Aprender a besar

Tenía siete años y Juliana me contó que quería aprender a besar. Lo había visto en varias películas y entendía el mecanismo: lo mostró con sus manos. Aunque no estaba segura de qué pasaba en el túnel que se creaba entre las bocas. Juliana pensaba practicar para cuando tuviera novio. Sin más, cerró la puerta, bajó la persiana y se sentó en canastita adelante mío.

Yo tendría cara de pánico, porque me aseguró con mucha tranquilidad que iba a tener cuidado de no morderme. Obvio que no, ya sé que no me vas a hacer mal, ¿pero y si nos embarazamos? Tonta, me dijo, para eso tenemos que estar desnudas. Bueno, ¿lista? Necesitaba su respuesta para prepararme, ¿cómo?, no sé, pero no estaba lista para que me agarre la cara con manos tibias y me apoye la boca, más tibia todavía. Eso se llama “pico”, me ilustró. Ahora hagámoslo de vuelta y mové los labios. Otra vez el calor, acompañado esta vez de un tirón que sentí en el pelo. Nos besamos un rato hasta que sin querer nos chocamos los dientes. Ella se rió tanto, un poco por el golpe y otro poco porque se creía más mujer. Yo seguía esperando que se volviera a acercar. Nunca más lo hizo.

Esa noche, mientras repasaba toda la escena, me acordé del tirón de pelo. Hubo una corriente en mi entrepierna y el instinto fue llevar la mano ahí. Durante meses me quedé dormida así, con la mano entre las piernas pensando cómo Juliana me invadía el pelo.

De grande me vine a enterar que mis papás habían tenido miedo cuando compraron la primer computadora (yo tendría diez años ya) porque podía llegar a encontrar cosas para adultos en internet. Si hubieran sabido la fuerza que tiene la imaginación puesta al servicio del deseo, habría podido usar internet para hacer la tarea en la primaria.

Lo incorrecto de los halagos

Cuando miro hacia abajo, sin adelantar mucho la cabeza, veo dos tetas y la punta de mis zapatillas. No voy a hablar de las tetas en sí, esta vez, sino de todo lo que ellas ocultan. Literalmente.

Muchas veces me ha pasado escuchar comentarios graciosos, provocadores, desubicados, sobre el tamaño de mis tetas. Esas observaciones siempre me parecieron vacías. Es como que te halaguen, no sé, la forma del codo. Naciste así, qué le vas a hacer.

Si por algún motivo estoy contenta de su tamaño, es porque me tapan la panza. No a la vista de los demás sino a mis propios ojos, que es lo importante al fin. Porque si es cierto que la voluptuosidad corre por mi familia, también es cierto que se aplica a todas y cada una de las partes del cuerpo.

Entonces, yo vivo feliz ignorando mi pancita que vive feliz sabiéndose ignorada por mí, y por lo tanto, libre. Como es libre, no hace fuerza para meterse adentro y ocultarse. Como es libre, cuando me acuesto bolita para el costado se deja caer, se deja chorrear, sobre el colchón. Como es libre, me acompaña saltando cuando salgo a correr. Y todo gracias a que las tetas la resguardan de los pocos pero resistentes mandatos sociales que aún me quedan en los ojos.

El problema está en que la gente halaga cosas y no conductas. Muchos halagan tetas y culos grandes, panzas planas, ombligos chicos, abdominales visibles. Sin embargo nunca me dijeron «Ay, qué pancita libre que tenés». O «¿Cómo hacés para tener la panza tan cómoda?».

Pero claro, el día que la gente diga eso tampoco vamos a necesitar que las tetas nos tapen un carajo. Ese día, todos los sectores de nuestro cuerpo (con la pancita a la cabeza de la revuelta) serán libres de la tiranía de los cánones.

Mapa de grafitis

Todos los días vuelvo en colectivo desde la facultad hasta mi casa. A veces, cuando me olvido el libro, me recuesto hacia atrás y cuento las cuadras mientras van pasando. Sesenta cuadras. Cuarenta y cinco minutos.

Quizás hoy estoy demasiado melancólica para jugar así. Mis amores están todos repartidos por la ciudad y, en general, voy por ahí como si no los viera. Eso es lo que se hace con las cosas del pasado supongo. Pero las escenas siguen impresas en las paredes como un grafiti, esperando que decida volver a mirarlas. En mi mente se despliega entonces un mapa de situaciones amorosas. Y quizás divida el trayecto no en cuadras sino en esquinas donde me besé con alguna piba, donde la esperé hasta que llegara su colectivo, o donde me senté a llorar cuando nos separamos.

Las personas que viven solas van guardando los recuerdos de sus parejas en cajoncitos adentro del ropero. Cuando viene la tristeza los abren. Ponen play a esos cortometrajes que parecieran hechos en la misma locación aunque por diferentes directores. La misma cama en todas las escenas de sexo, diferente la secuencia. Un perro recibe a los visitantes moviendo la cola, cada año un poco más despacio por la artritis. Las charlas en el balcón son muy variadas considerando que las enmarca el mismo horizonte.

Los estudiantes como yo no tenemos casa sola todavía así que vamos desparramando momentos pasionales por las calles. Besamos, metemos manos, desabrochamos botones en cortadas y tramos mal iluminados. Con mucha suerte, conseguimos un auto. Casi nunca.

Si bien cada uno tiene su método, la mayoría entra en los siguientes dos grupos. Están los que repiten lugares porque una vez que se encuentra una buena trinchera no se la abandona por nada. Y después estoy yo, que siento que volver a los escondites con otras chicas es sinónimo de repetir historias. Mi máxima es “piba nueva, lugar nuevo”.

Probablemente mi estrategia sea una cagada y lo único que termine haciendo sea plantarme recuerdos por todos lados para tropezar con ellos después. Como un campo minado. Vas caminando, cantando una canción X en tu mente. En realidad no es una canción X. Es una canción pop que le gustaba a tu ex, porque a vos esa banda no te gustaba tanto pero te gustaba que le gustara. Y te alegra poder cantarla sin ponerte de mal humor. Como cuando pasás el dedo por una cicatriz reciente y comprobás que ya no duele. Vas caminando, mirando las casas de enfrente, casa antigua, edificio en construcción, casa fea, pum, el bar donde se vieron las primeras veces.

Aunque la inercia te haga seguir caminando tus ojos se quedaron en el bar. Se quedaron en la mesita donde se sentaron. Se quedaron en ella sentada en la mesita enfrente tuyo. Imposible detener el recuerdo una vez que empezó a caer. Tenés que dejarlo que se reviente contra el suelo, que los pedazos terminen de moverse, antes de poder barrerlo. Los pedazos grandes son contundentes, te acordás que se fue, que volvió a molestarte un tiempo después, que era hermosa, pero se recogen fácil, así con la mano nomás, y se los tira directo al tacho. No te cortan porque podés esquivarles el filo. Ahora, los chiquitos son peores porque no se ven, pensás que los sacaste y siguen ahí, con una punta diminuta hacia arriba para cuando pases caminando descalza y ay, la escuchaste otra vez diciendo que le des un beso, o sentiste la liviandad de su cuerpo en tus muslos mientras miraban el partido ese México-Túnez hasta que se fuera la madre y después garcharon como nunca.

Recién cuando llegás a la otra calle lográs salirte del campo magnético de ese lugar. Te sentís mejor porque en realidad sí la superaste, solo que el recorrido te tomó por sorpresa. Desde el colectivo es más fácil porque la visión del poste de luz donde te apoyaste para que te bese la piba esa de rulos que viste una sola vez dura apenas un segundo y medio. Si tenés suerte y prevenís todos esos grafitis, llegás psicológicamente ilesa a tu casa. Si te salteaste alguno, te cae como cachetazo y te bajás en la parada divagando sobre cosas como el destino.

Hasta ahora vengo bien. Ya pasó la mitad del recorrido y vi los grafitis de siempre. Están un poco descoloridos y me los sé de memoria. En cinco cuadras viene la calle de mi última novia. Ahí me bajaba los días que la veía después de cursar, a veces no le avisaba, a veces solo no quería volver a mi casa y ella lo sabía, me prestaba su cueva para esconderme unas horas, unos días.

Mi cerebro empieza a cantar una canción de rock que a ella no le gustaba pero me la cantaba porque yo se la cantaba y le decía que a ese ritmo me latía el corazón. Me parece que estoy lista para disfrutar de esa canción otra vez. Me lo merezco. Porque la canción era mía primero. Y se la di, como le había dado tanto, sin pensar en que dejaría de pertenecerme. Y ahora es un buen momento para recuperarla.

El colectivo frena en el semáforo. Esa es la esquina, esa es la parada. Ya me estaría bajando apurada por verla. El corazón se me acelera apenas, aunque lo suficiente como para adelantarse al ritmo de la canción que no podía dejar de cantar. Miro hacia afuera. El ángulo no me da para ver la cara del conductor de al lado. Solo veo un brazo colgando por la ventanilla abierta. Los dedos golpean la chapa, de alguna forma, de alguna manera, por alguna razón inexplicable del tiempo y espacio, al ritmo exacto de la canción en mi cabeza. Se acoplaron a mi música como un instrumento que espera para entrar a compás.

El semáforo cambia, todos ponen primera. Hoy también voy a llegar a mi casa divagando sobre cosas como el destino, como el ritmo, como la gente que entra justo a compás en mi mente. Pero esta vez se siente bien.

¿Qué estás pensando?

Mi primera relación fue la más fructífera, no por cuestiones románticas sino porque descubrí el potencial, inadvertido por la gran mayoría, de preguntar en qué está pensando el otro.

Con la práctica fui descubriendo que las otras preguntas no sirven para nada. Y peor, caen en la repetición. Algunas preguntas, por más que me resista, son inevitables. ¿De qué trabajan tus viejos? No se puede saber si no se la formula y no vale la pena buscar una construcción sintáctica más compleja. Ahora, lo que yo de verdad quiero saber es si le muevo el piso a la piba. Si le gusta cómo garchamos. Si conmigo se acuerda de la ex o la va olvidando.

Hay momentos donde el otro te mira un poco más profundo de lo normal. O más tiempo. O más cerca. O que no te mira por dos minutos completos. Pero ese tiempo, desnudos y transpirados en la cama, dura más que dos minutos sin hablar vestidos en la cocina. Ahí, un qué estás pensando bien dicho puede tumbar la desconfianza o la vergüenza de los primeros encuentros. Puede arrancar confesiones, recuerdos, algún llanto guardado. Quizás incluso provoque el primer te quiero.

Aunque hay que saber usarlo. Si se dice mucho pierde la fuerza. Si no se usa, el otro jamás llega a recibirlo con naturalidad. No hay que subir ni bajar el tono durante la pronunciación. Decirlo despacio y, sobre todo, no ceder ante la sorpresa del interlocutor. Nada de reír o desviar la mirada: se espera la respuesta en silencio. Así, el otro percibe la seriedad de la cuestión y no se anima a mentir. Tampoco se puede ser insistente, es preferible aceptar un qué te importa y probar otro día, en una situación diferente.

Esto parecerá un cruel método interrogatorio. Sin embargo, también sirve de tamiz. ¿Cómo seguir con alguien que no puede ingeniárselas para responder algo así? Qué me importa de qué trabajan los padres, yo quiero me abra una ventanita a sus pensamientos.

Basta de clichés

Este mes me puse a ver muchas películas sobre escritores. De esas que vas anotando en un papelito y de repente, cuando tu novia te deja, tenés tiempo para ver. Mi problema es con las películas taquilleras de trama fácil, no las de onda independiente. ¿Por qué tanto cliché? ¿Por qué tanta escena predecible? Yo sé que la vida también tiene sus figuritas repetidas, sus clichés de pampa y Paraná. Pero los de las películas… ¡Dale! Están tan lejos de nuestra órbita sudaca…

Así que basta loco, basta de ese escritor que no sabe qué corcho redactar y termina tomando en un bar a las dos de la mañana. Ya sabemos cómo sigue: saliendo de ahí se cruza con una piba “diferente”, que le habla de libros, que lo critica y lo deja en off-side.

Yo, cuando no sé qué escribir, cuando se viene el slam de poesía y todavía no hilé ni dos frases, me pongo en pedo con café con leche. Sí, café con leche y medialunas a las tres de la tarde un día de sol. Porque la tristeza de la hora de la siesta es más desesperante, más solitaria que la tristeza de la noche, momento en que un tercio de la ciudad se pone de acuerdo para deprimirse con vos. Además, tomar café es más temerario porque no te escabia. O sea que no solo sos consciente de tu tapón literario sino que encima te das cuenta de que está costando diez pesos más caro que la semana anterior.

Sin embargo, lo más anti cliché de todo es la soleadez del día. Cuando llueve, es como que tenés permiso para dos cosas: quedarte en la cama (con todo su abanico de significados) o llorar, y que las lágrimas, de a poco, vayan regando las plantas de la cocina, que no alcanzan a mojarse con la lluvia del balcón.

Pero el sol es un recordatorio ahí, colgante, ineludible a la vista, de que tendrías que estar contento. Porque sí. Porque esa dualidad de que sol lindo y nube feo. De que sol seguridad y noche te chorean.

Y no es así la vida gente. No es así por tres razones. Uno: el bajón oracional a mí me agarra en pleno horario de trabajo. Dos: acá te chorean a cualquier hora. Tres: eso de cruzarme con una piba que me remueva la literatura no me estaría pasando.

Bastón

Cuando era chica, con mis hermanas elegíamos objetos que nos gustaban por algo, y nos convertíamos en eso. Cada una tenía tres o cuatro cosas que eran sus favoritas. Ellas se peleaban para ver quién era un vestido. Después de mucho agarrarse del pelo mi papá decidió que el vestido estaba prohibido: las opciones pasaron a ser una pollera o una cartera, porque también servían de excusa para colgarse del pechero. Yo, era una espada y las perseguía para deshilacharlas. Al día siguiente, ellas se convertían una en mate y la otra en pava. Yo era una pelota de fútbol, porque ir rebotando por la casa es mucho más divertido que estar todo el día bien erguida para que no se vuelque la yerba y con un brazo en diagonal simulando una bombilla.

Ellas eran mantel, silla, perro, percha, otra vez mate y pava porque les encantaba jugar en equipo. Eran, en fin, lo que usaban, lo que tenían cerca. A mí me gustaba más lo que alguien me había contado, eso que nunca había visto, pero que sabía que en algún país del mundo o en la casa de al lado la gente tenía. Personificaba cigarrillos, que conocía solo de las películas, y me iba encogiendo a medida que pasaban las horas. Era cuadros que había visto en museos. Era lobos, de los cuentos. Era hombres, y ellas se enojaban porque decían que un hombre no era una cosa. Sigo pensando que sí lo son.

Pero hay algo que ninguna sabía en ese momento y me parece que todas estamos descubriéndolo por separado. En realidad, eso no era ningún juego. Lo que hacíamos era ensayar papeles, a ver cuál nos calzaba mejor, a ver en qué nos íbamos a convertir de verdad.

Ahora sé, yo soy un bastón.

Me gustaría poder decir, no sé, algo más épico, como un lanzapelotas o un matafuegos. Pero no, acepto el destino sin gloria aparente de la palabra bastón. La gente viene y se da cuenta de que soy firme, de que trato de sostenerlos, de que conmigo, algunas veces, evitan la caída. De vez en cuando, me agobia mi destino bastonero. Me desilusiona que las personas se vayan tan rápido cuando se recuperan. Entonces, busco entre la multitud a algún otro como yo, algún bastón para bastones, porque como es lógico la gente del mismo palo se entiende. Después de un rato, vuelvo tranquila a seguir bastoneando gente.

Me gustaría preguntarle a mis hermanas en qué se convirtieron ellas. Pero no quiero apurarles el proceso; descubrirse a una misma lleva tiempo. Después hay que aceptarlo. Y recién después una puede contarlo sin que le dé vergüenza. Nunca le dije a mis papás que soy un bastón, ya deben haberse dado cuenta hace rato.

Sobre mi muerte

Hoy dejo este escrito en ambos lados, en un papel en mi casa y en el internet sin fondo. Hago un pedido a mi descendencia (si es que algún día la tendré), a mis amigos (que espero sigan siendo tales) o a cualquier persona que se apiade de mí el día de mi muerte: no quiero velorio. ¿Se entendió? Lo repito por las dudas de que usted sea muy católico cerrado con olor a biblia vieja y crea haber leído mal: velorio, no quiero, ni funeral, ni ropa negra o prohibiciones por duelo. Lo que quiero es una fiesta.

Organícenla con lo que de plata me quede. Inviten a todos, a los que crucen por la calle también. Si son tres invitados, que tomen como cien, y si son cien, que no falte la cerveza. Por cada lágrima quiero dos chistes. Por favor un guitarra que vaya pasando de mano en brazo. ¡Y la poesía! Que reciten bien fuerte un escrito para que yo pueda escucharlos.

Llegará la mañana, y algunas jóvenes ya habrán encontrado muchacho con quien volverse. Eso es vivir señores. Tener sexo, enamorarse (o viceversa). Vivan por mí, esa noche.

Y que me cremen, porque prefiero terminar en el río, después en el mar, después en alguna costa de otro continente. Y porque tal vez, cuando hagan el gran lanzamiento, algo de polvo quede en el aire. Siempre quise saber cómo se siente eso, volar.

Ya no quedan palmeras

Años enteros pasaron desde la última vez que vi una palmera. Parecerá tonto y supongo que me dejará de leer en consecuencia. Pero usted no tiene ni idea de lo que extraño las palmeras. Algún intendente inepto decidió que esos árboles no hacían juego con el paisaje local y mandó plantar tilos. Todo regio con los tilos, son árboles y por eso los quiero ¡pero las palmeras! Ninguna otra planta trae tanto aire caribeño, si solo con mirar las hojas ondulantes una ya escucha el mar.

Yo nunca me fui de vacaciones pero me sentaba en la plaza a tomar mates, con la vista puesta en las ramas de las palmas, bien arriba, cosa de evitar todo contacto visual con las viejas chismosas que pasaban para ir al supermercado. Y cantaba salsa mentalmente.

Ahora ya no tengo dónde mirar. Así que converso con las viejas.

Es una cuestión de inspiración

Dicen que es más fácil escribir con la inspiración sentada justo enfrente de nosotros. Que cuando no nos salen frases para hablar de algo, el mar por ejemplo, hay que agarrar el bolso e ir hasta el pedazo de mar más cercano, o ver una película, o buscar en youtube el ruido de las olas, lo que sea que nos traiga la sensación del mar a la mente.

Esto resulta una obviedad. Pero el buen escritor, ah, ese sabe agarrar a la inspiración del brazo para que no se le escape, no importa en dónde esté. Puede hablar del ruido incesante de las olas, cuando lo único que escucha son los autos que pasan por la avenida de su casa. Puede contarnos sobre la humedad implacable y, que al girar la cabeza para un costado, la nariz queda cerca de la piel del hombro, con olor a sal.

Después de una primera descripción, la imagen se presenta tan fuerte que es más difícil tratar de evitarla que dejarnos invadir los sentidos. Ahí es cuando empezamos a mover los dedos para enterrarlos en la arena fría. Ya tenemos que inclinar la hoja en un ángulo muy preciso porque el sol del mediodía no nos deja leer. Y qué calor. Nos vemos en la necesidad de entrar corriendo al agua. Entrar despacio no es una posibilidad: la ola que rompe en la rodilla salpica hasta el ombligo y nos agarra un frío que parece de fiebre, con el cuerpo todo transpirado y la cabeza hirviendo.

Una vez afuera, podemos volver a la descripción que estábamos leyendo. Nos recostamos sobre el codo derecho y la mano izquierda va pasando las hojas con cuidado para no mojarlas, mientras pensamos en qué habilidad tiene el escritor para hacer un relato tan vívido.

La Juana

La Juana pasó caminando por debajo de mi balcón, con sus caderas protuberantes. Yo le silvé y sin detenerse ella giró para dibujar un beso en el aire que me dejó clavado en la silla. La Juana pasaba todos los días a las seis, volviendo del trabajo.

Mi vecina era, y esto es una opinión compartida, lo mejor que tenía el barrio. Cuando llegaban los turistas en verano y preguntaban qué había para ver en la zona, todos los muchachos respondíamos “La Juana”. Es que la Juana María ocupaba un lugar en los pensamientos antes de dormir, la primera ilusión impalpable de los más chicos, la única que al caminar dejaba a medio pueblo estático mirándola.

La Juana siempre charlaba conmigo si nos cruzábamos por ahí, pero no valía la pena encararla: ella jugaba con varios pero no se quedaba con ninguno. Tal vez tuviera hombre en otro pueblo. Tal vez prefiriera las chicas. Además, le gustaba que sus amigos lo admiraran por tener relación cercana con ella y aún así no hipnotizarse.

Si supieran que todos los días me sentaba religiosamente en el balcón solo para verla pasar. Apenas doblaba, me buscaba con la mirada desde la esquina y me sonreía divertida, como si esperara que alguna vez yo estuviera ocupado haciendo otra cosa.

Nadie sabía de ese encuentro diario, era como un código entre nosotros. Yo apoyaba mis codos en el borde, asomando cabeza y hombros. Le decía cosas que (porque algo de vergüenza me queda) no podría repetir ahora. Ella siempre se reía con esos dientes blancos. Risa voluble. Pasaba hasta su casa, una puertita verde de chapa en la vereda de enfrente.

Una vez pasó, con un vestido blanco que le resaltaba lo moreno, y nuestro intercambio fue como siempre. Pero al seguir su cuerpo con la mirada vi que el hermano la estaba aguardando. Un gesto mínimo e involuntario de su boca fue suficiente para entender. Había escuchado todo. Y me iba a cagar a trompadas apenas pudiera agarrarme. Ese pibe era un sacado, medio alcohólico y enfermo de celos, varios años más grande que yo.

Al otro día, encaré firme para la plaza cuando lo vi ahí con los amigos. A esas cosas no hay cómo escaparle, así que mejor si suceden rápido. Peor dejarlo que me encuentre él solo en medio de los árboles, porque es tan bestia que a lo mejor te mata a golpes y te deja tirado. Le dijo a los amigos que me agarraran. Se ve que estaba de buen humor porque consideró que romperme el labio de un puñetazo era suficiente. Me fui al balcón, ya eran casi las seis.

Cuando la Juana pasó me vio justo con el trapo en la cara presionándome la boca para que parara de sangrar. Me preguntó si eso me lo había hecho su hermano mas no esperó respuesta y agregó que la próxima mejor hiciera algo de verdad para que no me pegaran solo por hablar. Qué le podía responder a la Juana, me había dejado perplejo. Ella se fue nomás, sin darme tiempo a hablar tampoco. Qué carácter, si  por algo llamaba la atención esa chica.

La noche entera pensé, con la cara hinchada y un fondo musical de grillos, qué hacer con el hermano de la Juana.

La tarde que siguió, sin ninguna solución a ese tema, la esperé en la calle en vez del balcón. Cuando ella dobló la esquina no sonrió al verme. Avanzó por mi vereda. Cuando llegó a mi altura la agarré de la mano sin mirarla y seguí caminando con ella hasta su puerta. Le dije que se pusiera algo cómodo porque en media hora la buscaba para que diéramos una vuelta en moto. La Juana se me rió en la cara. Me dio la espalda en la cara. Me cerró la puerta en la cara. Pero no dijo que no.

Cuestión que nunca supe qué le iba a decir al hermano, aunque ahora ya hace un año que estamos saliendo, así que él, seguido por todos los otros pibes del pueblo, y de todos los pueblos, se pueden ir a la mierda.