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Esta obra de Candela Fumale está bajo una Licencia Creative Commons Atribución – No Comercial – Sin Obra Derivada 4.0 Internacional.

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Versos atravesados

Tengo nuestros versos

atravesados

desde que te fuiste

Los tengo

por todos lados

en los dedos

de las manos

por ejemplo

y me molestan

cuando quiero

atarme los cordones

También los hay

en el estómago

A veces me cuesta

hacer la digestión

Tomo soda

para eructarlos

Letras perdidas

salen nomás

En la piel los siento

como tatuajes

Y no quisiera

que me los lean

entonces

salgo corriendo

si la gente

mira demasiado

Algunos ya entraron

al torrente sanguíneo

Tengo miedo

de una septicemia

o del momento

en años o segundos

en que el infalible

sistema circulatorio

me deje un verso

trabado en el corazón

Canto al albañil

Mucho se ha cantado

al campesino

al trabajador

de fábrica

al gaucho

y al maestro

Poco se ha cantado

al albañil

Al obrero

de la ciudad

Al obrero

del cemento

con ropa

de arena

y ojos

de cal

Niño albañil

que curtís

tus costumbres

con los adultos

la espalda

con carretillas

las manos

con ladrillos

Viejo albañil

que cuidás

la obra

por la noche

Custodiás

el reino

de andamios

como tuyo

Hombre albañil

no vuelvas tarde

Pocas horas te separan

de la próxima jornada

Acostate

con todo puesto

así robás

minutos de sueño

Hombre albañil

no vuelvas tarde

Una mujer

y cinco hijos

en el rancho esperan

con hambre acumulada

escuchar el ruido

de tu bicicleta

oxidada

El lenguaje lineal

“Goldfish Bowl”, escultura de Alexander Calder

 

Ella me dice una cosa

pienso en tres para responderle

elijo la primera, hablo

su cara se atolondra

como si se le hubieran ocurrido

tres cosas para decirme

y tuviera que elegir solo una

porque el lenguaje es lineal

lo que en general no me importa

pero con ella quisiera

que la lengua fuera tridimensional

para poder presentarle

mis tres conceptos juntos

uno

arriba

del otro

y sería una idea al cubo

Ella me respondería entonces

con otras tres al cubo

y charlaríamos visualmente

en una red conceptual

Un día, mientras reíamos

de nuestra incapacidad de mantener

una conversación coherente,

se lo confesé

Le conté que ella me daba ganas

de que el lenguaje fuera tridimensional

Se rió y dijo

que no tenía sentido complicarnos así,

que mejor hablábamos

por telepatía

Lo incorrecto de los halagos

Cuando miro hacia abajo, sin adelantar mucho la cabeza, veo dos tetas y la punta de mis zapatillas. No voy a hablar de las tetas en sí, esta vez, sino de todo lo que ellas ocultan. Literalmente.

Muchas veces me ha pasado escuchar comentarios graciosos, provocadores, desubicados, sobre el tamaño de mis tetas. Esas observaciones siempre me parecieron vacías. Es como que te halaguen, no sé, la forma del codo. Naciste así, qué le vas a hacer.

Si por algún motivo estoy contenta de su tamaño, es porque me tapan la panza. No a la vista de los demás sino a mis propios ojos, que es lo importante al fin. Porque si es cierto que la voluptuosidad corre por mi familia, también es cierto que se aplica a todas y cada una de las partes del cuerpo.

Entonces, yo vivo feliz ignorando mi pancita que vive feliz sabiéndose ignorada por mí, y por lo tanto, libre. Como es libre, no hace fuerza para meterse adentro y ocultarse. Como es libre, cuando me acuesto bolita para el costado se deja caer, se deja chorrear, sobre el colchón. Como es libre, me acompaña saltando cuando salgo a correr. Y todo gracias a que las tetas la resguardan de los pocos pero resistentes mandatos sociales que aún me quedan en los ojos.

El problema está en que la gente halaga cosas y no conductas. Muchos halagan tetas y culos grandes, panzas planas, ombligos chicos, abdominales visibles. Sin embargo nunca me dijeron «Ay, qué pancita libre que tenés». O «¿Cómo hacés para tener la panza tan cómoda?».

Pero claro, el día que la gente diga eso tampoco vamos a necesitar que las tetas nos tapen un carajo. Ese día, todos los sectores de nuestro cuerpo (con la pancita a la cabeza de la revuelta) serán libres de la tiranía de los cánones.

Decime

Decime

en cuántos autos

te tengo que besar

antes de poder tenerte

en mi cama

Decime

cuántos faroles de la calle

vamos a romper

para tener unos metros

de oscuridad

Decime cuántas terrazas,

patios, ascensores, escaleras,

cuántos descampados, cortadas,

¿casas prestadas, cuántas?

antes de tener

cuatro paredes nuestras

Cuántos hermanos

me vas a dejar sobornar

a cambio de unas horas

eternas de soledad

Entre eso

y las entradas de cine

para ver películas ucranianas

con menos de veinte espectadores

Nos vamos a quedar

sin un peso

Entre eso

y los taxis de urgencia

porque tus viejos se fueron

a último momento

Nos vamos a quedar

sin un beso

sin un beso partido al medio

sin un sobe

Y eso no se puede

porque si queremos por fin

mudarnos juntas

necesitamos poder besar a fin de mes

Tierra

Cuando ella se acuesta

encima mío

Me vuelvo tierra

húmeda, fértil

Su pelo se enraiza en mi pecho

y no podría sacarlo

aunque quisiera

porque la raíz va tan profundo

hacia abajo

como su mirada se despega

hacia arriba

Mis lombrices y mis yuyos

se embellecen a la sombra

de las ramas

De su cuello cuelga

una hamaca de hilo negro

con asiento de plata

Me gusta sentarme ahí

empujarme en un lunar

para avanzar

dejarme retroceder

e intentar que ese segundo

donde la gravedad no nos pesa

sea eterno

todo lo que dure el salto

desde la hamaca

hasta la tierra otra vez

Tus libros

Dejame entrar

a tu casa

a tu biblioteca

Dejame pasar la mano

por las tapas de tus libros

acariciando la sombra

pretérita de tu tacto

Dejame abrir

todos los tomos

y despegar

todas las hojas

Dejame sacarte

los señaladores de lugar

y que pierdas

la cuenta de las páginas

Permitime que marque

con la uña

mis frases favoritas

porque no tengo birome

y que doble

las esquinas superiores

con cariño

Habilitame la duda

a veces no sé

cuál de tus estantes

atacar primero

Y voy soplando

con la boca

suspirando

con la nariz

desperdigando polvo,

avanzando por el lomo

de cada volumen

Dejame agarrar

el que me guste

con los dientes

Dejame llevarlo

a mi casa

a mi pieza

que duerma al lado mío

en la mesita de luz

que me susurre versos

contra el insomnio

y la soledad

 

Inercia

Ando bien

digamos

que ando bien

pero en realidad

solo ando

y ni siquiera por voluntad propia,

por impulso,

como cuando una suelta el acelerador

pero el auto sigue avanzando

como este poema

que tampoco me acuerdo por qué lo empecé

y que ya no sé a dónde va

pero va

porque no hay ningún punto

que lo frene

como a mí

que ando

ando bien

digamos

Mapa de grafitis

Todos los días vuelvo en colectivo desde la facultad hasta mi casa. A veces, cuando me olvido el libro, me recuesto hacia atrás y cuento las cuadras mientras van pasando. Sesenta cuadras. Cuarenta y cinco minutos.

Quizás hoy estoy demasiado melancólica para jugar así. Mis amores están todos repartidos por la ciudad y, en general, voy por ahí como si no los viera. Eso es lo que se hace con las cosas del pasado supongo. Pero las escenas siguen impresas en las paredes como un grafiti, esperando que decida volver a mirarlas. En mi mente se despliega entonces un mapa de situaciones amorosas. Y quizás divida el trayecto no en cuadras sino en esquinas donde me besé con alguna piba, donde la esperé hasta que llegara su colectivo, o donde me senté a llorar cuando nos separamos.

Las personas que viven solas van guardando los recuerdos de sus parejas en cajoncitos adentro del ropero. Cuando viene la tristeza los abren. Ponen play a esos cortometrajes que parecieran hechos en la misma locación aunque por diferentes directores. La misma cama en todas las escenas de sexo, diferente la secuencia. Un perro recibe a los visitantes moviendo la cola, cada año un poco más despacio por la artritis. Las charlas en el balcón son muy variadas considerando que las enmarca el mismo horizonte.

Los estudiantes como yo no tenemos casa sola todavía así que vamos desparramando momentos pasionales por las calles. Besamos, metemos manos, desabrochamos botones en cortadas y tramos mal iluminados. Con mucha suerte, conseguimos un auto. Casi nunca.

Si bien cada uno tiene su método, la mayoría entra en los siguientes dos grupos. Están los que repiten lugares porque una vez que se encuentra una buena trinchera no se la abandona por nada. Y después estoy yo, que siento que volver a los escondites con otras chicas es sinónimo de repetir historias. Mi máxima es “piba nueva, lugar nuevo”.

Probablemente mi estrategia sea una cagada y lo único que termine haciendo sea plantarme recuerdos por todos lados para tropezar con ellos después. Como un campo minado. Vas caminando, cantando una canción X en tu mente. En realidad no es una canción X. Es una canción pop que le gustaba a tu ex, porque a vos esa banda no te gustaba tanto pero te gustaba que le gustara. Y te alegra poder cantarla sin ponerte de mal humor. Como cuando pasás el dedo por una cicatriz reciente y comprobás que ya no duele. Vas caminando, mirando las casas de enfrente, casa antigua, edificio en construcción, casa fea, pum, el bar donde se vieron las primeras veces.

Aunque la inercia te haga seguir caminando tus ojos se quedaron en el bar. Se quedaron en la mesita donde se sentaron. Se quedaron en ella sentada en la mesita enfrente tuyo. Imposible detener el recuerdo una vez que empezó a caer. Tenés que dejarlo que se reviente contra el suelo, que los pedazos terminen de moverse, antes de poder barrerlo. Los pedazos grandes son contundentes, te acordás que se fue, que volvió a molestarte un tiempo después, que era hermosa, pero se recogen fácil, así con la mano nomás, y se los tira directo al tacho. No te cortan porque podés esquivarles el filo. Ahora, los chiquitos son peores porque no se ven, pensás que los sacaste y siguen ahí, con una punta diminuta hacia arriba para cuando pases caminando descalza y ay, la escuchaste otra vez diciendo que le des un beso, o sentiste la liviandad de su cuerpo en tus muslos mientras miraban el partido ese México-Túnez hasta que se fuera la madre y después garcharon como nunca.

Recién cuando llegás a la otra calle lográs salirte del campo magnético de ese lugar. Te sentís mejor porque en realidad sí la superaste, solo que el recorrido te tomó por sorpresa. Desde el colectivo es más fácil porque la visión del poste de luz donde te apoyaste para que te bese la piba esa de rulos que viste una sola vez dura apenas un segundo y medio. Si tenés suerte y prevenís todos esos grafitis, llegás psicológicamente ilesa a tu casa. Si te salteaste alguno, te cae como cachetazo y te bajás en la parada divagando sobre cosas como el destino.

Hasta ahora vengo bien. Ya pasó la mitad del recorrido y vi los grafitis de siempre. Están un poco descoloridos y me los sé de memoria. En cinco cuadras viene la calle de mi última novia. Ahí me bajaba los días que la veía después de cursar, a veces no le avisaba, a veces solo no quería volver a mi casa y ella lo sabía, me prestaba su cueva para esconderme unas horas, unos días.

Mi cerebro empieza a cantar una canción de rock que a ella no le gustaba pero me la cantaba porque yo se la cantaba y le decía que a ese ritmo me latía el corazón. Me parece que estoy lista para disfrutar de esa canción otra vez. Me lo merezco. Porque la canción era mía primero. Y se la di, como le había dado tanto, sin pensar en que dejaría de pertenecerme. Y ahora es un buen momento para recuperarla.

El colectivo frena en el semáforo. Esa es la esquina, esa es la parada. Ya me estaría bajando apurada por verla. El corazón se me acelera apenas, aunque lo suficiente como para adelantarse al ritmo de la canción que no podía dejar de cantar. Miro hacia afuera. El ángulo no me da para ver la cara del conductor de al lado. Solo veo un brazo colgando por la ventanilla abierta. Los dedos golpean la chapa, de alguna forma, de alguna manera, por alguna razón inexplicable del tiempo y espacio, al ritmo exacto de la canción en mi cabeza. Se acoplaron a mi música como un instrumento que espera para entrar a compás.

El semáforo cambia, todos ponen primera. Hoy también voy a llegar a mi casa divagando sobre cosas como el destino, como el ritmo, como la gente que entra justo a compás en mi mente. Pero esta vez se siente bien.

¿Qué estás pensando?

Mi primera relación fue la más fructífera, no por cuestiones románticas sino porque descubrí el potencial, inadvertido por la gran mayoría, de preguntar en qué está pensando el otro.

Con la práctica fui descubriendo que las otras preguntas no sirven para nada. Y peor, caen en la repetición. Algunas preguntas, por más que me resista, son inevitables. ¿De qué trabajan tus viejos? No se puede saber si no se la formula y no vale la pena buscar una construcción sintáctica más compleja. Ahora, lo que yo de verdad quiero saber es si le muevo el piso a la piba. Si le gusta cómo garchamos. Si conmigo se acuerda de la ex o la va olvidando.

Hay momentos donde el otro te mira un poco más profundo de lo normal. O más tiempo. O más cerca. O que no te mira por dos minutos completos. Pero ese tiempo, desnudos y transpirados en la cama, dura más que dos minutos sin hablar vestidos en la cocina. Ahí, un qué estás pensando bien dicho puede tumbar la desconfianza o la vergüenza de los primeros encuentros. Puede arrancar confesiones, recuerdos, algún llanto guardado. Quizás incluso provoque el primer te quiero.

Aunque hay que saber usarlo. Si se dice mucho pierde la fuerza. Si no se usa, el otro jamás llega a recibirlo con naturalidad. No hay que subir ni bajar el tono durante la pronunciación. Decirlo despacio y, sobre todo, no ceder ante la sorpresa del interlocutor. Nada de reír o desviar la mirada: se espera la respuesta en silencio. Así, el otro percibe la seriedad de la cuestión y no se anima a mentir. Tampoco se puede ser insistente, es preferible aceptar un qué te importa y probar otro día, en una situación diferente.

Esto parecerá un cruel método interrogatorio. Sin embargo, también sirve de tamiz. ¿Cómo seguir con alguien que no puede ingeniárselas para responder algo así? Qué me importa de qué trabajan los padres, yo quiero me abra una ventanita a sus pensamientos.