido que los pies. Tu-túm. Agarré las llaves. Tu-túm. Metí una en la cerradura. Tu-túm. Tu-túm. Abrí y Tania no pronunció palabra. Tu-túm. Tu-túm. Ella pasó pero yo no le había dejado mucho espacio. Tu-túm. Tu-túm. Tuvo que avanzar más para que yo pudiera cerrar. Tu-túm. Tu-túm. Pero seguí sin moverme. Tu-túm. Diez centímetros de separación. Tu-túm. Me miró a los ojos. Tu-túm. Me miró la boca. Tu-túm. Me agarró la cara. Tu-túm. Con las dos manos. Tu-túm. Salvó. Tu-túm. La. Tu-Túm. Distancia.

Historia de un hombre que no amaba a una mujer

Esa mañana se despertó con una sensación de fatalidad muy incómoda, como si una acción temeraria fuera lo único con lo que pudiera salvarse.

Mientras hojeaba el diario, de alguna forma buscaba el relato por adelantado de lo que iba a hacer más tarde. Sabía que ella estaba trabajando en el centro, en plena peatonal, como todos los martes. Podría ir a buscarla a la salida, pero prefería no generar una escena con tanta gente que pudiera observarlos. Después de cinco años de relación, no le molestaba esperar unas horas más para terminar todo. Iría a buscarla a su casa entonces.

Aprovechó el resto de la mañana para arreglar muebles en su casa; trabajar en cosas manuales era un buen método para distraerse. Además, los sentimientos eran por naturaleza algo traicionero y a fin de cuentas mejor confiar en aquello que uno puede arreglar en forma física. Atravesar la tabla de la mesa con la perforadora. Un agujero limpio con un círculo perfecto de virutas alrededor. Sería más fácil si la vida estuviera compuesta solo por esos mínimos actos, tan sencillos que hasta resultaban placenteros.

A las 12 tuvo que abandonar su tarea para no llegar tarde. Si él tocaba el timbre, ella abriría la puerta y su perra saldría corriendo a saludarlo como de costumbre. Estaba seguro de querer terminar, pero tener que despedirse también del animal le daba tristeza. Por eso la aguardaría unos minutos en el frente de su casa y resolvería todo sin siquiera entrar.

El viaje de cuarenta minutos fue tedioso. Nada para hacer, cosas en las que no quería pensar. Ya tendría tiempo de llorar por amores perdidos y relaciones fallidas. Ahora necesitaba determinación para arrancar la planta seca de raíz ya que no se puede plantar otra hasta no haberle dejado el hueco libre.

Por fin llegó, aunque con cinco minutos de retraso. Si ella ya había entrado, tendría que volver otro día. Se recostó desanimado en el arco de una entrada, en la vereda de enfrente.

Después de esperar inmóvil un rato, vio una silueta doblar la esquina. Desde lejos no distinguía su rostro, era casi de noche. Recién cuando ella estaba sacando la llave del bolso, distraída, torció la cabeza hacia el costado. En ese momento ambos se reconocieron. La mirada duró un segundo, lo que pasó después tres.

Ella corrió llave en mano tratando de embocarla por milagro en la cerradura y quedó espaldas a la calle. Él sacó el brazo del bolsillo del saco y calculó un instante.

Cuando los vecinos salieron, cansados de escuchar un perro ladrando, pudieron apreciar un perfecto agujero en la chapa de la puerta, rodeado por un círculo rojo, además del cuerpo tirado sobre las baldosas.

De encuentros y desencuentros

Miré por la ventana del boliche y ya había amanecido. Estábamos al lado del mar. Era una sensación rara, una mezcla de tranquilidad al mirar hacia afuera (las olas rompiendo sin ruido, las nubes suaves, la ausencia total de gente) y un arrebato de bailar reggaetón en el medio de mis amigas (la pierna de una entre las mías, una que me abrazaba de atrás, y yo agarraba la mano de la otra). Cualquiera con alma latinoamericana va a entender la sensación que quiero expresar.

Todo muy poético pero en medio de todo eso pasó una chica caminando y no pude no seguirla con la mirada. Se me borró en ese segundo todo lo que había estado pensando. Sé que esa es una frase muy trillada pero cualquiera a quien le haya pasado sabe que no hay otra forma de explicarlo.

Cuestión: ella iba mirando a la gente con desinterés, pero cuando me miró a mí lo hizo de otra forma. Era gay; sino una mujer no mira así a otra.

Cuestión n° 2: gay o no, siguió caminando, y mis amigas no me soltaban, y no le había visto la ropa que llevaba (obvio) así que a lo lejos no sabía cuál era, y se estaba yendo.

Corrí como una desesperada para salir por la puerta de los empleados del boliche y esperarla en la entrada principal. Ella salió un segundo después; yo seguía agitada. Cuando me vio se le escapó una media sonrisa (qué hermosa que era la puta madre). “No sé cómo hiciste para llegar tan rápido” me dijo. Pero no me dio ni un segundo para responderle: sin frenarse las tres amigas se subieron a un taxi que estaba estacionado (fucking taxis: nunca hay ninguno cuando te querés volver y ese día estaba ahí esperando) y otra vez me quedé mirándola mientras se iba.

Volví zigzagueando entre la gente hasta mi grupo. Aunque la había visto irse seguía buscando su cara en la de cara chica que me pasaba cerca, eso era lo único que sabía de ella: su cara.

La cosa era así: yo estaba de vacaciones con mis amigas. Una ciudad costera. Típico de estudiantes. Sólo una semana (por suerte, porque al sexto día ya se querían sacar los ojos entre ellas). Cuestión n° 3: me obligué a abandonar alguna esperanza de cruzarme a esa chica otra vez, seguro ella también estaba de vacaciones, seguro una semana, seguro venía desde la otra punta del país.

Entonces me olvidé. Y hasta me pareció raro hacerlo tan rápido. Eso había sido al segundo día de estar allá. Tercer, cuarto y quinto día fueron una sucesión de acciones reiteradas: ir al mar, volver, bañarnos, cambiarnos, salir a bailar, volver, cambiarnos, ir a la playa, dormir en la playa (almorzar a las 7.30 am, cenar a las 8 pm, tomar mate non-stop todo el día, escabiar ron a la noche con un paquete de masitas abierto).

Llegamos al sexto día: decidimos dormir como gente normal. Recién después de almorzar fuimos a la playa. El agua estaba hermosa, las olas suaves pero enormes (una ola me dejó con una teta afuera de la bikini, mi amiga se rió demasiado de mí, mientras se reía vino una ola más grande que la tiró a la mierda; karma instantáneo). Volviendo al tema: se nos hizo de noche (esa era la última) y ya no nos daban más las piernas para bailar pero algo había que hacer. Algo había que hacer igual, así que terminamos yendo a tomar una cerveza.

Yo había visto una cervecería nueva cerca de donde estábamos parando, de esas con música buena y lucecitas colgadas. Pero no. Una de las pibas quería ir a un bar que estaba del otro lado del mundo; le dijimos que sí con tal de que se dejara de joder con eso.

Cuestión n° 4: metimos las tres latas de cerveza que nos quedaban en los bolsillos de las camperas y fuimos a esperar el colectivo (dirán que es de mal gusto, pero para mí es uno de los mayores placeres ir tomando algo por la calle a las 00.30 de la noche, filosofando sobre la vida con amigos.

Llegó el colectivo. Adentro nos pusimos a hablar con un grupo de chicos que venían mochileando desde el sur. A mi amiga la sacada (porque en todos los grupos siempre hay uno que es el más caradura) se le ocurrió “el mejor juego de la historia”: Identifique a la lesbiana del grupo. Cuando lo escuché empecé a llorar de la risa. Los que tenían que adivinar eran ellos, y obvio que eligieron a la que tiene el pelo corto y de color turquesa. Se ofendió y yo lloré de la risa otra vez. Cuando llegamos a donde teníamos que bajar, ellos seguían tratando de adivinar. Así que mientras bajaba los escalones les grité que la lesbiana era yo; me tiraron besos y uno gritó que quería casarse conmigo igual. Una señora se dio vuelta indignadísima, no sé si por mi declaración o por la reacción de ellos (cachetazo mental a la señora).

Caminamos 4827 cuadras hasta el bendito bar. No voy a negar que el lugar era espectacular, aunque también me hubiera conformado con cualquiera a esa hora. Nos quedamos hasta muy tarde, no sé por qué, si al otro día teníamos que tomar muy temprano el colectivo para volver a nuestra ciudad. Tampoco fue que nos quisimos ir, básicamente los del bar nos echaron para poder cerrar.

Arrancamos a caminar las 9654 cuadras que había que desandar. A la mitad escuchamos ruidos de gente corriendo y gritando. Lo primero que pensamos obviamente fue que nos querían robar (así vivimos acá) hasta que vimos que eran un grupo de chicas que venían con tacos en la dirección opuesta. Mientras me pasaban por al lado me reía de ser tan paranoica: la primera estaba en pedo y decía que quería ser soltera toda la vida y tener muchos gatos porque ellos no te metían los cuernos; la segunda se reía y le decía todo que sí a la primera; la tercera me dejó clavada en el lugar.

*breve colapso mental*

     Mi amiga, que venía atrás, se chocó contra mí. Con el golpe reaccioné. Corrí hasta donde estaba la última chica y me puse delante de ella, caminando de espaldas para mirarla fijo. No le dije nada, solamente esperé mientras seguíamos avanzando. Tardó varios metros hasta que se le dibujó esa media sonrisa del lado derecho. “Te me escapaste una vez, dos veces no” me salió decirle.

Ninguna de las demás entendía nada; a veces me puede importar demasiado poco lo que pueda pensar otro ser humano.

“Se ve que de vos es difícil escaparse. ¿Siempre corrés a las chicas por la calle?”. Cuando me dijo así se me escapó una carcajada y me di la vuelta para  caminar bien. Le pregunté de dónde era. No lo podía creer, pensé que había escuchado mal, pero sí, había nombrado mi ciudad. Lástima que yo ya me estaba volviendo le dije, pero que si me pasaba su número me compensaba por haberme hecho correr dos veces. Según ella sólo me lo pasaba como premio consuelo, pero cuando se agendó en mi celular, en vez de poner su nombre puso: “la chica que quiere ir a tomar algo con vos”.

Cuestión n° 5: Para cuando levanté la vista del celular ella se había adelantado devuelta (no sé cuántas veces me había hecho eso ya). Le miré la espalda un segundo más y me di la vuelta, victoriosa, para contarle todo a mis amigas.

 

Cigarettes Outside

No me gusta fumar, y el olor a tabaco me parece asqueroso. Pero tengo que admitir que me parece muy sensual tu manera de sostener el cigarrillo entre los dedos. Sigo el humo hipnotizada, desde la llama hasta su disolución en espirales ingenuos, y vuelvo a caer en tus ojos que reflejan todo. Cómo no mirarte, si el mundo cabe entre nosotros dos. Sentados uno al lado del otro, tu boca sigue muy lejos. Mirarte entonces es lo único que me queda.

También veo la Luna que avanza en su caminata estelar, aunque el tiempo se haya quedado estancado desde que nos sentamos afuera. Algo me dijiste entre tus bocanadas grises; empezamos a hablar de cualquier cosa. Nos adueñamos de la inmensidad de nuestro pasado, nombramos todo lo que conocíamos, y en especial lo que no teníamos ni idea, en un intento de volvernos reales, dijimos nuestros propios nombres. El tuyo y el mío, varias veces, con distintas voces, en susurros y a los gritos; nos alienamos. Sonaban tan deformes esas sílabas repetidas en el silencio de una ciudad dormida. No pudimos no reír al darnos cuenta que ya no tenían sentido.

A pesar de tanta irrealidad, teníamos conciencia de estar en el lugar exacto, sin nadie que nos criticara la falta de todo lo necesario para ser feliz en una sociedad ovejuna. Era un sábado caído del calendario y no queríamos dormir, menos salir a mezclarnos con el mundo. A veces uno necesita delirar un rato, jugar a que estar sentados en la terraza significa que todo el jardín abajo es nuestro reino. Fuimos soberanos lo que duró una noche de enero. Una pequeña eternidad.

En cierto momento el brillo de las estrellas empezó a opacarse; el cielo aclaraba. Qué ilusos en creer que esa vez no iba a pasar. Fue una caída desde muy alto, el amanecer: el reino a nuestros pies se mostró como el patio desordenado que nunca había dejado de ser. Hacía rato que te habías terminado los cigarrillos, y me pareció que tus pupilas ya no reflejaban mucho; estábamos cansados y sin palabras.

Nos levantamos, como si alguno hubiera tenido el valor de poner la orden en palabras. Empecé a bajar la escalera, aceptando el triste pero inminente abandono de ese estado de plenitud. Cuántos escalones tenía ahora que me daba cuenta. A la mitad, de la escalera o de mis pensamientos, sentí algo tibio en mi mano. Sentí tu mano en la palma de la mía. Cuando tuve los pies en el suelo se me ocurrió que tal vez no había sido todo un delirio.