de la escritura III

Un señor me dijo el otro día que ser poeta es muy romántico, pero que escribir en sí no sirve para nada más que para impresionar a alguien. ¿Usted señor deja alguna vez de respirar siendo que es solo un acto romántico? ¿O lo sigue haciendo para impresionar a una mujer?

No sé por qué

No sé por qué. Por algún motivo (que desconozco) todos mis textos arrancan así. Últimamente tengo un pedo mental que me impide ver hacia adelante. Me impide ver hacia atrás. Es como la niebla: si tratás de prender una luz te encandila. Cuanto más esfuerzo mis ojos para distinguir algo, más se cansan. ¿Qué hacer en la niebla? No quedarse quieto, seguro; seguir andando a una velocidad promedio, una obviedad; don’t give up, otra obviedad. ¿Pero qué hago con el miedo? ¿Qué hago si me adormece las piernas y estrangula mi voz? ¿Qué hago si lo único que puedo escuchar es una respiración entrecortada y un corazón desbocado, que me pertenecen pero ya no reconozco?

Quiero ver más allá de las palmas de mis manos. Sé que aguantar es lo único que me queda; si pierdo la ilusión del mañana, la niebla se convierte en hielo.

 

¡El silencio!

Marcela Dolce: Ninfas de Papel (técnica mixta)

La mujer. ¿Qué hay para decir sobre ella? ¡Todo! Aún no se ha dicho lo suficiente, casi nada en realidad.

¡El silencio!

Siglos de silencio, de no dichos, de ocultar bajo la baldosa la mugre, y de miradas cómplices entre mujeres que sabían lo que había que gritar pero no les salía la voz.

Hasta hoy. Nos cansamos. Algunas empezamos susurrando, molestando, diciendo cosas obvias pero que de tanto callarlas parecían extravagancias. A esta altura los susurros ya no alcanzan tampoco. Así que ahora gritamos, y le pasamos un micrófono a la que no puede gritar. Y le sacamos las manos de los oídos a la que nunca nos había escuchado antes. Y le damos la mano al hombre que nos apoye, pero nos sacamos el brazo de encima del otro tipo de hombres, o de mujeres, o de lo que sea que quiera no dejarnos ser.

Como un loro que se escapó de la jaula, así, nunca volveremos a ser lo que fuimos.

Poemas al paso

Poemas al paso
Hago poemas para regalar
Poemas nuevos sin leer
Escribo poemas por encargue

(tengo cinco o seis ya hechos
les voy cambiando algunos versos nomás
total todos alguna vez lloramos
o reímos por amor
o se nos murió alguien
o tuvimos un sueño,
la cosa es leer el poema
como si nunca lo hubieran leído
“cuando digas la palabra ‘carroza’
haz que una carroza
salga de tu boca”
dijo alguien una vez) 

¡Poemas!
¡Hago poemas en el momento!
¡Poemas al paso,
poemas para llevar!

 

[Vendedor de poemas que escuché gritar en una esquina y que nunca volví a cruzar aunque muchas veces más pasé por esa esquina y por tantas otras porque mi vida es nada más que cinco o seis calles que voy recorriendo de distintas formas según la ocasión]

 

Esta noche

En la hora más oscura de la noche me pongo a escribir. Porque todo se vuelve más denso, más palpable. El perro que ladra se escucha como amplificado, parece que fuera el único ser viviente aparte de mí. Ojalá pudiera aullar, para decirle que no está solo. El aire parece más pesado de respirar, hay un letargo en mi mano, en mi parpadear, en el tic tac del reloj.

Una se enrarece. Es como si pudieras mirarte por una ventana, pero a la vez, te ves desde adentro parada afuera del otro lado del vidrio. Por eso decimos cosas que no diríamos en otro momento. Cosas crueles, que nos exponen, que nos desmienten, que hablan de sexo, del pasado, de miedos, de felicidad también, aunque una felicidad demasiado feliz, de la que nos avergonzaríamos al otro día.

La noche en sí nos pone en estado de borrachera. Digo cosas y miro de una forma que no puedo controlar. Y si esa hora fúnebre me encuentra cerca del mar, mejor dejame sola. Yo también quisiera abandonarme en esos momentos porque siento que no quepo dentro de mi cuerpo; hay demasiado yo encerrado en mí.

La culpa es del mar que se vuelve invisible de noche; se convierte en sonido y viento, en gaviotas sonámbulas como yo, en olor a sal. Pero no se puede abarcar con la mirada y eso es casi como no poder tocarlo, lo que es casi como si no existiera. Tal vez por eso me hipnotiza su fuerza inefable, porque a esa hora los dos dejamos de existir.

Con una mano agarro un puñado de arena y siento como se escurre de a poco. Por supuesto que me hace pensar en el tiempo esa metáfora tan trillada. PERO si pongo las palmas sobre la arena ¿significa que todo el tiempo me pertenece? ¿Y si me clavo un vidrio por hacer esa boludez cuando no se ve nada, qué significa?

Las manos

Dicen que la belleza está más en el ojo del observador que en la cosa observada. Bah, dicen. Yo digo eso. Una mano sosteniendo un mate es una imagen hermosa. Y no importa si la mano es delgada o no, vieja, grotesca, o cuidada. Tampoco importa a quién pertenece, su historia, su género. Vale solo por el gesto que hace. Se mueve con firmeza sin dejar de ser delicada, como si tuviera una fuerza interna que no hiciera falta demostrar pero aun así visible. Entonces, la manera en que agarra el mate puede ser hasta sensual si se quiere; lo mismo que si sostuviera un cigarrillo.

Mirando esa parte del cuerpo se me ocurre que tal vez me estoy autolimitando. Los gestos no nacen solo de la mano, del pliegue del codo también. [El brazo cambia de tonalidad al girarlo, una metáfora corporal]. El antebrazo se recorre mirando de una extremo al otro igual que un puente, para llegar al hombro. Y por qué no mirar el cuello también, semiescondido en el triángulo de una camisa. Ya se sabe que lo oculto inquieta más la curiosidad que lo expuesto. En este punto, es como entrar en el radio de atracción de un agujero negro, es muy difícil siquiera tener la intención de resistirse a dirigir los ojos hacia el rostro. Pera, boca, nariz, ojos y ahí quedo clavada.

– ¿Qué estás mirando che? Ni me estás escuchando.

– No sé, me distraje con otra cosa

– Ya sé que tardo mucho en tomar el mate, pero no es para que te lo quedes mirando así. Tomá. Gracias.

– Lo usás de micrófono. Pero te miraba las manos igual.

– ¿Qué tienen?

– No sé. Es que una vez me dijeron que la belleza está en el ojo del observador y…

Mansión Oxford

“Debe ser que aún estando posicionada frente a una calle principal conserva un aura de soledad resguardada, algo de propio y solitario que todavía no le ha sido arrebatado”. (C. S. F.) 

Se puede sentir la energía que sube desde los pies tocando el piso. Los pensamientos flotan hasta el techo altísimo; la mirada se pierde al dibujar los arabescos de los mosaicos en el patio.

La casa era una escalera, unos vitrales de colores. El aire que entraba por la ventana se enrarecía cuando acariciaba los muebles, es algo antiguo e inasible que perdura.

Bastante gente pasa por este lugar durante el día. A la noche las luces se dejan apagadas y las puertas de afuera cerradas con llave. Pero las de adentro quedan entreabiertas, como si los que supieron vivir ahí siguieran atravesando las habitaciones. Trenzan un vals oxidado que deja oír el roce de las ropas. Y el piano, solo en la sala, sacude sus teclas de vez en cuando queriendo marcar el compás. No hay que asustarse si los espejos reflejan pasos en el suelo de madera; algunos bailan para recordarse y otros para olvidar.

La claridad va invadiendo de a poco las aberturas; algún pájaro quebró el cantar de la casa en pena. Los bailarines se saludan con una inclinación hasta la próxima vuelta.

de una ruta que alguien me contó cuando era chica

Me contaron que la ciudad queda bastante lejos, no tanto por los kilómetros que la separan de este pueblo sino por el recorrido hasta ella. La ruta es muy angosta; pasa por entre los árboles pidiendo permiso. Casi no tiene tramos rectos, formada por curvas, contracurvas, descensos, puentes, vados; corta lo verde del paisaje con su gris colorido.

Nunca anduve ese camino por temor a que se quiebre su imagen en mi mente.