Años después

“Si te veo a lo lejos
será solo el recuerdo
de aquella vez que te vi pasar”

 

La vi caminando por la calle; iba apurada. El pelo recogido en un rodete incompleto, con las puntas cayendo hacia abajo, como si se hubieran soltado por casualidad. Aunque ya la conocía demasiado como para creerle que no planeaba hasta el último detalle. Si las puntas iban sueltas era porque así lo había querido. Si ya no estábamos juntos, también ella lo había decidido. Siempre ella, hasta mi propia desgracia fue en principio un decreto suyo.

Hacía años que no hablábamos. Era de esas mujeres que nunca llaman, yo no quería ser masoquista. Pero la realidad es que en los huecos temporales que no tuve pareja, su fantasma de volvía indefectiblemente. Y sigue acá, molestando.

Por eso la fui a buscar a la casa. La vi salir arreglada. Me quedé congelado mirándola por la ventana del auto. Era mucho más linda que la imagen mental que yo me quedaba. Estacioné enfrente y me quedé ahí, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario, total, mi paciencia ya se había vuelto de chicle cuando salíamos. Tenía un libro en la guantera que estaba para matar ratos muertos y puse música en la radio como siempre, baladas en inglés esta vez, pero me pasé varias horas mirando sin escuchar a través del parabrisas. A las 5 se largó a llover; yo no podía creer que mi situación amorosa fuera tan escena cliché de Hollywood. Eso fue lo que me deprimió.

Recién a las 9 la vi volver con una chica. Cuando entraron supe que mi espera había sido inútil. Fuera una amiga o no seguro se iba a quedar hasta el otro día. Así que arranqué el auto para irme a casa.

Dejé pasar unos días y fui otra vez. Por algo me decían que era obstinado. Toqué timbre; seguro mi corazón se escuchaba más fuerte. Abrió la puerta y ninguno de los dos supo qué decir, hasta que me invitó a pasar. La casa estaba distinta, pero eso era lo normal, nunca tenía las cosas en el mismo lugar por mucho tiempo. No dejábamos de revisarnos con los ojos, como analizando en qué habíamos cambiado. Siempre había sido hermosa, pero ahora tenía más cara de mujer y creo que ella también me vio más crecido. Ya no éramos pibes de veinte años.

No me di cuenta de que me había acercado hasta que ya no podía retroceder sin que se notara. Aunque ella tampoco retrocedió. Entonces la besé, con la desesperación de saber que con ese beso tenía que ganarla. Estaba jugando mi última carta sin la posibilidad de volver a jugar después. No quería soltarla ni mirarla a la cara por miedo a ver rechazo, a sentir que se había terminado otra vez. Sin embargo, ella tampoco quería alejarse parece; me retenía por los pelos de la nuca y tenía su cuerpo pegado al mío. Yo la agarré por la cintura y nos quedamos mucho tiempo así, quemando en minutos los años que habíamos vivido realidades distintas. Cuando el beso se fue deshaciendo y nuestras bocas se separaron unos centímetros, no me animaba a levantar la cara, hasta que ella me obligó con sus manos. En sus ojos me vi mirándola, y aunque solo fuera un reflejo de la luz, la abracé. Se sintió como una bienvenida.

 

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