Un viaje por autopista

Ya no estaba tan oscuro. Las ruedas de la camioneta raspaban el asfalto, dejando atrás metros y más metros de la autopista. Muy a su pesar bajó la vista del cielo y se concentró en el frente. Pasó por arriba de un puente bastante descuidado, y un zorro cruzó corriendo justo por delante suyo, apenas un manchón con rayas blancas.

Se dio cuenta de lo mucho que le ardían los ojos cuando quiso cambiar la estación de la radio. Le hacía falta Felipe, para que la distrajera mientras manejaba y la hiciera reír. También le hubiera cebado unos mates.

Aclaraba el cielo y sintió una especie de alivio. Había sido una noche muy oscura, sin Luna ni estrellas. La claridad empezó a extenderse cuando pensaba que iba a dormirse del cansancio. Los cristales se empañaron, obligándola a limpiarlos con el brazo. A esta hora Felipe ya se levantaba y después de desayunar se iba al taller. Ese era su lugar de pertenencia, rodeado de prensas, maderas y muebles recién encolados. Madera por todos lados, trabajada con paciencia.

Suspiró. Ahora lo extrañaba con ansiedad. La oscuridad se había escurrido, pero el sol todavía no llegaba a la línea del horizonte.

Abrió la ventanilla para despejarse y el viento inundó atronador la cabina de la camioneta. Todo se volaba y hacía ruido, pero dejaría el vidrio bajo un par de kilómetros más. El camino estaba casi vacío a esa hora; muy de vez en cuando se cruzaba con algún otro auto. Levantó la mirada a través del parabrisas y observó el cielo arriba suyo. Si pudiera captar esa imagen en un cuadro  sería bellísimo. La sutileza de las nubes parecía trazada por pinceladas divinas.

Y así como contemplaba el firmamento estaba planeando en las alturas. Un águila, sobrevolando el camino, capaz de mantener la velocidad de un auto. El viento zumbándole en los oídos, revolviendo su plumaje; un fresco vivificador que penetraba hasta su piel.

Distinguía el techo rojo y plateado de la camioneta muy abajo, y veía jirones de nubes por el vidrio del parabrisas. Empujó el acelerador para adelantar a un camión que avanzaba pesado por la derecha. La sangre saltaba en sus venas, bailaba, y era un juego, y apuraba su vuelo para no quedarse atrás. Se estaba burlando de la ruta; el cielo, el viento, las nubes; sus alas eran suficiente.

Asomó un rayo de Sol en el Este, directo hasta la pupila; entrecerró los párpados pero ya no distinguía nada a pesar de su visión tan aguda. Sólo ruido y desorden, plumas alborotadas y cosas que se vuelan… Subió la ventanilla de golpe. Estaba sentada, con una mano al volante en su cabina; el ave se había esfumado en una ráfaga de viento.

 

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