Portuario

En los puertos de la ciudad
revivo y muero
soy solo un jornalero
que la espalda regala
aunque ya esté cansada
a cualquier autoridad

Quién me va a enseñar
cómo hacerme valer
yo solo me eduqué
y a mí nadie me engaña
el que trate mala saña
es lo que se va a llevar

Cajas van y vienen
yo nunca pregunto
sé que cuanto más urgo
menos me gusta lo que veo
así que miro al cielo
porque es lo que me conviene

Si yo ignoro, señora
no es de bruto ni perdido
pero el famoso despido
es lo primero que viene
a la boca de los jefes
cuando llega la hora

Entre los barcos que encallan
aparece alguna alegría
que disipa las penas sombrías
de mi labor tedioso,
algún corazón candoroso
que la espera desamarra

Así pasan mis días
entre cajas y faenas
las ganas me desvelan
y no pierdo esperanzas
de escaparme en un barco
cual polizonte polaco
a buscar aventuranzas
y morir a la deriva

Hasta que la muerte las separe

Mi abuela Lita vivió cincuenta y tres años con la prima Estela. Mamá decía que vivían juntas para abaratar el alquiler. En cambio, papá me contaba que la convivencia era una forma de hacerse compañía, porque ninguna de las dos había conseguido casarse. Y como una versión no contradecía a la otra, crecí sin dudar de ninguna de las dos.

Durante años fui a tomar la leche a lo de mi abuela. Siempre las miraba cuando me preparaban la chocolatada. Se metían las dos en la cocinita y mientras una batía la leche y el polvo, la otra me ponía vainillas en una bandeja. A veces se chocaban y una le ponía un brazo en la espalda a la otra, como pidiendo perdón. Yo creía que las unía un cariño parecido a la necesidad. Que se daban la mano porque las mujeres tienen permitidas ciertas demostraciones de sentimientos que la hombría vedaba a los hombres. O que los sábados hacían reuniones con otras señoras concubinas y se ponían corbatas solo para inventar los maridos que quisieran tener.

Me acuerdo el momento exacto cuando pregunté por qué Lita y Estela dormían en una cama grande. Mamá se quedó quieta con los platos llenos de detergente y la canilla corriendo. Papá la miró a mamá. Entre los dos me explicaron que su dormitorio era bien chiquito y una cama matrimonial entraba mejor que dos camas simples, pero que no se me ocurriera preguntarle eso a ellas, las podía ofender por tener poco espacio. Pero los nenes no conocen la discreción, así que una vez que me puse a mirar tele con mi abuela en la cama, me ganó la curiosidad. Ella se rió y me contestó que hay amores que no entran en una cama chica.

Hace diez años, cuando se promulgó la ley de matrimonio igualitario, Lita y Estela fueron las primeras del pueblo en ejercerla. Colgaron un portarretratos enorme con la foto del civil en la cocina. Al lado pusieron encuadrada la libreta de matrimonio, en la que vi por primera vez el apellido de la prima Estela. ¿De quién era prima la prima si no había nadie más con ese apellido en la familia? Cuando exigí saber, mis padres me dieron más respuestas dudosas: que «prima» es una forma cariñosa de decir «amiga» y que el matrimonio era para que ambas pudieran compartir la misma obra social, ahora que ya estaban jubiladas.

Tengo veinte años y vengo del crematorio de mi abuela. Estela murió hace tres meses, Lita no aguantó la casa ella sola. Veo tanto espacio vacío y pienso cómo nunca me di cuenta de todo el amor que habitaba esos cuartos. Que Estela pintó las paredes hasta el último año que pudo subirse a una escalera, que tenían fotos de las dos en todos los muebles, que la repisa está llena de los libros que se regalaban y no hay uno solo sin dedicatoria, que Lita llevaba en la billetera un rulo de cuando Estela tenía veinticinco años. Cómo nunca racionalicé eso que todos callaban y yo no sabía nombrar.

Hoy me enteré, en medio de abrazos y parentela, que mis tíos habían querido desalojarla a la prima Estela, porque «le gastaba el sueldo a la abuela». ¿Sería eso o sería que hubieran preferido que la abuela gaste su sueldo en un hombre, o mejor, que un hombre se gaste el sueldo en ella? Sea cual fuere, cuando ellas se casaron, la orden de desalojo que mis tíos habían conseguido firmar de forma poco elegante quedó sin efecto. Entonces, es cierto que un papel no garantiza el amor pero cuando el amor desborda, un papel te garantiza derechos.

Peces en el balcón

Sobre la ilustración de Candela Fernández (@hacen_los_monos)

Hay noches que no me sale
amar, no me sale
Me encierro y no te veo
Tampoco siento tus abrazos
Me vuelvo fantasma
en mi propia casa, desaparezco

No te pongas mal
solo soy yo
poniéndome de acuerdo
con las que fui
A veces hablan tanto
que me despiertan
y me invitan al balcón,
nuestro único afuera

Me recuerdan sus lunas
y todas se superponen
en el mismo cielo
de calle a oscuras

Me reprochan lo que soy
Yo les reprocho
lo que hicieron
Las palabras nadan
entre dimensiones
como peces del río

Alguno me roza
las piernas mojadas
con escamas frías
pero no tengo miedo
Los conozco tanto, y sé
que solo vienen un rato

Cuando empiezan a irse
me sacudo los pies
Entro dejando una línea
de huellas húmedas
que me delatará
cuando la veas

Qué importa
Mañana es otro día
Mañana te amo

El tamaño de tu amor

Fotografía por Georgina Rivolta

Este escrito no es para gente disidente. Es para que la gente disidente se lo mande a sus padres por mail, se los deje impreso en la mesita de luz o nada más se sienten adelante y se lo lean.

Voy a empezar diciendo que, el día que los agarré a mis papás y les conté que era lesbiana, mi situación fue privilegiada. ¿Mis papás lloraron? Sí. ¿Me entendieron? No. ¿Se lo esperaban? Tampoco. Muchos meses después llegaron a contarme que incluso habían rezado para que cambie de parecer. Vi todo el dolor y la desazón que los atravesó. Pesaba mucho que la misma situación que a mí me estaba liberando tanto a ellos los angustiara en la misma medida. Ningún hijo quiere hacer sufrir a los padres ¿pero cuál hubiera sido la otra opción?

La mentira. Mentir constantemente sobre con quién estaba o a dónde salía. Mentir cuando mamá me preguntara si me gustaba un chico. Mentir cuando papá quisiera saber con quién me reía tanto por teléfono. Mentir cuando subiera una foto para que la vean todos menos ellos. Mentir significaría ocultar la parte más trascendental de mí, esconderles la alegría de saber quién soy e ir dejándolos de a poco fuera de mi vida.

¿Por qué dije privilegiada? Porque nuestra primera charla terminó con la frase más cariñosa y sincera que podrían haberme dicho: «No te entendemos, pero te queremos y no nos importa lo que elijas». Por supuesto que necesité muchas más charlas y paciencia hasta que el tema se naturalizó. Papá se enojaba si yo usaba el término «torta» y mamá no se animaba a preguntarme con quién estaba saliendo cuando me veía irme toda arreglada. Con mi hermano fue más fácil, ya se había dado cuenta de todo y en una tarde dimos el tema por resuelto.

Un año después, llevé a una chica a casa por primera vez y todos se portaron igual que cuando había llevado a un chico. Ya hacía tiempo que mamá había empezado a querer indagar en las mismas cuestiones amorosas de antes y papá había dejado de hacerse mala sangre por cómo me expresara.

Yo sé que hay cosas que les siguen costando mucho, cosas que en su época no pasaban (es decir, pasaban pero no se decían) y para las que no están preparados. Pero ellos no tienen idea de que su esfuerzo es lo que más vale. Porque la calle es dura. Es denigrante que te griten insultos desde los autos si te ven de la mano con otra mujer; es cansador ocultarlo en el trabajo porque tu jefe es homofóbico y de él depende tu sueldo; y qué decir de que te agarren a trompadas en un boliche por vestirte con corbata siendo mujer. Sin embargo, mucho más terrible es que tus propios padres te den la espalda, que te miren con desprecio y digan que mejor sería que estuvieras muerto, como le dijeron a algunos amigos. Que te echen de tu casa sin más. O que «hacé lo que quieras, pero acá no» y, otra vez, te obligan al silencio y a la mentira como si fuera la dictadura y tuvieras que acallar las verdades. Esos padres pseudodictadores viven bajo la lógica de que no existe lo que no se ve. Si no ves a tu hijo pintándose los labios es porque ya se encaminó. Pero en el fondo sabés que se traga el odio cuando le decís que no sea puto y se corte el pelo como los hombres, sabés que las pinturas de labios que le desaparecen a tu mujer se las lleva él, sabés que sigue siendo puto, solo que fuera del reinado de tu mirada. Y tu hija te habló de frente y bien clarito: «Papá, Micaela es mi novia», pero a vos esa palabra se te queda atravesada y solo te sale decirle «amiga». Te encerrás tanto en tu dolor que no ves la lágrima que tu hija se saca con la mano cada vez que te escucha decir así. Algún día esas lágrimas terminan colmando el vaso…

Es necesario que reconozcamos que el miedo es real. Los límites de nuestra compresión existen. Todos nos enmarcamos en alguna especie de concepto moral o religioso. Y tiemblo cuando pienso en qué me llevarán la contra mis hijos, porque dentro de treinta años quizás se sientan y piensen cosas que a mí me enseñaron que estaban mal y de repente se ve que ya no. A pesar de todo esto, el límite más grande que nos coarta el accionar no es el miedo, nuestro límite es el amor.

Cuando tu hijo tenía cinco, le agarró pulmonía y pensaste que se moría. No dejaste avanzar al miedo porque no tenías otra opción que cuidarlo. Cuando tenía doce y los compañeros de la escuela le pegaban a la salida, lo acompañaste caminando todo el año para que se sienta seguro, aunque los otros padres te decían que eras un boludo porque son cosas de chicos. Ahora tu hijo tiene veintitrés, trabajo o estudia, es un adulto. Aunque creas que no, seguís siendo una figura protectora ante la mierda que es el mundo. La agresión y la discriminación te lastiman cuando viene de la sociedad, por supuesto, pero te destrozan cuando vienen desde adentro; es ir caminando y pisar un clavo parado que no viste; es el aborto sentimental de quienes te protegieron y quisieron pero ya no creen que merezcas, como si dejaras de ser una persona digna de amor, como si dejaras de ser una persona.

Entonces, date cuenta de una vez, no está mal que la idea de una sexualidad diferente te incomode, que no sepas del tema o te cueste acostumbrarte, lo que está mal es que pongas la incomodidad por encima de la relación con tu hijo. Lo que está mal es que prefieras que tu hijo te mienta. Lo único que está mal, acordate, es que tu miedo sea más grande que tu amor.

Cuenta regresiva

La pandemia me agarró
volviendo de tu casa
como todas las noticias,
que solo pueden
quemarme la piel
cuando estoy afuera

Entre algunas paredes
el universo no gira
y los relojes marcan
los husos horarios
de otros planetas

Entre algunas manos
la tristeza es menos agria,
saben poner azúcar
a las lágrimas
como los cocineros
a las salsas

Centro gravitatorio
de mis ganas
fui cayendo
cada vez más seguido
en tu barrio
y el aislamiento
me obliga a luchar
contra la fuerza misma
de la física

Me aferro a la cama
para no salir flotando
por la ventana
sé que estás
desde la terraza
tratando de abducirme
con los ojos

Y un suspiro me llega
como el viento del sur
y tus portazos retumban
como truenos
Cuento los segundos
después del rayo
para saber cuántos
kilómetros, digo,
días de cuarentena
nos separan

Waltz

Pongamos la canción pop
esa que siempre cantás
mientras lavás los platos
y bailemos
como si fuera un vals
dos, tres
un
dos, tres

Nos quedará la costumbre
de bailar todo
con ese ritmo
y la infinidad musical
robada, furtiva
será nuestra

Que ningún compositor sepa
nuestra herejía
Ellos se desloman
por seguir las formas
y nosotras hacemos
lo que se nos canta

Nadie le cuente a mi madre
que a mi cuerpo le atraen
las métricas impares
porque no entendería
el 3/4,
a veces lo impar
molesta tanto
que la gente prefiere
ignorar
algunos resultados

Quisiera poder saber
cuántos números impares
se fueron borrando
por miedo

Al verdulero de la esquina
yo no sé, me contaron
los vecinos lo vieron
haciendo dibujos
en la libreta de fiado
De chico, el padre
le rompía los bocetos
porque el pan se gana
con un trabajo real
con el lomo abajo
de los cajones de fruta
y nada de arte

Ahora el tipo
se cuida mucho de escribir
solo números pares
pero cuando no hay nadie
la mano cambia de hoja
y bosqueja todas las cifras
que se reprime
en compañía

Yo no quiero tragarme
mis números
y tener acidez
de sentimientos reprimidos
por eso bailo
como vals
dos, tres
un
dos, tres

Aprender a besar

Tenía siete años y Juliana me contó que quería aprender a besar. Lo había visto en varias películas y entendía el mecanismo: lo mostró con sus manos. Aunque no estaba segura de qué pasaba en el túnel que se creaba entre las bocas. Juliana pensaba practicar para cuando tuviera novio. Sin más, cerró la puerta, bajó la persiana y se sentó en canastita adelante mío.

Yo tendría cara de pánico, porque me aseguró con mucha tranquilidad que iba a tener cuidado de no morderme. Obvio que no, ya sé que no me vas a hacer mal, ¿pero y si nos embarazamos? Tonta, me dijo, para eso tenemos que estar desnudas. Bueno, ¿lista? Necesitaba su respuesta para prepararme, ¿cómo?, no sé, pero no estaba lista para que me agarre la cara con manos tibias y me apoye la boca, más tibia todavía. Eso se llama “pico”, me ilustró. Ahora hagámoslo de vuelta y mové los labios. Otra vez el calor, acompañado esta vez de un tirón que sentí en el pelo. Nos besamos un rato hasta que sin querer nos chocamos los dientes. Ella se rió tanto, un poco por el golpe y otro poco porque se creía más mujer. Yo seguía esperando que se volviera a acercar. Nunca más lo hizo.

Esa noche, mientras repasaba toda la escena, me acordé del tirón de pelo. Hubo una corriente en mi entrepierna y el instinto fue llevar la mano ahí. Durante meses me quedé dormida así, con la mano entre las piernas pensando cómo Juliana me invadía el pelo.

De grande me vine a enterar que mis papás habían tenido miedo cuando compraron la primer computadora (yo tendría diez años ya) porque podía llegar a encontrar cosas para adultos en internet. Si hubieran sabido la fuerza que tiene la imaginación puesta al servicio del deseo, me habrían dejado usar internet para hacer la tarea en la primaria.

Pedir permiso

A la noche
siento tu mano
pidiendo permiso
por la panza
a la espera
de un gesto mínimo
un suspiro que apenas
rasgue el aire
un músculo que tiemble
un latido
a destiempo
el santo y seña
que te deje enredar
los dedos en mis pelos

La luz
se escapa del baño
y me regala
tu lengua brillosa
pasando por los dientes
delatando ganas

Cómo no destrabar
las piernas
para que sientas
todo el amor que chorreo
si sos la única
que pide permiso
y por eso quiero
que te quedes

Calorcito

Me gusta ese calorcito de verano
venir corriendo
con la ropa puesta
hacer mi clavado más olímpico
con la tribuna vacía
y las plantas de jurado
Haber dejado el celu
re lejos, en la cocina
tan lejos que si me llaman
no me encuentran
y cuando reprochen
voy a meter cualquier excusa
para proteger la intimidad
de mi patio
Porque hay amores
que siguen prohibidos
como el amor
propio
como el perder
tiempo
como el perder
llamadas
como el estar sola
y disfrutarlo sin asco
Pensar
ni en pedo compartiría
mi salto con nadie
no comparto nada
este mate tan rico
que me hice con yuyitos
de mi huerta
Quizás lo tome
desnuda, porque la ropa,
mojada, quedó en la silla
y tengo una camisa
ocho horas al día
también tengo abotonada
una cara, para mi jefe
que al final me aprieta
y me la saco
apenas llego
pongo agüita a calentar
porque cebo rico
aunque a veces solo sirvo
para los demás
Por eso, a la noche
agua fría
y caliente
una para el cuerpo, la otra
para lo de adentro
me lo enseñó mi abuela
santo remedio