Decime

Decime

en cuántos autos

te tengo que besar

antes de poder tenerte

en mi cama

Decime

cuántos faroles de la calle

vamos a romper

para tener unos metros

de oscuridad

Decime cuántas terrazas,

patios, ascensores, escaleras,

cuántos descampados, cortadas,

¿casas prestadas, cuántas?

antes de tener

cuatro paredes nuestras

Cuántos hermanos

me vas a dejar sobornar

a cambio de unas horas

eternas de soledad

Entre eso

y las entradas de cine

para ver películas ucranianas

con menos de veinte espectadores

Nos vamos a quedar

sin un peso

Entre eso

y los taxis de urgencia

porque tus viejos se fueron

a último momento

Nos vamos a quedar

sin un beso

sin un beso partido al medio

sin un sobe

Y eso no se puede

porque si queremos por fin

mudarnos juntas

necesitamos poder besar a fin de mes

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Tierra

Cuando ella se acuesta

encima mío

Me vuelvo tierra

húmeda, fértil

Su pelo se enraiza en mi pecho

y no podría sacarlo

aunque quisiera

porque la raíz va tan profundo

hacia abajo

como su mirada se despega

hacia arriba

Mis lombrices y mis yuyos

se embellecen a la sombra

de las ramas

De su cuello cuelga

una hamaca de hilo negro

con asiento de plata

Me gusta sentarme ahí

empujarme en un lunar

para avanzar

dejarme retroceder

e intentar que ese segundo

donde la gravedad no nos pesa

sea eterno

todo lo que dure el salto

desde la hamaca

hasta la tierra otra vez

Tus libros

Dejame entrar

a tu casa

a tu biblioteca

Dejame pasar la mano

por las tapas de tus libros

acariciando la sombra

pretérita de tu tacto

Dejame abrir

todos los tomos

y despegar

todas las hojas

Dejame sacarte

los señaladores de lugar

y que pierdas

la cuenta de las páginas

Permitime que marque

con la uña

mis frases favoritas

porque no tengo birome

y que doble

las esquinas superiores

con cariño

Habilitame la duda

a veces no sé

cuál de tus estantes

atacar primero

Y voy soplando

con la boca

suspirando

con la nariz

desperdigando polvo,

avanzando por el lomo

de cada volumen

Dejame agarrar

el que me guste

con los dientes

Dejame llevarlo

a mi casa

a mi pieza

que duerma al lado mío

en la mesita de luz

que me susurre versos

contra el insomnio

y la soledad

 

Inercia

Ando bien

digamos

que ando bien

pero en realidad

solo ando

y ni siquiera por voluntad propia,

por impulso,

como cuando una suelta el acelerador

pero el auto sigue avanzando

como este poema

que tampoco me acuerdo por qué lo empecé

y que ya no sé a dónde va

pero va

porque no hay ningún punto

que lo frene

como a mí

que ando

ando bien

digamos

Mapa de grafitis

Todos los días vuelvo en colectivo desde la facultad hasta mi casa. A veces, cuando me olvido el libro, me recuesto hacia atrás y cuento las cuadras mientras van pasando. Sesenta cuadras. Cuarenta y cinco minutos.

Quizás hoy estoy demasiado melancólica para jugar así. Mis amores están todos repartidos por la ciudad y, en general, voy por ahí como si no los viera. Eso es lo que se hace con las cosas del pasado supongo. Pero las escenas siguen impresas en las paredes como un grafiti, esperando que decida volver a mirarlas. En mi mente se despliega entonces un mapa de situaciones amorosas. Y quizás divida el trayecto no en cuadras sino en esquinas donde me besé con alguna piba, donde la esperé hasta que llegara su colectivo, o donde me senté a llorar cuando nos separamos.

Las personas que viven solas van guardando los recuerdos de sus parejas en cajoncitos adentro del ropero. Cuando viene la tristeza los abren. Ponen play a esos cortometrajes que parecieran hechos en la misma locación aunque por diferentes directores. La misma cama en todas las escenas de sexo, diferente la secuencia. Un perro recibe a los visitantes moviendo la cola, cada año un poco más despacio por la artritis. Las charlas en el balcón son muy variadas considerando que las enmarca el mismo horizonte.

Los estudiantes como yo no tenemos casa sola todavía así que vamos desparramando momentos pasionales por las calles. Besamos, metemos manos, desabrochamos botones en cortadas y tramos mal iluminados. Con mucha suerte, conseguimos un auto. Casi nunca.

Si bien cada uno tiene su método, la mayoría entra en los siguientes dos grupos. Están los que repiten lugares porque una vez que se encuentra una buena trinchera no se la abandona por nada. Y después estoy yo, que siento que volver a los escondites con otras chicas es sinónimo de repetir historias. Mi máxima es “piba nueva, lugar nuevo”.

Probablemente mi estrategia sea una cagada y lo único que termine haciendo sea plantarme recuerdos por todos lados para tropezar con ellos después. Como un campo minado. Vas caminando, cantando una canción X en tu mente. En realidad no es una canción X. Es una canción pop que le gustaba a tu ex, porque a vos esa banda no te gustaba tanto pero te gustaba que le gustara. Y te alegra poder cantarla sin ponerte de mal humor. Como cuando pasás el dedo por una cicatriz reciente y comprobás que ya no duele. Vas caminando, mirando las casas de enfrente, casa antigua, edificio en construcción, casa fea, pum, el bar donde se vieron las primeras veces.

Aunque la inercia te haga seguir caminando tus ojos se quedaron en el bar. Se quedaron en la mesita donde se sentaron. Se quedaron en ella sentada en la mesita enfrente tuyo. Imposible detener el recuerdo una vez que empezó a caer. Tenés que dejarlo que se reviente contra el suelo, que los pedazos terminen de moverse, antes de poder barrerlo. Los pedazos grandes son contundentes, te acordás que se fue, que volvió a molestarte un tiempo después, que era hermosa, pero se recogen fácil, así con la mano nomás, y se los tira directo al tacho. No te cortan porque podés esquivarles el filo. Ahora, los chiquitos son peores porque no se ven, pensás que los sacaste y siguen ahí, con una punta diminuta hacia arriba para cuando pases caminando descalza y ay, la escuchaste otra vez diciendo que le des un beso, o sentiste la liviandad de su cuerpo en tus muslos mientras miraban el partido ese México-Túnez hasta que se fuera la madre y después garcharon como nunca.

Recién cuando llegás a la otra calle lográs salirte del campo magnético de ese lugar. Te sentís mejor porque en realidad sí la superaste, solo que el recorrido te tomó por sorpresa. Desde el colectivo es más fácil porque la visión del poste de luz donde te apoyaste para que te bese la piba esa de rulos que viste una sola vez dura apenas un segundo y medio. Si tenés suerte y prevenís todos esos grafitis, llegás psicológicamente ilesa a tu casa. Si te salteaste alguno, te cae como cachetazo y te bajás en la parada divagando sobre cosas como el destino.

Hasta ahora vengo bien. Ya pasó la mitad del recorrido y vi los grafitis de siempre. Están un poco descoloridos y me los sé de memoria. En cinco cuadras viene la calle de mi última novia. Ahí me bajaba los días que la veía después de cursar, a veces no le avisaba, a veces solo no quería volver a mi casa y ella lo sabía, me prestaba su cueva para esconderme unas horas, unos días.

Mi cerebro empieza a cantar una canción de rock que a ella no le gustaba pero me la cantaba porque yo se la cantaba y le decía que a ese ritmo me latía el corazón. Me parece que estoy lista para disfrutar de esa canción otra vez. Me lo merezco. Porque la canción era mía primero. Y se la di, como le había dado tanto, sin pensar en que dejaría de pertenecerme. Y ahora es un buen momento para recuperarla.

El colectivo frena en el semáforo. Esa es la esquina, esa es la parada. Ya me estaría bajando apurada por verla. El corazón se me acelera apenas, aunque lo suficiente como para adelantarse al ritmo de la canción que no podía dejar de cantar. Miro hacia afuera. El ángulo no me da para ver la cara del conductor de al lado. Solo veo un brazo colgando por la ventanilla abierta. Los dedos golpean la chapa, de alguna forma, de alguna manera, por alguna razón inexplicable del tiempo y espacio, al ritmo exacto de la canción en mi cabeza. Se acoplaron a mi música como un instrumento que espera para entrar a compás.

El semáforo cambia, todos ponen primera. Hoy también voy a llegar a mi casa divagando sobre cosas como el destino, como el ritmo, como la gente que entra justo a compás en mi mente. Pero esta vez se siente bien.

¿Qué estás pensando?

Mi primera relación fue la más fructífera, no por cuestiones románticas sino porque descubrí el potencial, inadvertido por la gran mayoría, de preguntar en qué está pensando el otro.

Con la práctica fui descubriendo que las otras preguntas no sirven para nada. Y peor, caen en la repetición. Algunas preguntas, por más que me resista, son inevitables. ¿De qué trabajan tus viejos? No se puede saber si no se la formula y no vale la pena buscar una construcción sintáctica más compleja. Ahora, lo que yo de verdad quiero saber es si le muevo el piso a la piba. Si le gusta cómo garchamos. Si conmigo se acuerda de la ex o la va olvidando.

Hay momentos donde el otro te mira un poco más profundo de lo normal. O más tiempo. O más cerca. O que no te mira por dos minutos completos. Pero ese tiempo, desnudos y transpirados en la cama, dura más que dos minutos sin hablar vestidos en la cocina. Ahí, un qué estás pensando bien dicho puede tumbar la desconfianza o la vergüenza de los primeros encuentros. Puede arrancar confesiones, recuerdos, algún llanto guardado. Quizás incluso provoque el primer te quiero.

Aunque hay que saber usarlo. Si se dice mucho pierde la fuerza. Si no se usa, el otro jamás llega a recibirlo con naturalidad. No hay que subir ni bajar el tono durante la pronunciación. Decirlo despacio y, sobre todo, no ceder ante la sorpresa del interlocutor. Nada de reír o desviar la mirada: se espera la respuesta en silencio. Así, el otro percibe la seriedad de la cuestión y no se anima a mentir. Tampoco se puede ser insistente, es preferible aceptar un qué te importa y probar otro día, en una situación diferente.

Esto parecerá un cruel método interrogatorio. Sin embargo, también sirve de tamiz. ¿Cómo seguir con alguien que no puede ingeniárselas para responder algo así? Qué me importa de qué trabajan los padres, yo quiero me abra una ventanita a sus pensamientos.

Escrito a las mujeres del siglo veintidós

Por estos años en Argentina, por no decir en el mundo, se puso muy de moda la palabra feminazi. Según la rae (que asoma la nariz para opinar sobre el habla de toda América como si cruzara un charquito y no el océano) el término se usa despectivamente con el significado de feminista radicalizada.

En primer lugar, dijeron radicalizada, una palabra que genera confusión porque no solo hace referencia a una persona partidaria de reformas extremas sino también al ala radical del feminismo. Entonces ¿se insulta a las feministas por ser extremistas o se insulta al feminismo liberal llamándolo radical? Sinceramente, no creo que quien insulte gritando feminazi se haya molestado en leer los orígenes del feminismo, o sepa que tuvo diferentes olas desde sus inicios, y menos tenga idea de que existen varias corrientes de pensamiento dentro del mismo movimiento (bastante distinguidas y distinguibles entre sí). Por eso mismo, la rae no debería meter los dedos en Twitter para definir con ambigüedad un concepto tan sensible.

Y para justificar por qué creo que la rae debería llamarse al silencio voy a resaltar algunos datos que aparecen en su propia página web: el Pleno de la Real Academia Española está conformado por 46 académicos (entre los cuales figuran también los que componen la Junta de Gobierno). De esas 46 sillas, solo el 17,4 % está ocupado por mujeres (es decir, 8 lugares). Y del total de los académicos, solo el 4,3 % tiene menos de 60 años (es decir, 2 personas). Creo que estos datos hablan perfectamente por sí solos.

Por otro lado, me pregunto qué querrá decir la gente cuando habla de extremismo. ¿Que se puede reclamar justicia por femicidios sin pintar las paredes? ¿Que se puede abogar por la legalización del aborto sin ofender creencias religiosas ajenas? Que se le puede enseñar a los chicos a prevenir embarazos no deseados pero sin definiciones, sin explicarles en serio, sin pervertirlos. Y que la homosexualidad está bien, si pobrecitos, no tuvieron padres que los educaran bien. Y por supuesto que puede haber feministas, aunque en realidad ni hacen falta, si yo a mi mujer la mantengo y vive bárbaro. ¿Me hablaste de femicidios? ¡Ah…! Bueno, qué sé yo, fueron pibas con mala suerte. Igual, yo no pienso dejar de chiflar por la calle, ¿por qué no le puedo decir a una mina que es linda? Si en el fondo le gusta que le mires el culo, se viste así a propósito. Y además, las feministas son todas unas lesbianas que no se depilan, yo no me caliento con una así toda peluda, ¡mirá si todas las mujeres fueran así!

Entonces, chicas del futuro, todo termina siendo una cuestión de semántica. Lo que para unos se asemeja al nazismo para otras es el comienzo del fin del patriarcado. En la Inglaterra de comienzos del siglo pasado, se usaba el término suffragette para discriminar a las activistas por el derecho al voto femenino radicalizadas del resto de las sufragistas más moderadas. Hoy, alejados de ese momento histórico, esa palabra es el orgullo de las mujeres inglesas por haber sido una de las naciones precursoras en tal reclamo.

No sé si feminazi va a evolucionar de igual forma o si caerá en el olvido social. Lo que sí sé es que ustedes van a leer sobre nosotras. Y no solo eso: van a ser las que sigan agitando las aguas para que este lago se haga mar. Porque la última feminazi va a desaparecer el día que no tenga razón de ser. El día que no nos maten y nos dejen en un descampado. El día que el aborto no sea una condena a desangrarnos en la clandestinidad. Cuando todos sepan cómo se usa un preservativo o la pastilla anticonceptiva, y nadie se asuste al escuchar vasectomía o preservativo femenino. Cuando homosexual y pervertido no aparezcan en la misma oración. Quizá en algún momento la mujer golpeada ya no sea una pobrecita, ni la feminista una lesbiana, ni la lesbiana una peluda, ni la peluda una mugrienta.

Supongo que mi vida no va a alcanzar para presenciar todo esto. Pero sí alcanza para gestarlo.

Basta de clichés

Este mes me puse a ver muchas películas sobre escritores. De esas que vas anotando en un papelito y de repente, cuando tu novia te deja, tenés tiempo para ver. Mi problema es con las películas taquilleras de trama fácil, no las de onda independiente. ¿Por qué tanto cliché? ¿Por qué tanta escena predecible? Yo sé que la vida también tiene sus figuritas repetidas, sus clichés de pampa y Paraná. Pero los de las películas… ¡Dale! Están tan lejos de nuestra órbita sudaca…

Así que basta loco, basta de ese escritor que no sabe qué corcho redactar y termina tomando en un bar a las dos de la mañana. Ya sabemos cómo sigue: saliendo de ahí se cruza con una piba “diferente”, que le habla de libros, que lo critica y lo deja en off-side.

Yo, cuando no sé qué escribir, cuando se viene el slam de poesía y todavía no hilé ni dos frases, me pongo en pedo con café con leche. Sí, café con leche y medialunas a las tres de la tarde un día de sol. Porque la tristeza de la hora de la siesta es más desesperante, más solitaria que la tristeza de la noche, momento en que un tercio de la ciudad se pone de acuerdo para deprimirse con vos. Además, tomar café es más temerario porque no te escabia. O sea que no solo sos consciente de tu tapón literario sino que encima te das cuenta de que está costando diez pesos más caro que la semana anterior.

Sin embargo, lo más anti cliché de todo es la soleadez del día. Cuando llueve, es como que tenés permiso para dos cosas: quedarte en la cama (con todo su abanico de significados) o llorar, y que las lágrimas, de a poco, vayan regando las plantas de la cocina, que no alcanzan a mojarse con la lluvia del balcón.

Pero el sol es un recordatorio ahí, colgante, ineludible a la vista, de que tendrías que estar contento. Porque sí. Porque esa dualidad de que sol lindo y nube feo. De que sol seguridad y noche te chorean.

Y no es así la vida gente. No es así por tres razones. Uno: el bajón oracional a mí me agarra en pleno horario de trabajo. Dos: acá te chorean a cualquier hora. Tres: eso de cruzarme con una piba que me remueva la literatura no me estaría pasando.

Bastón

Cuando era chica, con mis hermanas elegíamos objetos que nos gustaban por algo, y nos convertíamos en eso. Cada una tenía tres o cuatro cosas que eran sus favoritas. Ellas se peleaban para ver quién era un vestido. Después de mucho agarrarse del pelo mi papá decidió que el vestido estaba prohibido: las opciones pasaron a ser una pollera o una cartera, porque también servían de excusa para colgarse del pechero. Yo, era una espada y las perseguía para deshilacharlas. Al día siguiente, ellas se convertían una en mate y la otra en pava. Yo era una pelota de fútbol, porque ir rebotando por la casa es mucho más divertido que estar todo el día bien erguida para que no se vuelque la yerba y con un brazo en diagonal simulando una bombilla.

Ellas eran mantel, silla, perro, percha, otra vez mate y pava porque les encantaba jugar en equipo. Eran, en fin, lo que usaban, lo que tenían cerca. A mí me gustaba más lo que alguien me había contado, eso que nunca había visto, pero que sabía que en algún país del mundo o en la casa de al lado la gente tenía. Personificaba cigarrillos, que conocía solo de las películas, y me iba encogiendo a medida que pasaban las horas. Era cuadros que había visto en museos. Era lobos, de los cuentos. Era hombres, y ellas se enojaban porque decían que un hombre no era una cosa. Sigo pensando que sí lo son.

Pero hay algo que ninguna sabía en ese momento y me parece que todas estamos descubriéndolo por separado. En realidad, eso no era ningún juego. Lo que hacíamos era ensayar papeles, a ver cuál nos calzaba mejor, a ver en qué nos íbamos a convertir de verdad.

Ahora sé, yo soy un bastón.

Me gustaría poder decir, no sé, algo más épico, como un lanzapelotas o un matafuegos. Pero no, acepto el destino sin gloria aparente de la palabra bastón. La gente viene y se da cuenta de que soy firme, de que trato de sostenerlos, de que conmigo, algunas veces, evitan la caída. De vez en cuando, me agobia mi destino bastonero. Me desilusiona que las personas se vayan tan rápido cuando se recuperan. Entonces, busco entre la multitud a algún otro como yo, algún bastón para bastones, porque como es lógico la gente del mismo palo se entiende. Después de un rato, vuelvo tranquila a seguir bastoneando gente.

Me gustaría preguntarle a mis hermanas en qué se convirtieron ellas. Pero no quiero apurarles el proceso; descubrirse a una misma lleva tiempo. Después hay que aceptarlo. Y recién después una puede contarlo sin que le dé vergüenza. Nunca le dije a mis papás que soy un bastón, ya deben haberse dado cuenta hace rato.